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La imaginación al poder (lejos de la revolución)
Opinion

El 22 de marzo de 1968, hace 45 años, comenzaba la protesta estudiantil que finalizó casi dos meses después con la toma de las calles de París y quedó en la historia como El mayo francés, una experiencia a la que se integraron millones de obreros.  

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22 marzo, 2013 418

La ciudad de París es un poco insurrecta. Algunas de las revoluciones más importantes de la historia así lo atestiguan: la de 1789, que marcó el fin del absolutismo monárquico; la liberal de 1848, que impidió la llamada Restauración del Antiguo Régimen; la de la Comuna, que desde el 18 marzo al 28 de mayo de 1871 instauró un proyecto autogestionado que se pareció demasiado al socialismo; y, por supuesto, la de mayo de 1968, que se desencadenó hace 45 años en la Universidad Nanterre, bajo el influjo de estudiantes que tomaron las calles y lucharon contra la autoridad patriarcal del “padre” de V República francesa, Charles De Gaulle.

Claro que hay un contexto para esa protesta: en 1968, alrededor de 2 millones de franceses cobraban el “salario mínimo garantizado”, una especie subsidio al desempleo. A su vez, caía el promedio salarial de los trabajadores, muy preocupados por las condiciones laborales cada vez más exigentes. Los “bidonvilles” (las villas) habían comenzado a rodear las grandes urbes y el más poblado, el de Nanterre, tenía 14 mil habitantes y se ubicaba justo enfrente del lugar donde se encendió la mecha del polvorín.

Precisamente, el 22 de marzo se inició la toma de la Universidad de Nanterre, un pequeño episodio si se quiere, pero que dio lugar, merced a la reacción neurótica del Gobierno, a la demora de unos pocos estudiantes, a una manifestación simultánea de todas las facultades de Paris, a enfrentamientos sangrientos con la policía y, como corolario, a un paro de actividades lanzado por la CGT para sumarse a las barricadas.

Seamos realistas, exijamos lo imposible. A 45 años del hecho, podría decirse que, durante dos meses, París estuvo tomada por un grupo de jóvenes que lanzaban consignas algo infantiles como “la imaginación al poder” o “prohibido prohibir”. Aunque, seamos justos, esa manifestación libertaria de los estudiantes concluyó en la mayor huelga de la historia del movimiento obrero internacional, con casi 9 millones de trabajadores. Lo más parecido a 1871. O, si se quiere, un octubre del ’17 light.

El denominado Movimiento 22 de marzo (M22) promovió la ocupación de Nanterre para protestar contra la detención de un alumno acusado de provocar un atentado contra una oficina de American Express durante una manifestación contra la Guerra de Vietnam. Los profesores más conservadores reaccionaron y pidieron sanciones para los “agitadores”, al tiempo que el Rectorado permitió el ingreso de policías a las facultades.

La pésima idea no hizo más que generar numerosas bataholas entre estudiantes, policías y grupos nacionalistas, en una cadena demencial que concluyó con el cierre de la facultad y la sanción a los líderes del M22. Unas 450 personas resultaron detenidas en las violentas protestas, hubo 500 manifestantes heridos y una cifra similar de policías quedó lesionados. La hoguera estaba encendida…

Todos los centros estudiantiles de París resolvieron entonces reunirse en La Soborna para protestar contra la represión y el 2 de mayo el gobierno “copó” con agentes antidisturbios el Barrio Latino, sede del rectorado de la universidad y de varias de sus facultades. El uso de la fuerza sólo generó que un día después se sumaran a la lucha los estudiantes secundarios y los profesores universitarios, entre ellos “el rostro moral” del país, Jean-Paul Sartre.

Cinco días más tarde, París asistía con la boca abierta a una marcha sorpresa: alrededor de 100 mil estudiantes y profesores recorrieron los Champs-Élysées, pasaron frente al Palacio Presidencial y cantaron “La Internacional” bajo el Arco del Triunfo, el símbolo de los nacionalistas. La “afrenta” iba a ser respondida el 10 de mayo con el asalto al Barrio Latino (ya tomado detrás de barricadas) por parte de brigadas antimotín. Los enfrentamientos comenzaron a las 19 y culminaron a las 6 del día siguiente.

