Incitados por las maestras Claudia y Miriam, alumnos de la ESB 40, ubicada en el corazón del asentamiento La Carcova, presentaron un libro donde las palabras diluyen el límite entre la realidad y los sueños de los chicos. El genial Osvaldo Bayer escribió el prólogo –que puede leer en esta nota- de un viaje que se inicia allí, dónde nadie quiere llegar, para que podamos “aprender a darnos la mano”.
Por César Morielli
La Escuela ESB 40 luce flamantes arreglos: Paredes pintadas de verde y blanco, luz eléctrica, gas, ventanas con vidrios y rejas, aulas decentes y no inundadas. Lo que debiera ser una constante en cualquier establecimiento educativo, en el corazón de Carcova sólo fue posible luego de repetidos piquetes y tomas del edificio. La Dirección de Escuelas bonaerense escuchó los repetidos reclamos de padres y alumnos y realizó las obras correspondientes. Pero, sin embargo, los motivos de alegría y orgullo parecen ser otros.
Un grupo de chicos tomó la palabra, literalmente. Escribieron fantasías y realidad, con lenguaje llano y directo, con vocablos puros que escapan a la academia, con prosa sincera y honesta. Escribieron como hablan, escribieron como viven, escribieron como sueñan. Y consiguieron lo más difícil, le pusieron palabras a sus sueños y preocupaciones. Realizaron la utopía: encontraron un canal de diálogo y comunicación con una sociedad que los aleja. Encarnizaron la moraleja.
La joven preceptora Miriam Abálsamo tuvo la idea, y la docente Claudia Szelubsky se entusiasmó con la propuesta. Entre ambas, tuvieron la osada iniciativa de proponerle a un grupo de alumnos de una de las zonas más postergadas de San Martín que inicien la aventura de escribir sus fantasías en formato cuento.
Los chicos, de entre 13 y 15 años, no dejaron pasar la oportunidad de expresarse. En contrapartida a los oscuros prejuicios que los invaden de la Márquez para acá, demostraron que existen alternativas cuando se les brinda una oportunidad. Así, con mucho esfuerzo, como todo en ese barrio, nació “Carcoveando: cuentos de la villa”. El libro fue presentado en la Escuela, ubicada al final de la calle Echagüe, el viernes 25 de abril a las 18 horas.
Los púberes escritores fueron acompañados por un colega de estirpe: el genial Osvaldo Bayer, exiliado por obligación gracias a la corajuda iniciativa de escribir “La Patagonia Rebelde” en épocas duras, los acompaño y les escribió el prólogo del libro. Se trata de un puñado de frases que desde el título marca la profundidad e importancia de esta obra: “Un puente hacia las fantasías de la realidad”.
El encuentro tuvo tintes de acto escolar, y la abanderada fue Cecilia Luna, del noveno B. Muchas madres y poquitos padres. Y abundancia de emoción y lágrimas. La tecnología no acompañó y la lectora no reconoció el CD que proyectaría imágenes del proceso de elaboración de la obra. Pero sí se pudo disfrutar de una versión telurio folclórica del Himno Nacional. Un acierto. Las intrépidas docentes tomaron el micrófono, ubicado sobre el escenario en el medio del comedor, ahí donde esta vez se alimentó algo más que el estómago. Sin dudas el lugar más importante y transitado de la Escuela 40, adornado para la ocasión con las manos y el esfuerzo de los alumnos. Casi como un gesto de devolución ante tanta gentileza culinaria.
“La propuesta de los cuentos era sin nota ni evaluación, sólo libertad y placer. Todos los chicos trabajaban. Yo leía y me maravillaba”, comenzó diciendo la profe Claudia. “¿Quién podía negarse a publicar semejante obra? Encontrar quien edite el libro fue un camino difícil y, por momentos triste. El panorama estaba oscuro. Hasta que llegó la directora Julia Pereyra, que nos dio vía libre para continuar”, con estas palabras, la docente cedió el micrófono.
“En muchos cuentos aparecía alguien de afuera, un político o un novio, que venía a sacarlos de la pobreza, de la desesperanza. Pero chicos, ahora no son los mismos que eran antes, tienen la posibilidad, la oportunidad, de hacer cosas por ustedes mismos a partir de esto que lograron desde adentro”, dijo Pereyra. Algunas madres lloraban.
“En aquellos días en que reclamábamos simplemente una escuela, alguien nos dijo que estábamos arengando. Yo busqué en el diccionario, y arengar significa enardecer los ánimos. Hablar, predicar, incitar, son sinónimos de arengar. Aquí están las arengadoras Claudia y Miriam”, devolvió el micrófono la directora, pero antes lamentó la deuda de “no tener más chicos” en el proyecto.
