El 6 de junio se dio a conocer una carta de Juan José Campanella sobre los clubes de barrio leída frente a Mauricio Macri, quien tomó la postura del hombre sensible frente al problema que están pasando estos clubes con los tarifazos de los servicios públicos, que vaya a saber quien produjo… Y yo me pregunto ¿nos toman por idiotas?
Este talentoso director de cine no debe haber leído la Constitución Nacional, porque reiteradamente insiste en el «apartidismo» con que debe ser tomado el tema, y que como sabemos termina siendo la negación de la política. Pero Macri no llegó a donde está por un concurso sino porque fue candidato de un partido, que es la institución que constitucionalmente abre las puertas del sistema político argentino. Aun siendo importante, no es este el tema central.
¿Qué se busca con esta carta? Armar un escenario para aparecer haciendo gala de sensibilidad social en uno de los últimos límites de contención para los jóvenes que conforman una población en riesgo. La gran pantomima presenta esa tramoya nada menos que en el club Juventud Unida de Llavallol, escenario donde Campanella filmara “Luna de Avellaneda”, que precisamente denunciaba el desmantelamiento de estos clubes en los noventa.
El tarifazo en los servicios públicos que transforma en inviables estas organizaciones comunitarias lo produjo este Gobierno y fue establecido sin seguir los pasos institucionales que están fijados para la modificación de esas tarifas (estudios respaldatorios, audiencias públicas, etc.). Ahora le dicen a los clubes que le van a subsidiar un 40%, pero el 60% restante se toma después de haber aplicado el 500% de aumento, por ejemplo: pagaban 3.000 pesos de electricidad, con el aumento se fueron a 15.000 pesos y con el nuevo subsidio tendrán que pagar 9.000 pesos, o sea el 300% más. Esta es la cara brutal del mercado al que poco le interesan los sectores populares y sus necesidades.
Tanto el tarifazo como la “carta” son comprensibles dentro del neoliberalismo que inspira al actual Gobierno, cuyos defensores sostienen que ser “empleado medio” es condición necesaria y suficiente para encontrarse impedido de comprar un celular, un plasma o una moto (Javier González Fraga) o se les recomienda estar en casa con un pullover si no puede pagar el gas (Mauricio Macri). Y si algo faltaba, Alfonso Prat Gay le fue a pedir perdón a los empresarios españoles, a esos que fundieron Aerolíneas Argentinas y destrozaron YPF. En esto creo que somos muchos los que nos sumamos a Diego Maradona y les decimos: yo no le pido perdón ni a esos ni a los ingleses.
Pero la cuestión por la que hablamos de los clubes de barrio no es solamente por una medida económica, es mucho más que eso. Y acá, repetimos al poeta Jorge Manrique: recuerde el alma dormida,/ avive el seso y despierte/contemplando/ como se pasa la vida, porque de lo que se trata es de una modificación estructural, o sea, quieren cambiar la forma en que somos y vivimos. Y esto no es “relato”, según la Universidad Católica Argentina –o sea los amigos del gobierno- dicen que entre enero y marzo de 2016, la pobreza aumentó 5 puntos, lo cual significa haber generado 1.400.000 pobres. Claro, el provocador Jaime Durán Barba «decreta» que no hay hambre, pero esa no es la opinión que se tiene fuera del país, el 8 de abril la BBC (inglesa, no peronista) dice que en Argentina –inexplicablemente- hay más pobres y hambre.
La cuestión estructural surge cuando se cae en la cuenta que esos sectores que contemplaban con orgullo que sus hijos eran la primera generación de su familia que accedía a la universidad, ya no podrá seguir haciéndolo, que las vacaciones no existen más y que el asado ya es parte de nuestra memoria histórica. Por eso sostenemos que este es el enemigo, porque este proyecto es contradictorio con cualquiera que contemple las necesidades de nuestro pueblo. O sea, hay un antagonismo entre nuestras necesidades y su propuesta.
Pero tenemos esperanza, o sea nos preparamos para lo que queremos que venga y en eso recordamos a Nelly Fernández Tiscornia –profesora de matemática en el GBA que escribió la obra Made in Lanús- y puso estas palabras en boca de la Yoly:
“Ya sé... Ya sé que ni saben que existo. Ni mamados se imaginan a Lanús ni a mí. Para ellos, de las patas de ellos para abajo, todo lo que hay es mierda. Negros muertos de hambre, patasucias ¡basura! Eso somos... está bien. ¡Qué hagan y piensen lo que quieran! Pero yo, la Yoly de Lanús, no les voy a ir a pedir la escupidera para vivir apretando botones y tirando los repasadores. ¡No! ¡Yo no! Perdé cuidado. Yo sé bien lo que soy y de donde vengo. (...) Todo lo que hice en mi perra vida fue pelear y llorar y tragar. Pero tengo una hija ¿sabés? Una hija que si Dios quiere y me da fuerza va a tener un título y va vivir como yo no pude vivir. Y si ella no llega, llegarán sus hijos. Porque alguna vez... algún día... Y va a ser acá... acá. Vos parece que te olvidaste, Negro. Vos te olvidaste de tu viejo y el mío (...) Vos no te acordás... vos no te acordás como eran. De cómo querían cada pedazo de Lanús, cada metro de asfalto... cada piedra que pusieron. Meta sociedad de fomento y cinchar y dele sangre y laburo. Y así se gastaron la vida. Pero no pararon... y llegó el agua y las cloacas... Y el día que llegó la luz...”
