El jefecito se transformó en jefazo. Volante central, hacedor de la fuerza espiritual del equipo, el capitán sin la cinta, nacido en River, y gran líder. Emocionante entrega durante 120 minutos en las Semifinales contra Holanda. Y una jugada que quedará en la historia.
Por César Morielli
Me llamó Eduardo al celular. Mi jefe y compañero, el director de LaNoticiaWeb. Es el tercer Mundial que sufrimos juntos. Me dio una directiva sencilla: “Che gordo, estamos organizando el laburo, vamos a hacer cosas sobre el Mundial. Te toca escribir algo de Mascherano”. Se me baja la persiana. “Adiós y muchas gracias” a tantas palabras y recursos estilísticos, que pocas veces me han abandonado. “Chau, hasta luego”, a la sintaxis clara, los sinónimos, las metáforas harto conocidas para las crónicas políticas. “Después nos vemos”, a ese metódico tipeo casi sin pensar, como autómata, para escribir simplificando esfuerzos y tiempo con profesionalismo bien construido che! Oscuridad absoluta. No puedo escribir sobre Mascherano ahora, menos de 24 horas después del heroico trabajo contra Holanda un 9 de julio patrio que se marca para siempre en mis lagrimales. Es imposible. No me siento capacitado. Me queda grande.
Enseguida hice correr un S.O.S. como reguero de pólvora a mi red de amigos, conocidos, familiares y contactos utilizando las herramientas al alcance que brindan las tecnologías y redes sociales. “Tengo que escribir sobre Mascherano”. Un pedido ahogado de ayuda. Seguramente muchos habrán pensado que mi laburo es una pelotudez. “¿Este de que se queja?”. Encima tengo algo de amor propio, un poquito, un cachito, que me impide ir a la fácil. Ir y escribir del jefecito, del líder espiritual, del capitán sin cinta de este equipo, del que corre toda la cancha y contagia, del que interpreta a la perfección las necesidades tácticas y emotivas del partido, del que ví debutar en River siendo un nene pero antes en la selección de Bielsa en Brasil contra el skratch, del que seguí vía platea o TV durante toda su carrera, del que me clavó puñaladas con cada llanto cada vez que le tocó la derrota futbolera, del que suda sangre con la camiseta del “Millo” y de la Selección. Para qué escribir sobre lo que todos ven. Por qué el análisis futbolístico. No entra en nuestro medio, y no me corresponde. El desafío es más grande.
Escribir de Mascherano es sacarse las tripas en el texto, sentir que te salta el corazón en el pecho al borde del paro cardíaco, percibir como se congelan los pulmones de tanto respirar como perro con la boca abierta por la agitación una noche de frío en la canchita, vomitar bilis por la falta de oxígeno después de correr 120 minutos desaforadamente vaya a saber con qué impulso, rasparse con el rival y el césped para que salte la piel y te deje en carne viva, mirarse los magullones en tonos violáceos, azulados y verduzcos después del partido, competir para ver quién tiene el hematoma más grande e inflamado, estirarse un poco más y sentir como coquetea con el dolor y las lesiones un músculo contraído hasta el límite por el esfuerzo extremo, sacar aire quién sabe de dónde para gritarle a un compañero y contagiarlo (porque a veces los gritos caen muertos en el campo). Pero extenderse sobre esas cosas sería referirse a cuestiones de fibra futbolera que solamente entenderían los que juegan o jugaron al fútbol, bien o mal, profesionalmente o no, pero con pasión gigantesca. Entonces unos cuantos quedarían afuera de la narración argumentada. Y agregarle el despliegue táctico, meterse entre los centrales cuando el rival aprieta, hacer sombra con el doble 5, cubrir la espalda del lateral, acelerar como exhalación entre la línea medio rival con pelota dominada para romper la presión, dar más del 90 % de los pases bien durante todo el Mundial, entregar al compañero que está correctamente perfilado para no obligar un dominio trabajoso, la ubicación perfecta para llegar siempre al quite, el conocimiento del manual desde el primer al último capítulo de lo que debe hacer un volante central, pasando por todos los estilos. Ahí está Mascherano. Pero también referirse a eso dejaría afuera a los que no saben o no les interesa o no les gusta el fubol.