Cuando parecía que el gobierno de De Gaulle había controlado la situación, el sábado 11 se produjeron manifestaciones no sólo de estudiantes y profesores sino de obreros. Cientos de miles de trabajadores salieron a las calles de la ciudad para defender a “sus hijos”. La protesta fue tan multitudinaria que horas después estaban tomadas todas las facultades de provincia, la policía debió abandonar La Sorbona y todos los encarcelados fueron liberados.

No conformes con el “armisticio” lanzado por el Gobierno, las centrales sindicales llamaron a una huelga general y a una marcha dos días después. Bajo la consigna “¡Diez años, ya basta!”, el tiempo de De Gaulle en el poder, se concretó en París la marcha más importante desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Ese día pararon 9 millones de operarios.

La clase obrera había reemplazado a los estudiantes en la conducción de la lucha: el gobierno del héroe de la Liberación estaba herido de muerte.

La imaginación al poder. Ya en retroceso, el gobierno de De Gaulle ordenó el 13 de mayo que la policía abandonara el Barrio Latino y los huelguistas ocuparon La Soborna. El símbolo más conservador de la clase alta francesa se vio decorada de inmediato con banderas rojas y negras que portaban los retratos de Marx, Lenin, Mao, Fidel y el Che Guevara. La ley había sido reemplazada por un eslogan: Interdit d’interdire (prohibido prohibir).La Escuela de Bellas Artes, también tomada, se dedicó a construir afiches contra la burguesía francesa, los que, paradójicamente, fueron comprados más tarde por varios miles de francos por esos mismos burgueses.

La magnitud de la protesta provocó que muchos funcionarios de gobierno analizaran si había una insurrección de carácter revolucionario, como en Octubre de 1917. Sin embargo, los estudiantes, que provenían de esa misma burguesía que decían atacar, nunca llegaron a plantear la toma del poder; ni siquiera mantuvieron un planteo serio para reformar el Estado por más que cientos de ellos se afiliaran al Partido Comunista.

Finalmente, las protestas fueron desactivada con sapiencia por el viejo zorro de la Segunda Guerra Mundial, quien ofreció mejoras en las condiciones laborales y anunció elecciones anticipadas para el 23 y el 30 de junio. Su gobierno estaba muerto, pero una vez salvó a Francia de lo que parecía ser una catástrofe.

Prohibido prohibir. Las protestas estudiantiles o estudiantiles-obreras se extendieron ese año y el siguiente por la República Federal Alemana (todavía dividida por el muro de Berlín), Suiza, México, Argentina y Checoslovaquia, que protagonizó su Primavera de Praga contra los tanques soviéticos. Es que los aires de la Revolución Cultural china habían provocado una renovación de las luchas de izquierda, ya que el maoísmo era visto erróneamente como un marxismo alejado de la base dogmática stalinista.

Esos mismos aires venían afectando la figura de De Gaulle, que gobernaba desde 1958. En las elecciones presidenciales de 1965, el oficialismo no había logrado mayoría en primera vuelta y debió ir a ballottage con un joven socialista que haría historia: François Mitterand. La sorpresa fue mayor dos años después cuando el “gaullismo” sólo tuvo un escaño más que el socialismo en la Asamblea Nacional.

En esta modesta radicalización no era ajena la École Normale Supérieure, donde el filósofo Louis Althusser (hijo de la Escuela de Frankfurt) formaba generaciones de pensadores marxistas que fueron germen de la rebelión.

Pese a las condiciones, las preocupaciones estudiantiles de Mayo tenían una visión demasiado romántica de la realidad porque, aún apoyando al antifascismo y al tercermundismo, no había tendido más que puentes endebles con la clase obrera, la única en condiciones de cambiar esa realidad.

Daniel Cohn-Bendit -o Danny el rojo como le gustaba llamarse-, el líder más carismático de la revuelta de Nanterre, es actualmente eurodiputado por una corriente ecologista. Muy lejos de la revolución.

FUENTE: Gaceta Mercantil

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