Las dos caras de Argentina subcampeón.
Por Pablo De Santis
Acaba de terminar el partido. Abro la ventana y sólo se escucha el aleteo alarmado de algún gorrión entre las ramas. La ciudad durante el partido parecía una de esas metrópolis apocalípticas de la ciencia ficción, desiertas y silenciosas, como en Soy leyenda. La única señal de vida era el inútil cambio de color de los semáforos. Pensé que aún con la derrota sonarían bocinazos y cornetas. Pero el silencio es apenas interrumpido por alguna lejana bomba de estruendo, y un auto que pasa rápido por la avenida Pedro Goyena.
Aún quienes en tiempos normales nos desinteresamos del fútbol seguimos con una pasión ilimitada los partidos de Argentina. Porque no se trata sólo de fútbol: se tiene la sensación de que se está frente a un escenario donde fuerzas cósmicas entran en disputa. A los jugadores y al técnico les tocó esa misión adicional de ser encarnaciones de valores, de filosofías de vida, de teorías acerca de la nación. Un poco demasiado. Pasado este momento agridulce (los triunfos anteriores, la derrota en el alargue) tal vez estén aliviados de sacarse de encima todo ese ropaje de símbolos. Al fin y al cabo se prepararon para el deporte, no para la semiótica.
Ahora imagino a todo el mundo agotado frente al televisor, sin ganas de hablar. El cuerpo, tenso durante horas, se afloja en una especie de sopor. No sabemos muy bien si estamos calmados o deprimidos. Los discursos sobre la importancia del segundo puesto ya no suenan tan convincentes. Hay que confesar que pertenecían al territorio misterioso de las cábalas, no al rincón de las convicciones. Juan Sasturain tituló su primera y gran novela Manual de perdedores. Una decisión sabia, porque es difícil aprender a perder y siempre nos viene bien un manual.
Pienso que todos estamos en la misma, pero viene a mi el recuerdo de un taxista que me trajo del aeroparque unas noches atrás. Al viajar en taxi el fútbol es un tema equidistante entre el anodino tópico del clima y las feroces declaraciones políticas. Es una forma de cortesía hacia el pasajero, a la que habitualmente respondo con algún comentario voluntarioso pero por completo errado. Pero este taxista sacó el tema del fútbol sólo para asegurarme que no le interesaba en lo más mínimo, y que no veía ni escuchaba ningún partido, y menos los de Argentina. Había una especie de furia helada en su determinación de alejarse de toda esperanza. Pero creo que ahora hasta ese conductor nocturno, barra brava de la indiferencia, siente un poco de frustración ante el resultado final.
El silencio, a medida que avanzo con estas líneas, ya no es perfecto. Poco a poco vuelven a la calle las señales de vida. Queremos que nos saquen del infierno de la posibilidad; de esas conjeturas contrafácticas que nos agobian cuando algo salió mal: ¿qué hubiera pasado si...? Frente a mi ventana una pareja pasa conversando. Un hombre saca a pasear al perro. Es la vida cotidiana que regresa, con sus ruidos y movimientos, con sus reclamos y rutinas, que en este caso resultan un alivio. Y la vida vuelve también con las preguntas que se deben oír en cada hogar. ¿Estás seguro de que mañana no tenés ninguna prueba? ¿Qué haremos de cenar esta noche? ¿Estará abierto el chino?