¿Cómo escribo sobre este semi Dios convertido en hombre con el número 14 en la espalda que me hizo gritar fuerte con ojos húmedos con mi hijo y mi señora, atestado con la vejiga llena después de tres termos de mates? Y que todo esto me hizo recordar, la puta madre, que la última vez que llegamos a Semifinales en un Mundial yo tenía 10 años, y que cuánto tiempo pasó, y que la vida corrió como loca, y que nos pasaron mil cosas de mierda, pero también algunas buenas, y yo igual me acuerdo saliendo del colegio en la Primaria para llegar a las corridas a tomarme el 110 y ver el partido empezado en mi casa para gritar las atajadas de Goyco o los goles de Caniggia o los gestos heroicos del Diego. Y mi abuela, que nos cuidaba a mi hermano y a mí porque los viejos laburaban, que me decía que le caían horrible los brasileños. Me acuerdo de ella cuando veo esa gambeta del “hijo del viento” que inspiró la canción hit de estos días. “Brasil, decime que se siente”. Y me fui por las ramas pero hay que explicar las cosas. ¿Hay que contar el gran partido de Mascherano, explicar lo del párrafo anterior sobre fútbol, huevos y todo eso? ¿O me hago el filósofo y narro las implicancias de un líder en un grupo? ¿O me hago el Gran DT y te cuento todos los recursos tácticos y técnicos, y bla bla bla? Si lo que queda es todo lo otro. Lo que trato de contar pero no puedo, un poco porque lo tengo a Giovanni acá recuperándose de una otitis, molesto, con dos años y medio, y otro poco porque me lloran los dedos y me emociono y deseo que ojalá él pueda sentir así de fuerte, lo mismo, por un deporte de mierda, una boludez. Pero es así.
DEJARLO TODO, SIN EUFEMISMOS
Escribir hoy de Mascherano es escribir de amor, de la muerte, de pasión, de la vida, de patria, de religión, de intangibles, y de todo lo que se les ocurra menos de fútbol. Por eso me queda grande y no puedo. Porque veníamos a ver una selección de galera y bastón, con cuatro demonios en ataque que iban a meterle mil goles a todo el mundo, y terminamos hablando de la solidez y el liderazgo que lleva como bandera este tipo nacido en Santa Fe un 8 de junio hace 30 años. Y a pocos días de jugar la final más final que existe en la Tierra, donde deberían dirimirse todas las diferencias culturales, sociales, políticas y económicas del mundo, donde el bien y el mal deberían batirse a duelo cada cuatro años, en lugar de hablar de ese enano mágico que veníamos a ver terminamos diciendo que tenemos al mejor del mundo y también a Messi. De tener cuestionamientos y fragilidades con este equipo saltamos sin escalas a pedirle a los tanques alemanes que resuciten a sus ejércitos, desde el medioevo hasta la contemporaneidad, que los traigan a todos y los pongan en fila, y que vayan pasando de a uno, porque nosotros tenemos a Mascherano. Y que el jefecito que se hizo jefazo nos envalentona a todos y agiganta a sus compañeros. Que son todos para uno y uno para todos. Que tienen unos huevos de oro, que le pelean a quien venga, y que el gran referente se para ahí en el medio casi sin pelo y hace milagros con esfuerzos bien terrenales y no con talentos regalados por fuerzas superiores. Ahí está la magia.