Claudia explicó que querían que los chicos se expresen sin intermediarios, que sean los dueños de las palabras, que querían armar un puente entre todos. “Ese puente ya tenía cimientos de un lado, pero que faltaba el otro”. La docente manifestó que Bayer fue una caricia en medio de tantos golpes. Leyó los cuentos, los alentó a seguir, y les regaló un prólogo que “fue la señal de que íbamos por el buen camino. Leer, lo que escribió, `hacer hablar al silencio ante la incomprensión`, tocó nuestra esencia”. Bayer había visto el puente también.
Graciela Elguer, de la Dirección de Escuelas bonaerense, financió el proyecto y les dio la bienvenida a los chicos al mundo de la Literatura, que según Cervantes Saavedra, hace 500 años, “tiene que servir para mostrar las pobrezas y las utopías. Y que lo retoma Bayer en un reportaje que leí hoy, donde dijo que los intelectuales tienen que servir para eso. Y lo retoma uno de estos futuros grandes escritores, Carlos Isarraulde, que en su cuento escribió: Me piden que reflexione, pero es triste reflexionar. Veo la realidad, chicos como yo sufriendo hambre, frío, enfermedades, explotación, por esta pobreza que nos toca vivir. Pero este es mi barrio, Carcova, hay mucho futuro, lo sé. Alguien nos va a escuchar. Alguien va a escuchar a nuestras madres cuando gritan pidiendo UNA ESCUELA MEJOR, UN ESCUDO, UN NOMBRE. Un nombre por favor, una identidad. Gritemos todos, que alguien nos escuche a los chicos de Carcova”.
El libro tiene el acompañamiento de un blog en internet, donde se publican fotos del barrio, www.cuentosdelavilla.blogspot.com. Cada vecino se entusiasmó con la idea de mostrar sus pequeños orgullos, y las imágenes reforzaron las palabras.
“El libro no es un hijo. Es como un padre que nos guía, nos muestra el camino y nos abre las puertas para construir nuevos puentes”, agregó Claudia Szelubsky. “Cada cual tiró su piedra, cayeron de muchos lugares, y hoy vamos a inaugurar el puente. Juntos lo cruzamos por primera vez”, y finalizó con una frase de León Gieco: “Sublime el sueño que nos dejó en el lugar justo, donde estamos”.
Acto seguido, dos alumnos repasaron el prestigioso currículum de Osvaldo Bayer: nació en Santa Fe y pasó su niñez en Tucumán, estudió Historia en Hamburgo, de vuelta en Argentina se dedicó al Periodismo, la Investigación Histórica y al cine, entre 1972 y 1974 escribió los tomos 1, 2 y 3 de la Patagonia Rebelde. Exiliado en Alemania escribió el tomo 4. “Me parece que faltó decir algo: Un aplauso”. El estruendo de palmas acompañó el lento paso del escritor hacia el centro de la escena. Tomó la palabra y reinó el silencio.
Levemente encorvado, los dedos entrelazados frente al pecho, el pelo blanco de nieve, la voz grave y mansa de quien se sabe escuchado, y aires de docencia, Bayer dijo: “Cuantas cosas hemos aprendido hoy”.
“Traer la Paz al mundo. El filosofo alemán Kant decía que esa tiene que ser la máxima vocación, la máxima meta del ser humano. ¿Cuánto hace? Hace más de dos siglos. ¿Y qué hizo la Humanidad? ¿Cuánto dinero gastó para destruirse? ¿Cuánto dinero gastó en guerra? ¿Cuánto dinero se gastó, seguimos gastando, en armas? Y vuelvo a preguntarme y preguntarnos, ¿se imaginan ustedes si todo ese dinero que se gastó en armas, armamentos, espionajes, se hubiera gastado en la ciencia para llegar a saber de dónde venimos, quiénes somos, qué es el espacio que nos rodea? Yo creo que si hubiéramos empleado ese dinero en la docencia y en la ciencia, que es lo mismo, ya hubiéramos llegado a saber todos esos misterios. Y no tendríamos gente viviendo en la pobreza, esta estadística oficial del 15 % de nuestros niños bajo el nivel de la desnutrición. No podemos perdonarnos eso”, agregó Bayer con tristeza notoria.
