Como una travesura, el calendario acercó dos fechas imbricadas que viven separadas: el inicio de la dictadura, el 24 de marzo, los 36 años que nos separan de aquel fatídico 1976 y las tres décadas del desembarco en Las Malvinas, esa aventura militar que nos alejó de la recuperación de las islas, pero nos devolvió la libertad.
Por Norma Morandini, periodista, Senadora Nacional, y ex candidata a vicepresidente de la Nación del FAP, para Diario Perfil
Celebramos el advenimiento de la democracia, pero no lloramos la humillación por una guerra perdida. Una esquizofrenia histórica que nos lleva a vivir de manera tardía lo que nació adosado: la misma dictadura que mató es la que hizo la guerra.
Tal vez, porque mi vida personal se confunde con la historia de mi país, la que media entre esas fechas y mi vida actual de legisladora de la democracia, es la primera vez que puedo unir esas dos fechas, la que me despojó de mis hermanos menores, presos desaparecidos, me dio como ejemplo una madre de pañuelo blanco, con la otra, la gesta de los aviadores de mi provincia que murieron en Las Malvinas. Me opuse a la guerra porque nunca entendí que quienes no respetaron la soberanía popular mal podían redimirse con la recuperación de Las Malvinas. Reconstruí como cronista los dolores de aquellos soldados, casi niños, preparados apenas para un desfile que los mandaron a guerrear contra uno de los ejércitos más poderosos de la tierra, pero nadie quiso ver cuando regresaron mutilados. Escribí hasta el cansancio sobre el Informe Rattenbach que desnudó la irresponsabilidad militar y pidió las penas máximas para esos generales, revelado por el coraje de los periodistas que hicieron público lo que los militares buscaron ocultar. Han pasado treinta años y en las vísperas del 24 de marzo, entré por primera vez a la Guarnición de La Fuerza Aérea, donde visité el Museo de Las Malvinas. No hay como no emocionarse ante la bandera chamuscada, arreada por la derrota, que conserva las marcas de lo que mal imagino, las bombas.
Corre frío de sólo ver las armas utilizadas por los “gurkas”, esos guerreros del Nepal, a los que nuestros militares nombran como “mercenarios”. Cuchillitos de apariencia inofensiva, utilizados de manera certera sobre las articulaciones de nuestros soldados para inmovilizarlos y luego degollarlos con la daga mayor que exhibe una muesca para mejor destruir las arterias y los cartílagos. Mi anfitrión, el brigadier que a los veinte años tuvo su bautismo de fuego, me cuenta la vida de muchos de los 53 aviadores, sus compañeros, que murieron en Las Malvinas. Y la paradoja se impone. Tras las rebeliones carapintadas, nadie puede negar que las Fuerzas Armadas se han subordinado a la Constitución, la ley delimita sus funciones, las mujeres ingresan a las Fuerzas Armadas, manejan aviones, sin que ninguna quiera, por ahora, manejar los de combate. Los vecinos ya no son posibles enemigos y ojalá sean los custodios de los recursos, hoy la verdadera soberanía. En cambio, los civiles no terminamos de entender que la obediencia a la ley es lo que define a la democracia, no el temor o la subordinación al poder. El debate político está dominado por las palabras de guerra, “enemigos” y “confrontación”. Condenamos las violaciones a los derechos humanos, pero no construimos una cultura de respeto e igualdad. Y la esquizofrenia corre suelta. En estos días que los discursos y las ceremonias oficiales van institucionalizando la memoria, por orden del Poder Ejecutivo, no conseguimos en el Senado que se apruebe una Ley que crea el Comité de Prevención contra la tortura, exigida por los compromisos internacionales de nuestro país desde que encadenamos nuestra Constitución a los tratados internacionales de derechos humanos. En cambio, fuimos muy obedientes a las demandas internacionales para sancionar una Ley Antiterrorista que nos eriza, ya que los jueces pueden interpretar como delito lo que son derechos democráticos.
El 24 de marzo se confunde en el calendario con el rojo de los feriados. Cerca, el 2 de abril amenaza con desplazar esa evocación para convertirse en una nueva glorificación, con jóvenes a los que se los instruye en el pasado en lugar de instarlos a que construyan futuro, esto es paz y democracia. Tal vez, así, finalmente, los argentinos, podremos integrar lo que peligrosamente vive separado, nosotros mismos.
