La opinión pública se rindió a lo que circula en sus dispositivos: los egos expuestos a través de una red que conecta al mundo. Nos gobiernan algoritmos, los rebaños tecnologizados se fragmentan y la sociedad se polariza.
«Cuando el fascismo regrese lo hará en nombre de la libertad».
Thomas Mann
La opinión pública se rindió a lo que circula en sus dispositivos: los egos expuestos a través de una red que conecta al mundo. Nos gobiernan algoritmos, los rebaños tecnologizados se fragmentan y la sociedad se polariza.
La velocidad de la información en sus diferentes plataformas rompió las bases de la política de campo, la callejera. Lo social pasó al territorio digital y todo tiene métricas exactas e instantáneas. Giuliano Da Émpoli, en su libro, “Los ingenieros del caos”, explica el cambio de paradigma en la construcción de poder y la big data, con fines non sanctos electorales de gobiernos autocráticos trasvestidos, detrás de la cada vez más débil democracia que conocemos. Fenómenos como Trump en 2016, Orbán en Hungría y Bolsonaro en Brasil, son claros ejemplos de esta lógica. “(…) El algoritmo de los ingenieros del caos los empuja a la posición que haga falta (razonable o absurda, realista o intergaláctica), a condición de que capte las aspiraciones y los temores —especialmente los temores— de los votantes”, afirma el escritor italiano.
La naturalización de lo que antes era barbarie para el gran conjunto de las sociedades, en la actualidad se vuelve viral en forma de memes, burlas y ataques. La crueldad se propaga con mayor intensidad desde el azote del Covid, y los que gobiernan envían señales de confrontación contra opositores y pensamientos disidentes. Las frustraciones se desbordan y se engendra esa intolerancia transversal en la cotidianidad de pobres contra pobres que se respira en las calles, y se propaga a lo largo del país argentino. Un reconocido diario local titula en su portada: “Despidieron 50.000 empleados del sector público, el gobierno ahorrará U$S 2000 millones”. La naturalización del desempleo y el hambre, y la reivindicación de la capitalización de un modelo con deuda histórica récord con el FMI (U$S 42.000.000.000), deja ver un claro guiño al modelo oficialista. A todo esto, se suman las fake news, la posverdad como mayor capital de propaganda del gobierno, adaptada a la época narcisista de las redes: selfies y likes, y como abrebocas de algo aún más inquietante que será la revolución política de la IA.
Aprovechando el encierro de la cuarentena, el partido violeta encontró el escenario ideal para dar la batalla cultural en el metaverso. La ultraderecha se apropió de la palabra LIBERTAD, la volvió una plataforma de campaña y vaya si le rindió. Los desesperanzados de la política convencional copiaron y pegaron esas ideas tergiversadas. Dieron su apoyo a la meritocracia tan desleal que reivindican los de arriba. No es la libertad a lo que se refieren, sino a que aceptes con obediencia y resignación el poder de las élites económicas, financieras y sociales. El ciberpatrullaje busca que creamos que aceptar el poder y seguir sus dictados es ser libres y fieles, gente de bien.
Santiago Caputo, el ingeniero del caos mileista, escribió en X: “Algunos piensan que esto es una etapa más. Que vamos a gobernar un rato y después todo volverá a ser como antes. No entendieron nada. No vinimos a administrar. Vinimos a cortar, a exponer, a demoler. Y si eso molesta, mejor. El ruido es señal de limpieza. TMAP (Toda marcha acorde a lo planeado)”.
¿Quién era la ‘casta’?
El fenómeno político de Milei comenzó en programas de televisión. Prometía convertirse en un héroe de a pie dispuesto a enfrentarse a la “casta”, con el señuelo del desencanto político cultural de las últimas décadas. La pregunta sobre a quiénes se refería el entonces panelista sigue sin respuesta, y más bien, la casta ha sido un caballo de Troya diseñado estratégicamente por los libertarios para desintegrar partidos y fragmentar el sistema político. Una especie de fracking social, que consiste en extraer la frustración y multiplicar la narrativa de la venganza.
El presidente ruge: “ratas, chorros, mandriles, basuras, parásitos”, y las gradas repiten al unísono. Deshumanizar, insultar, censurar como un dispositivo de contagio de odio, que intenta conquistar la calle online, y regar las ideas de un régimen que no teme tildar de traidores a quienes no sigan sus consignas. Las ideas de la libertad como coartada, con un mensaje que desnudó su propósito: “Soy el topo que destruirá el Estado desde adentro”. El plan sistemático de exterminio de derechos adquiridos, la estigmatización y las fobias contra las minorías. La violencia discursiva por antonomasia.
Todos los miércoles de este año, hemos visto a la policía reprimir con violencia a un puñado de jubilados que reclaman la posibilidad de rasguñar la canasta básica y llegar a fin de mes. Esta situación, que solía conmover a las mayorías, hoy tiene un público dispuesto a defender estas lógicas neofascistas, con la promesa de mantener un cuestionable superávit fiscal y la quimera de un futuro próspero que nunca llega.
La educación y la salud resisten, y el gobierno usa de rehenes a instituciones prestigiosas como el Hospital Garrahan y la UBA (Universidad de Buenos Aires) desfinanciándolos; mientras tanto, la inacción de los líderes de las centrales obreras, que han sido domados —parafraseando el léxico tech de los trolls oficialistas—, en medio de un escenario que se convierte en una copia de los noventas, pero con el vértigo inquietante de Internet.
El oficialismo, en su obsesión de recorte, esgrime falsas acusaciones de ‘empleos parasitarios’, déficits imaginarios y la caza de tendencias ideológicas progresistas, mientras adoctrina en las redes y pone en peligro a las empresas y las riquezas naturales con su cometido privatizador.
