Inspectores, dueños de boliches y comerciantes inescrupulosos “señalan con el dedo” a la juventud, pero son los verdaderos responsables de la desesperante situación que se vive fin de semana tras fin de semana. ¿Por qué se vende alcohol a los menores? ¿Por qué chicos de 15 años pueden entrar a un boliche en la madrugada? Cuando el objetivo es llenarse los bolsillos, cuando la juventud es víctima de la hipocresía.
Somos una sociedad enferma. Enferma terminal. La violencia está tan enquistada en el “día a día” como un cáncer en el frágil cuerpo de un moribundo. Se palpa en cada esquina, en cada calle, día y noche. Lo que viven los jóvenes todos los fines de semana no es producto de una “locura adolescente”, sino de un contexto y de una sociedad que les da la espalda, de un estado ausente que les cerceno el futuro y que les niega crecer, proyectar, pensar, sentir y soñar.
Y cada vez que llega el viernes o el sábado a la noche, uno de los pocos disfrutes que tienen estos chicos –deberíamos preguntarnos por qué-, se les vuelve a dar la espalda, tanto el quiosquero que le vende una botella de vodka a un pibe de 15 años, como el boliche que lo deja ingresar o el inspector que permite que esta situación suceda.
Alienta a los chicos a este “juego macabro”, es como si les dijera “reventate la cabeza, destruite, matate, total, vos no vales nada”. Son cómplices y en algunos casos hasta instigadores de lo que sucede cada fin de semana. Eso sí, después son los primeros en horrorizarse y decir que la juventud “está perdida” y que se necesitan leyes más fuertes, “mano dura”, etc, etc, etc.
El último fin de semana, como es de público conocimiento, a la salida del boliche Bus Bailable, una patota atacó y asesinó al joven Jonathan Machado. Tanto los agresores, como la víctima, eran menores de edad. ¿Cómo ingresaron a la discoteca? ¿Dónde estaba la policía cuando sucedió el hecho en pleno centro de San Martín? Las preguntas son inevitables, las respuestas inexistentes.
La situación empeora semana a semana. Algunos funcionarios parecen hacer la “vista gorda”, otros, quieren atacar el efecto y no la causa –un clásico en nuestro país-. Mientras tanto, los chicos siguen muriendo de a poco o matándose a golpes y puntazos…hijos de la hipocresía, hijos del abandono.
Por Adrián Cordara

