Aquí sigo alentando a la selección, a más de seis mil kilómetros de Buenos Aires. Veo un equipo ingenuo, tibio, desencontrado. Nuestra figura ya tiene treinta y tres años e inevitablemente se acerca a la curva descendente de su majestuosa carrera. Me entristece pensar que tal vez no consiga levantar la Copa del Mundo.
Por Marcial Ferrelli
A mis compañeros de “Decime que se siente…”
Mi primera relación con el fútbol comenzó a los cinco años, vivíamos en Necochea y se disputaba el Mundial 78 en nuestro país. En ese entonces aprendí los nombres de todos los jugadores argentinos y memoricé sus números. Me gustaba dibujarlos de espaldas, con esas cabelleras largas de rebeldía y revolución futbolística. Veía los partidos en un televisor de tubo, en blanco y negro, una carcasa gigante con una perilla para sintonizar los pocos canales de aire que existían en la época, y que chillaba con cada vuelta manual. La baja definición de las imágenes de la tele contrastaba con la imaginación de ese niño que fui, y que guardaba en su memoria los colores celeste y blanco que distinguen a la camiseta, gracias a las fotos de la revista El Gráfico. Me fascinaba el buzo verde con el 5 del “pato” Fillol.
Mi viejo no era muy futbolero, prefería ver las peleas de Víctor Galíndez o las veladas del esplendoroso Luna Park, él decía que era hincha de Banfield, pero en realidad nunca nadie supo por qué. Cuando volvía de sus viajes de trabajo por el interior, me traía una revista flaca y monocromática llamada Estadio, llena de estadísticas del fútbol de Primera y el ascenso. Aunque no le apasionara mucho el juego, veíamos los partidos de aquel Mundial con vecinos y familiares.
Los avances de ronda estuvieron plagados de angustia y dramatismo. Los seis goles a Perú para avanzar a las instancias finales marcaron la primera escena de nervios que sufrí con un partido de fútbol. Compartimos la final con toda la familia en la casa de mi tía —una segunda madre para mí—, entre el humo incesante de tabacos consumidos y la ansiedad por doblegar a Holanda, se desató el festejo final. En una larga caravana de autos hacia la playa, pudimos gritar “dale Campeón” al frente del mar oscuro bajo un cielo plomizo, liberando por un rato la emoción en medio de una despiadada dictadura. Mi padre era intuitivo y ese día no quiso celebrar, decía que era festejar el logro de la Junta Militar que gobernaba al país.
A los trece años, ya radicado en Buenos Aires, la pelota y las jugadas imaginarias me desvelaban, todo en mi cabeza era fútbol. Era tiempo de México 86, y la clasificación expirante frente a Perú nos metía en un nuevo mundial.
Entre el Colegio y la casa de mi primo Pablo, seguimos —a colores—, cada cotejo del equipo de Bilardo, un nuevo formato de competencia que debutaba en esa Copa. Cada etapa superada gracias a nuestro “Barrilete cósmico”, sugería otro logro para las vitrinas de la AFA. Como no podía ser de otra manera, el partido decisivo se tiñó de angustia pero al final fue el 10 quien levantó vuelo y con un pase de magia, dejó solo a Burruchaga para definir la epopeya ante la selección alemana.
Los campeones volvieron y fueron recibidos en una tarde gris como aquella del 78. Yo me ‘ratié’ del colegio con dos compañeros y fuimos a unirnos al agasajo de los héroes luego del triunfo en tierras aztecas. Era la misma plaza a la que había ido treinta meses antes, justo el día que regresó la democracia con Alfonsín.
Más de tres décadas después, aquí sigo. Alentando a la selección, a más de seis mil kilómetros de Buenos Aires, en medio de este año pandémico y de unas eliminatorias sin público. Argentina se enfrenta a Paraguay con el objetivo Qatar 2022. Con el correr de los minutos se me alborotan los recuerdos, la impaciencia y el desdén se apoderan de mí. Veo un equipo ingenuo, tibio, desencontrado. Tengo una extraña sensación, quizás se deba a los quebrantos de salud del Diego, o al hecho de ver a Leo confundido. Nuestra figura ya tiene treinta y tres años e inevitablemente se acerca a la curva descendente de su majestuosa carrera. Me entristece pensar que tal vez no consiga levantar la Copa del mundo.
El partido termina en un olvidable empate y —abatido—, caigo en la melancolía rabiosa de vomitar palabras frías. Al día siguiente, entre autocríticas y perdones, me resisto a creer que el paso del tiempo pueda destruir la mística. Pienso en mi padre, en ese vínculo desvanecido antes de tiempo, en nuestra historia sin más mundiales ni protagonismo. Es verdad que la selección ha sido la posibilidad de muchos, de acariciar ese anhelo de gloria. Del fulgor de un pasado imposible de recrear en el presente de nuestra Selección Argentina.
