Luego de finalizadas las elecciones en la provincia de Santa Fe el pasado domingo, el foco de atención sigue puesto en el crecimiento de segundas y terceras fuerzas a nivel provincial. A su vez, el comentario cotidiano sigue haciendo referencia a la categorización de aquellos (622.000 aproximadamente) que depositan su voto, su confianza, su herramienta de participación, en fórmulas que tienen como objetivo diferenciarse rotundamente de todo lo que haga referencia a la política, al político, a hacer política.
En un segundo plano quedaron las victorias del oficialismo en la ciudad de Santa Fe con Jose Corral, en la ciudad de Rosario con Monica Feinn y, en la provincia con el ministro de gobierno Antonio Bonfatti. La sorpresa, tuvo que ver con la excelente elección lograda por quien, dos meses atrás, aún no era candidato a ningún cargo. Reflexionando sobre lo sucedido y buscando determinar cuáles fueron los factores que se conjugaron para que exista un crecimiento tan grande de la fórmula encabezada por Miguel Del Sel, así como la masiva pérdida de votos de la fórmula kirchnerista encabezada por Agustin Rossi respecto las internas de mayo, me pregunto si los esfuerzos de análisis no deberían ser puestos en qué se ofrece desde cada espacio para recibir los votos obtenidos, y no qué es lo que motiva a cada ciudadano para tomar una u otra decisión.
Diferentes movimientos dados entre las elecciones internas realizadas en la provincia hacia fines de mayo, y las generales que consagraron vencedor al socialismo en la provincia y algunas de las principales ciudades, provocaron la transferencia de una gran cantidad de votos, entre diferentes sectores. En aquellas elecciones la fórmula única del PRO santafesino encabezada por Miguel Torres del Sel obtuvo aproximadamente 240.000 votos, mientras el total de los votos acumulados por las diferentes listas que se disputaron la interna justicialista superaban los 690.000 votos, así como los votos obtenidos por las listas del FPCyS alcanzaron los 660.000 votos.
Es importante lograr determinar de qué forma se dieron la transferencia de los votos recibidos por cada una de las fórmulas vencedoras, en un plazo de dos meses como el que separó a ambas elecciones. A priori, el primer análisis que podría realizarse sería la cualidad de los votos perdidos por el Frente Santa Fe Para Todos, en manos de la fórmula del PRO. Si bien las proporciones de dicha transferencia no pueden tomarse como un indicador determinante, sí es posible determinar las características propias de las listas que compitieron dentro del Frente Santa Fe Para todos, y de esa forma establecer diferentes tendencias sobre cómo esos votos se dividieron entre las diversas fórmulas.
En esa línea de análisis, es claro que la única fórmula representativa de lo que podríamos denominar como núcleo kirchnerista, era la de Agustín Rossi, mientras que la del ex canciller Rafael Bielsa, así como la del intendente rafaelino Omar Perotti, corrían por espacios ideológicos y de gestión diferentes. Perotti, basado en sus buenas gestiones en la ciudad de Rafaela, obtuvo en las internas una importante cantidad de votos de sectores de la provincia a los cuales podemos denominar como “sojeros”, así como de otros sectores tradicionalmente opositores del gobierno nacional (ciudad de Santa Fe y Rosario). Más allá de los intentos posteriores a las elecciones internas por parte de los candidatos mencionados de mostrarse juntos en público, la realidad marca que los diferentes votantes aglutinados por esos candidatos, difícilmente se concentrarían en la figura de Rossi. Los 400.000 votos más obtenidos por Miguel del Sel, son casi en su totalidad la misma cantidad de votos perdidos por Agustin Rossi, en su mayoría obtenidos en los departamentos ubicados al sur de la provincia, llegando a alcanzar en alguno de ellos el 46% de los votos.
La fórmula vencedora encabezada por Bonfatti logró un desempeño homogéneo a lo largo de la provincia, acentuado en el centro, marcando una buena efectividad a la hora de capturar los votos obtenidos por Barletta y Giustiniani, siendo beneficiados además por un electorado homogéneo. Las victorias logradas en Rosario y Santa Fe demuestran lo desarrollado, otorgando a su vez un voto de confianza a la continuidad de la gestión socialista.
En éstas breves líneas quedan reflejadas algunas cuestiones que no tienen nada de sorpresa, y sí, mucho de historia y continuidades. En primer lugar, la oferta electoral realizada desde el socialismo mantiene, más allá de particularidades propias de la coyuntura, una coherencia y tradición temporal que tiene como resultado la fidelidad y respuesta de un piso electoral que se mantiene de elección en elección. En segundo lugar, los fraccionamientos internos del justicialismo y la aglutinación de diversos candidatos y proyectos bajo el seno de un mismo símbolo, provoca una volatilidad de cada uno de los candidatos entre elección y elección que, al menos en el caso de la provincia de Santa Fe, viene postergando la posibilidad de recuperar un territorio históricamente justicialista. Y por último y en tercer lugar, la oferta de un espacio autodenominado como nuevo y diferente dentro de la política, resulta sumamente atractivo para un sector del electorado que históricamente ha depositado su confianza en fórmulas que han presentado como principal objetivo, la defensa de los derechos de los sectores socioeconómicos más acomodados en la Argentina, y en particular del sector promotor de la economía nacional, el agro.
La reflexión final que se desprende de lo desarrollado indica finalmente que la sorpresa no era tal, si se preveía desde el momento en que finalizaron las elecciones internas, lo difícil que resultaría para la fórmula vencedora del justicialismo, retener el total de los votos acumulados en dicha elección, siendo en una gran mayoría trasladados a una fórmula que tenía como electorado común aquellos votos destinados a Bielsa y Perotti.
La victoria del PRO en las elecciones porteñas y el excelente desempeño logrado en las elecciones en Santa Fe, poco tienen que ver con una nueva forma de hacer política, y mucho tienen en común con la construcción de un espacio nacional que desde su auge en los ’90 ha recurrido a los mismos elementos para lograr victorias electorales. Un mensaje simple, tan simple que en algunos casos es dificultoso extraer conceptos e ideas dentro del mismo. La utilización de figuras públicas, outsiders, como contrapartida a una construcción de largo plazo a partir del crecimiento sostenido en el tiempo y la formación de líderes y representantes propios. Y la referencia a simbolismos y sectores a fines históricamente a este tipo de propuestas, como son los sectores más acaudalados de las principales ciudades del territorio nacional, así como los valores que defienden, seguridad ciudadana, lucha contra la inmigración interna y externa, reivindicaciones extremas del nacionalismo, resumidas en la defensa del status quo, estandartes históricos del conservadurismo.