“En este país, el país de las llanuras ubérrimas, este país que cantó Rubén Darío, el país de las espigas de oro. Entonces esto es un principio, esto tan colectivo, donde todos somos iguales. Venimos a este encuentro con este sentimiento, venimos admirados de lo que son capaces los docentes. Un libro de los niños, ¿cuándo se ha hecho eso? Y acá se hizo, en estas aulas, en estos pasillos, con los ruidos de la alegría de los niños, con las enormes preocupaciones de que no se da todo el dinero que se tendría que dar a nuestras escuelas, para mantener también el honor de nuestros maestros. Aquí va el recuerdo también a Carlos Fuentealba, muerto en la lucha por la dignidad”, dijo el escritor.
“Yo estaba en Alemania cuando lo mataron a Fuentealba, ese maestro maravilloso, y leí en un diario: En la Argentina matan maestros. Que vergüenza, me digo. Estuve allí, rindiendo homenaje y hablando. ¿Cómo se pueden matar maestros?”, lamentó Bayer.
El periodista y escritor agregó: “Entonces este magnifico libro, dónde no solamente lo escribieron los autores, sino que lo escribieron todos los niños de esta Escuela. Esta también el pensamiento que van dejando los docentes. Sin docentes no hay futuro por la Humanidad. Es lo que más tenemos que apoyar, especialmente las madres y los padres. Apoyar a los docentes. Hablarle a los niños de cuánto es lo que ellos ayudan. Mi periodo más maravilloso fue el de la Escuela primaria, cuando entraba todos los días y comenzaba a aprender cosas, a poder leer, a poder escribir. En este libro que van a leer, está no sólo la crítica a la sociedad penetrante sino también están las alegrías, a pesar de cómo se vive. Y están las esperanzas, dicho así, como hablan los chicos. Eso hay que analizar, ese lenguaje, esa verdad que nos dicen ellos”.
Osvaldo Bayer regaló los cuatro tomos de “La Patagonia Rebelde”, un libro que le costó 8 años de exilio. “Entrego estos libros con una condición, que ocupen el segundo lugar, en primer lugar debe estar siempre el libro que han escrito los alumnos, eso es lo que vale. Mi esperanza es que todos los años salga un tomo producido en esta zona barrial, por los alumnos de esta escuela”. A cambio, los chicos le regalaron un cuadro con imágenes del proceso de edición.
ALGUNAS LÍNEAS DEL LIBRO
Luego, se leyeron fragmentos de cuentos de cada alumno. Ante cada línea, el autor de turno recibía una copia de su obra. Entre timidez y vergüenza, a paso lento y vestidos como para salir a bailar, de fiesta, cada alumno atesoró su reconocimiento. “Si yo puedo salir adelante, también lo pueden hacer ellos”, por César Rodríguez.
“Y el hombre llegó a la casa, y encontró al caballo en el corral, y se puso contento. Y se le fue toda la tristeza que tenía encima”, de Rodolfo Aguirre. “Su sueño a seguir es ser maestra jardinera, y espero que lo cumpla porque es una excelente amiga y compañera”, por Natalia Mercado.
“En las últimas semanas he estado investigando sobre la Escuela 51, pregunté a varias personas hasta que encontré a una maestra que hace mucho esta en la Escuela. Su nombre es Maribel y me supo contar lo que yo tanto buscaba”, de Estefanía Cardozo. “Sus amigos andaban robando, fumaban y se drogaban. Su idea era tratar de que sus amigos vieran lo que les podía pasar en el futuro”, de Rubén Ortellado.
“Había una vez un chico llamado Matías que quería ser Presidente. Le contó a sus padres y ellos le dijeron: Hijo, está bien que quieras ser Presidente pero no vamos a poder pagar los estudios. Pero Matías quiso ser Presidente igual, y así fue al Polimodal y siguió estudiando”, pluma de Maximiliano Escobar.
“Joanna empezó a cambiar, a mejorar, y su mamá la dejó ir al 15 de su prima”, de Joanna Ovejero. “Hay un chico que se llama Matías, y lo apodaron caballo. Ese chico era un re malo. Cada vez que quería patear la pelota, lo pateaba al piso, y los chicos se mataban de risa. No podían creer que Matías era tan malo. Él, siempre se va a acordar de ese chico tan caballo”, de Cristian Rojas.
“Los dos hombres no lo ayudaron a comprar algo para defenderse, pero si para prevenir las guerras. Maxi, y los dos hombres, mandaron una carta a todos los presidentes para prohibir las guerras, y hubo Paz en todo el Mundo”, de Sutela Pereyra.