El norte tiene puesto su interés en el cono sur. El Fondo Monetario patrocina, apostando a un triunfo electoral que le garantice la gobernabilidad y seguir fomentando el ajuste. Pero en caso de no obtener resultados, el organismo podría interrumpir el flujo de dólares, y se vendría otro diciembre inflamable.
En las últimas semanas se respira un aire de incertidumbre. Los mercados comenzaron a enseñar sus relucientes colmillos. El dólar como catalizador de los tiempos en Argentina, empezó a romper anclas y a asomarse a la superficie amenazando con salirse de la banda, un escenario que el oficialismo está poco dispuesto a asumir. El único cuento que el gobierno puede seguir contando a su ingenuo electorado, es el de la inflación bajas calorías, sostenida por una recesión destructiva en la micro, es decir la vida de los laburantes, a los que no les alcanza el salario, aunque Milei diga sin pudor: “si la gente no llegara a fin de mes, la calle estaría repleta de cadáveres”.
La historia se repite, el negacionismo es el deporte nacional de los argentinos. Las góndolas desmienten la fantasía de los índices de IPC (Índice de Precios del Consumidor), y el alza en las tarifas de los servicios públicos, la educación privada y las prepagas, así como el cierre de 50 pymes por día —según declaraciones recientes del economista Miguel Ponce—, reflejan las métricas obsoletas que se usan para disfrazar la crisis financiera y el crecimiento de la pobreza. El revisionismo histórico nos muestra el fracaso de estos programas económicos: tablitas, bicicletas financieras, tasas altísimas, libre importación, desindustrialización, etc. La turba de viajeros al exterior es una remake de la plata dulce de principios de los ochentas. La fiebre privatizadora menemista vuelve en versión 3D, con el clan de la descendencia del riojano —la auténtica casta—, una inflación ahorcada sin consumo, paritarias congeladas y sin dólares en las reservas, mejor dicho, es un espejo de la gran crisis del 2001, con Sturzenegger y Bullrich, veinticuatro años más jóvenes. Incluso, Milei en su última alocución a través de Cadena Nacional, aseguró que su propósito es enviar al Congreso una ley que asegure el Déficit cero, tal como lo hizo Domingo Cavallo, previo al Corralito. Por más que digan que esta vez es distinto, se trata de un modelo que va hacia un destino de depresión económica irremediable y su posterior estallido.
Las encuestas han perdido credibilidad por culpa de la inmediatez de las interacciones digitales. Los nuevos electorados se caracterizan por la metamorfosis continua de pensamiento y prima el contagio sobre el análisis crítico. Un mundo que va a una velocidad a la que, la política tradicional —de bases, movimiento y líderes de piel y hueso—, no ha sabido cómo montarse.
Sin embargo, las modas son pasajeras y el efecto especial del que abusó Javier Milei y su “fenómeno barrial”, comienza a desteñirse. Los brillos de ese outsider con ‘cosplayer’ de prócer, se apagan entre vetos, ajustes, motosierra y confrontación. Un año de mala praxis monetaria inquieta a las fuerzas del cielo, mientras los voceros de los medios hegemónicos se desmarcan tímidamente. La criptoestafa Libra, es otra preocupación de los hermanos del poder, con la causa avanzando en tribunales norteamericanos.

A pesar de tener altas expectativas para las elecciones del 26 de octubre, LLA (La Libertad Avanza) sigue acumulando desaciertos: el armado de las listas legislativas con traiciones al interior del partido y el enfrentamiento con la vicepresidenta Victoria Villarruel, sigue profundizando la crisis. La decisión de firmar el veto presidencial al aumento y prórroga previsional, y a la emergencia en discapacidad, al tiempo que le bajó las retenciones al campo —el sector más rico del país—, lo expone a un costo político de gran riesgo a puertas de las elecciones de medio término.
Durante su primer año de gestión, Milei ya había vetado un discreto aumento previsional, que ratificaron sus aliados en el Congreso. En los próximos días el nuevo veto regresará a la cámara, y esta vez, el poroteo de votos está lejos de las pretensiones del presidente. Los gobernadores, jefes políticos de los legisladores, muestran un descontento con el Ejecutivo y podrían cambiar el sentido de los votos, como pasó en la última sesión de diputados que rechazaron en gran número varios decretos presidenciales.
La tensión de las urnas
Los próximos comicios preocupan al gobierno y a las oposiciones por el bajo porcentaje de votantes en las últimas elecciones. Sin el cuento de “la casta la pagará”, se desintegró el enemigo imaginario de Milei y la polarización fragmentaria redefine un nuevo escenario de tercios. La legión de gobernadores despechados (Córdoba, Santa Fe, Jujuy, Chubut y Santa Cruz) que le votaron todo a favor al gobierno y que se cansaron de esperar por las retribuciones, intentan armar un nuevo frente electoral como alternativa, desmarcándose del oficialismo. El Peronismo, con la líder —Cristina Fernández de Kirchner— inhibida políticamente, se debate entre referentes de miradas distintas. Saben que se juegan la última carta y que necesitan alcanzar la unidad para mantener poder legislativo y sostener el bastión provincial de Buenos Aires, con Axel Kicillof, de cara al 2027.
El PRO, con Mauricio Macri a la cabeza, atraviesa sus peores horas, y será fagocitado por el oficialismo.
Los malos modales, el hubris y la terquedad de desestimar el run run social, hacen que el presidente Milei juegue a convertirse en un Robespierre 2.0 y conduzca el reino del terror digital hacia cada vez más desigualdad y crisis. Un fenómeno distópico que se esparce a través de las pantallas y arde en las calles.
