Por Diego Avancini
(Concejal de Tigre)
Durante décadas, la Argentina ha sido una potencia nuclear en América Latina. Desde la creación de la CNEA, el desarrollo de INVAP, la exportación de reactores de investigación y la construcción del CAREM, nuestro país logró consolidar un prestigio científico-tecnológico de carácter internacional que ni las miserias políticas internas pudieron afectar.
Esta trayectoria permitió generar capacidades propias, formar recursos humanos altamente calificados y construir un margen de autonomía estratégica que, junto con Brasil, nos pone a la vanguardia regional. Por eso, el reciente anuncio de la privatización parcial de Nucleoeléctrica y el congelamiento del CAREM no pueden evaluarse solo en clave económica, sino como una redefinición profunda de nuestro rumbo geopolítico.
Nuestra Constitución Nacional asigna al Estado la responsabilidad indelegable de resguardar bienes estratégicos que hacen a la seguridad nacional y al interés público. La eventual transferencia de un porcentaje accionario de Nucleoeléctrica, sin un andamiaje sólido de salvaguardas, de control estatal efectivo y de mecanismos claros de transferencia tecnológica, debilitaría la rectoría nacional en un área sensible.
El riesgo no es solo energético, sino también estratégico, ya que podría implicar reemplazar una política de soberanía tecnológica por un modelo de dependencia.
El CAREM es un reactor nuclear modular de diseño argentino que combina seguridad intrínseca, eficiencia y escalabilidad. Su particularidad es que fue concebido íntegramente en el país, lo que permite preservar la autonomía tecnológica y formar recursos humanos especializados.
Paralizar este proyecto no solo retrasa la innovación nuclear, sino que compromete décadas de desarrollo estratégico. Adquirir tecnología extranjera no sustituye el conocimiento ni la independencia que CAREM garantiza.
Por ello, independientemente de cualquier especulación política-partidaria, la suspensión del proyecto debe resultarnos preocupante. Más allá de los costos de inversión, se trata de un desarrollo que puede ubicarnos en la vanguardia mundial de los SMR (Small Modular Reactor).
Renunciar a él para adquirir tecnología extranjera significa resignar capital humano, innovación propia y una proyección internacional ganada con esfuerzo. Esto nos recuerda lo sucedido con el misil Cóndor en los 90, cuando, por presión extranjera, el país canceló ese programa y perdió un conjunto de capacidades aeroespaciales y de defensa que nunca recuperamos plenamente.
¿Permitiremos repetir este mismo error estratégico?
Es cierto que el alineamiento con el mundo libre y, en particular, con los Estados Unidos como principal potencia, constituye un rumbo correcto para la Argentina. Abre puertas, facilita inversiones y puede aportar estabilidad política y económica.
Pero esta cooperación internacional debe complementar, no sustituir, nuestras capacidades propias. Integrarse al mundo no implica resignar nuestros desarrollos diferenciales, sino potenciarlos para ser un socio confiable, respetado y útil.
En este marco, conviene señalar un riesgo recurrente: confundir eficiencia con desmantelamiento. Reducir el gasto público improductivo es un deber, pero poner en la misma bolsa a políticas prescindibles y a desarrollos estratégicos es, en los hechos, un autoatentado a la soberanía.
No hay país serio que renuncie a lo que lo hace distinto y valioso.
La discusión sobre el futuro nuclear argentino debe darse con madurez y mirada de Estado. No se trata de ideologías, sino de evitar que la historia se repita como tragedia.
Abandonar desarrollos estratégicos que nos colocaban en posiciones de liderazgo para terminar dependiendo de lo que otros decidan vendernos sería un error que no nos podemos permitir.
El Cóndor y el CAREM son hitos distintos, pero reflejan la misma disyuntiva: ser protagonistas de nuestra propia innovación o resignarnos a ser espectadores de la tecnología ajena.
Los aliados respetan a quienes defienden su libertad; Argentina solo será fuerte y libre si protege y potencia lo que la hace única.