“De pronto pasó algo que ninguna chica pudo olvidar, llegó un actor famosísimo. Facundo Arana, un hombre muy lindo. Las mujeres se preguntaban que hacía un galán así en este barrio, que no era precisamente un gran barrio”, de Lourdes Gaona. “A ella le gustaría tener una hermana más chica, no le gusta ser la menor. Sueña, cuando sea más grande, ser veterinaria o doctora, pero más le gustaría ser veterinaria”, de Noelia Ávila.
Otro cuento narra la historia de los piquetes y reclamos para arreglar la Escuela, “si alguna vez nos juntamos y llegamos a tener hijos, los traeremos a esta Escuela, y les contaremos una y otra vez nuestra historia”, de Erica Almada. De la contaminación del barrio, del estado calamitoso de las calles, de Nazarena Vélez bajando en la estación Suárez sin entender nada.
“Llegó como un anticipo de la primavera”, de Matías González. Otro cuenta de tesoros que salvan al barrio del hambre y las injusticias, de Laura Lavallén. “Terminó de cursar noveno año en la Escuela 40, le cuesta, pero lo intenta”, de Roberto González. También hay un árbol misterioso con carcajadas diabólicas, creación de Julio Benítez.
Una payada de Daniel Mercurio: “De aquí me despido mi buen amigo, y aunque sea triste de ti, jamás me olvido”. Con simpleza, Matías Márquez dice que si fuera presidente metería a los ladrones en la calle para que los pobres puedan comer, y sacaría las drogas y arreglaría las escuelas.
“Entonces Mayra y Jimena entendieron que, por ahí, la gente de la villa podía llegar mucho más lejos con un esfuerzo”, de Soledad Morón. También hay una bruja que es metida en un medallón y que libera a los chicos de un embrujo, de Diego Echeverría. “Tienes que pedir un deseo, dijo un Hada buena, y tiene que esperar tres horas. Hay dos opciones, una es que te quedes aquí, y otra es que vayas a la Universidad, donde hay otros jóvenes que vivieron aquí y que desearon ir a la Universidad”, de Joanna Jiménez.
Otro verso de Ricardo Acosta: “Yo vivo en la calle, también vivo adentro, pero cuando cruzo la esquina, con alguien me enfrento”.
“La verdad y la belleza brilla en la vida sin olvidos. De la necesidad de los artistas nace al arte”, de Juan Paolín.
EL PRÓLOGO DE BAYER
“Un puente hacia las fantasías de la realidad” - Por Osvaldo Bayer
Cuando uno lee este precioso libro de cuentos y relatos se da cuenta que los chicos no se rinden. Que los maestros, tampoco. Aunque esos niños chicos vivan en una villa de emergencia, como la llamamos para no quedar mal. Y los maestros tampoco se deprimen, aunque enseñen a hijos de una villa de emergencia. Al contrario, les corren el telón de arpillera, abren, y les muestran el cielo azul.
Es increíble la fuerza del ser humano. Es increíble nuestra sociedad que condena a vivir en la mayor pobreza... a niños. A nuestros niños. Y ellos lo imaginan todo, lo sueñan todo, pero al mismo tiempo nos describen su realidad diaria.
Este libro nos dice más que un tratado de sociología. Porque los chicos no saben mentir. Sí, tienen una fantasía inigualable, pero siempre están diciendo la verdad. Estos relatos son pura literatura o pura crónica periodística. No hay tapujos. Se dicen las cosas como son, o como se sienten o como se imaginan en una mente que va asomando a la pubertad. Limpia, celeste, dorada como el sol.
Las docentes que han sido capaces de llevar a cabo esta idea (un libro escrito por chicos del barrio La Cárcova) nos hablan de que lo hicieron para que ellos cambien su realidad, busquen y gocen con el placer de imaginar. Para crear personajes, otros mundos. Para que jueguen con la palabra. Y les agrego: sí, para que hagan hablar a su silencio ante la incomprensión. Las dos docentes han permitido así que se expresen ellos. No darles lecciones. Sino para que aprendamos todos cómo son, qué sienten, qué sueñan ellos.
Nos dicen estas dos docentes que al invitarlos a escribir se propusieron que los alumnos se apropiaran de las palabras, porque –nos dicen- “las palabras son puentes”. Y nos explican que el puente es “un camino que sirve para unir dos lugares, que, estando muy cerca, pueden verse muy distantes sin él”. Palabras sabias. Pienso. Me dan ganas de aplaudir, de emocionarme, de sonreír agradecido. En un mundo de violencias indescriptibles, la palabra. El diálogo, esta vez consigo mismo, para los otros. Escribir es dialogar consigo mismo. Leer es entrar en diálogo con las fantasías de la realidad.