Entonces prendo la tele para buscar inspiración en algo. Y está el canal de deportes, claro, como hace tres semanas. Ahí clavado. Y repiten mil imágenes del embole futbolístico que fue Argentina-Holanda. Pero a quién le importa el fútbol con semejantes niveles de emotividad. Y entonces encuentro lo que puede graficarlo todo. Es para ubicarla en la vitrina con el gol de Diego a los ingleses, la apilada de Kempes contra estos mismos naranjas en el 78, la desfachatez de Rattin en el 66, el gol imposible de Grillo, los penales de Goyco en el 90, los bailes imposibles de los equipos que armó José para mostrarle al mundo los potreros nuestros. Ahí la veo de nuevo y pienso que la tenemos que mandar a ese archivo eterno, tenerla a mano para verla infinitas veces. Iban 89 minutos con 58 segundos, ya se terminaba el partido y el cuarto arbitro había indicado que se jugarían 3 minutos más. El empate en cero es inamovible y se viene el alargue de media hora. Dirk Kuyt recibe sobre la izquierda, gira hacia campo propio y corre algunos metros con dirección al centro. La defensa argentina se toma uno o dos segundos para reacomodarse. Pero a una velocidad imposible la gran estrella holandesa del Mundial, Arjen Robben, hace una breve diagonal de derecha a izquierda direccionando hacia el área de gol. Insólitamente el que lo suelta es Mascherano, víctima de la rotación defensiva del equipo. El pelado la deja correr y la bola llega a Sneijder, talentoso volante ofensivo que provoca un sutil rebote para que este endemoniado velocista siga su rumbo al gol. Pasa como si fuesen sillas a Demichelis y Garay, dos muros en este mundial llevados a una expresión diminuta por este enorme futbolista. Pasaron 5 segundos nada más y esta bestia pisa el área, acomoda la zurda, Romero hace todo lo que indican los manuales, recuerda todas las enseñanzas de sus entrenadores, arma el cuerpo, se apoya sobre su rodilla derecha para tomar impulso y cubrir el palo, abre los brazos. Reza. Caigo levemente sobre la silla, exhalo, me entrego, se terminó todo, pasó mil veces y seguirá pasando, caer en semis no está mal pero la puta madre que feo es perder siempre. Gana uno solo y no seremos nosotros. La final será Alemania y Holanda, al menos Brasil también lo va a mirar de afuera y jugaremos contra ellos por el tercer puesto. No respiro. No me late el corazón. Se detiene el tiempo. Solo se mueve Robben adentro del área, sacando su pierna zurda infalible, son dos segundos donde veo todo. Al negro Garay implorando que algo pase, corriendo sin perder esperanzas para capturar algún rebote, a nuestro arquero (que luego será héroe) sumándose a las plegarias, a este holandés sacando la vista del arco, mirando la pelota, tomándose un segundo más para definir correctamente. Grave error. Porque aparece Mascherano, parido de las entrañas de algún Dios griego, vomitado desde las esferas de alguna galaxia superior, abriéndose paso entre todo, derribando lo que aparezca frente a su paso, corriendo en milésimas de segundos lo que ningún mortal puede, recuperándose de la distracción de hace 4 segundos a 35 metros de distancia. Eso corrió. 35 metros en 4 segundos en el minuto 90 y pico para agarrar a este mal parido de Robben que nos viene a afanar estas emociones. Y el holandés será muy bueno y muy rápido pero algo no tiene que el nuestro sí, algo le falta porque tiene que tomarse un instante más para definir, y el 14 celeste y blanco se lanza como un soldado que salta al campo de batalla sin temores ni raciocinio, estira la pierna derecha, el disparo ya salió, y el tapón de la punta del botín toca justo y desvía al corner. Mascherano nos salvó de la muerte a todos. Encima se retuerce este tipo. Todos pensamos que se lastimó. Pero es tan macho que a la prensa del mundo le admite que en el cruce se le abrió el ano. Sí, leyó bien. Mascherano dijo que en ese cruce sufrió una apertura anal por el esfuerzo. No hay eufemismos, se rompió el culo por todos.
Eduardo, el director de LaNoticiaWeb y mi compañero, me pidió que escriba sobre Mascherano pero yo no puedo. Me pidió algo sobre liderazgo y solidaridad, y qué se yo. Hoy es imposible. Que lo haga otro. Puedo intentar contar lo que yo siento, lo que nos provoca a todos ver semejante entrega de un tipo común y corriente. Que por 120 minutos tiene una carga gigante sobre sus hombros, que se transforma en un todopoderoso capaz de repartir dones a sus compañeros en una pradera de césped verde de 110 por 70 metros, con dos arcos en sus extremos y una esfera de cuero rebotando por doquier. Mascherano es el puto amo del fútbol y todas sus cosas. En el campo de juego es el dueño de todo. Para escribir que traigan a otro.