Y nos lanzamos a leer el libro. Su primer escritor, de doce años ya nos pone en el ambiente. Nos comunica su sentir: “Cárcova es un barrio lindo. A veces se pone feo, porque tiene mucha basura.” Pocas palabras que lo dicen todo. Cuatro renglones después nos informa que una vez “hubo tiros”. Y termina: “Y casi me pegaron a mí”. Sin calificativos. Así, la acción, como es la vida allí. Me imagino que Dostoievski o Chejov hubieran quedados sorprendidos, atrapados. Y no exagero: Al “escritor” de la Cárcova le bastan nueve renglones y nos introduce ya en ese mundo. Su mundo. Lo leo otra vez. Me convenzo que es un barrio “lindo”. Sí, porque allí hay también sentimientos, ternuras, diálogos, cariños, caricias. ¿Para vivir? Sí, el derecho de vivir, las ganas inmensas de vivir. De caminar la vida. Ese misterio constante que nos aguarda.
El segundo relato nos habla de los “tachos tóxicos” que enterraron en el barrio y que contaminaron el agua y la tierra. Trasmite la esperanza que se arregle todo eso para que los pibes “puedan jugar en la calle”. Por lo menos. César, por ejemplo, es muy parco, pero no se calla. Observa: “La gente muy humilde cirujea”, “Esta villa tiene casas de cartón grueso y con chapas agujereadas... cada vez que llueve, les ponen nylon y arriba, piedras, para que no se vuele”. Simplemente así. La verdad. En la Argentina de las espigas de oro, cantada por Rubén Darío....
Pero no por eso hay que rendirse a la tristeza. Ahí bulle la vida. Porque en la canchita “Los alegres pichoncitos”, los pibes juegan al fútbol. Aunque, claro, cuando llueve no se puede jugar allí “porque se le hace mucho barro”. Esto no obsta para que “Los canarios 3” salieran campeones.
Las risas no se pueden apagar, las esperanzas, tampoco. Chapas agujereadas, sí; pero campeones de fútbol. Claro, pero tampoco es fácil, para villeros. El próximo relator, lo cuenta. Una vez tuvieron que jugar en un club “buenísimo” que tenía piscina. Y se metieron en la misma sin permiso. Es que hacían 40 grados de calor. “A los diez minutos vino un policía al que le había ido a buchonear otro del club. Nos agarró a todos...”
Buchonear. El idioma preciso, sin adjetivos.
A los chicos les interesa más contar sus aventuras, las broncas, las búsquedas; a las chicas más las relaciones, los sueños. Por eso Gisela nos relata sus fantasías. Una joven de la villa conoce a un joven millonario. Se enamoran, se casan, él soluciona todos los problemas de la villa, y los dos se vienen a vivir a la Cárcova.
Aquí comienzan los sueños, pero siguen las realidades.
Así viajará el lector. Entre realidades y sueños. Un mundo: pleno de ansias. Me detendría en cada cuento, en cada relato, en cada crónica. De caballos, de niños que se convierten en peludos y de nenas que de noche se vuelven brujas, estallan en carcajadas y se transforman en pájaros, de cofres con tesoros de monedas de oro que salvan para siempre al barrio, de gauchitos giles o no tanto. Y de pronto, Matías llega a presidente de la República y se dedica a arreglar las escuelas de las villas, trae médicos, impide la basura. Elimina “la corrupción política”. No permitirá que se tiren más perros muertos al zanjón, ayudará a los cartoneros, y dará medios a los matrimonios para que puedan comprar pañales a sus bebés.
Sí, así es el viaje por las páginas de este libro. Que debería leerse en todos los colegios (también en los privados, eh!) para que nos conozcamos todos.
Acompañaría en el viaje a los lectores hasta el final. Porque cada relato es una nueva estación, para detenerse y meditar. Pero yo escribo estas líneas como quien es un guarda de estación que toca el silbato para dar la partida. El tren ya se pone en marcha, los lectores no miran el paisaje por la ventanilla sino que se concentran en ese otro paisaje de imágenes que es la lectura. Las maestras Claudia y Miriam son las maquinistas que nos llevan a descubrir nuevos horizontes.
Quise sólo abrir la puerta a esta galería de escenas de nuestra tierra y tengo la esperanza que el viaje nos sirva a todos para conocernos más y aprender a darnos la mano.

