A partir de la intervención de Vicentín, las cacerolas y las banderas argentinas en nombre del “viva la patria” se apoderaron de los balcones. Una práctica de los sectores medios en función de los intereses de la cerealera. Análisis.
Franco Pistone
@franpistone_
El sábado pasado por la tarde se realizó en todo el país un banderazo en contra de la intervención de Vicentín. Al son de los cientos de manifestantes que tuvieron como epicentro la ciudad santafesina de Avellaneda, sede de la agroexportadora, sonó un cacerolazo en los balcones de más de 60 distritos de 12 provincias argentinas. El mensaje parece ser claro: de la mano del “hoy Vicentín, mañana mi casa”, los propietarios e inquilinos que asomaron la nariz en sus pocos metros cuadrados de aire “puro” encontraron el lazo identitario más fuerte –tal vez uno de los pocos– entre lo rural y lo urbano. La propiedad privada.
Porque sino, ¿qué es lo que oculta la postura desafiante de reclamarle a un Gobierno pero mirando al vecino de en frente? El que está del otro lado de la calle también tiene un departamento, también tiene un balcón, también tiene la posibilidad de enarbolar su sartén de teflón en defensa de lo más sagrado del capitalismo liberal. ¿De qué otra manera se explica que cientos de personas, que no poseen acciones en Vicentín, se sientan tan interpeladas como para salir a reclamar a sus balcones? A los representantes del cacerolazo les indigna que el Gobierno tome la decisión de expropiar una empresa que está en quiebra. Sería esperable entonces que, si el Estado no se hace cargo, cada uno de ellos rompa el chanchito y haga una vaquita para comprar las acciones de una cerealera fundida. Pero lamentablemente, en Argentina hay más balcones que inversores.
UNA IMAGEN VALE MÁS QUE MIL CACEROLAS
Hay un meme que ilustra este fenómeno. Un Fiat Duna con un cartel de “Todos somos Vicentín” al lado de la noticia de que uno de los dueños de la firma violó la cuarentena y se fue a navegar en “su lujoso yate”. Pero la comparativa evidencia algo más. El sector agropecuario, con su rama partidaria predilecta –Juntos por el Cambio– y su gran aparato mediático, ganó la batalla discursiva con un instrumento que ya peca de cliché: la sistematización de Cristina Fernández de Kirchner como autora intelectual detrás de la intervención y potencial expropiación. El líder del Frente de Todos, Alberto Fernández, insistió reiteradas veces que la iniciativa ni siquiera había salido del círculo cerradísimo que mantenía con Matías Kulfas, ministro de Producción de la Nación.
Según un estudio realizado por CB Consultora, un 80,2% de los encuestados cree que la vicepresidenta tuvo alguna influencia en la medida (52,4% “mucha influencia” y 27,5% “algo de influencia”). Aún así, la cifra que más impacta tiene que ver con el grado de aprobación respecto de la intervención. La misma consultora indicó que un 47% está de acuerdo con ella y un 43,6% no. Otra encuestadora, Zubán Cordoba, afirmó que un 36,1% apoya la decisión, mientras que un 38,4% no. La grieta que se creía apagada solo estaba inactiva.
EL RUIDO INVISIBLE ES EL ‘TODO’
Los números son elocuentes, no existe una mayoría apabullante que desapruebe la iniciativa del presidente. Justamente, la heterogeneidad de las voces es lo que le aporta su carácter de ‘discutible’. Sin embargo, cuando suenan las ollas en simultáneo, esa multiplicidad de posturas no queda expresada. El cacerolazo en cuarentena es invisible porque desde el balcón o ventana propia no es posible ver a todos los que golpean sus ollas. No obstante, es efectivo, porque se escuchan. Y lo que se escucha es solo eso: ruido. El cacerolazo desde los pequeños metros cuadrados de aire puro monopoliza y totaliza el canal de sonido, que es a su vez la única forma de expresión comunitaria posible en el marco del aislamiento obligatorio.
La manifestación política en la calle se vuelve un ‘todo’ poco democrático. El ‘todas las voces todas’ queda olvidado entre un número de cacerolas que se torna indistinguible. ¿Son cinco personas, treinta o ciento cincuenta y ocho? Imposible saberlo. El ruido es el ‘todo’.
¿QUIÉNES SON LOS DUEÑOS DE LOS BALCONES?
Algo que tampoco se puede determinar es en qué medida los paladines justicieros con cucharon de madera en mano conocen verdaderamente la situación de Vicentín. Un acercamiento lo tiene la consultora Zubán Cordoba: un 16% de sus encuestados se considera “muy informado”; un 37% “algo informado”; un 24% “poco informado” y un 13% “nada informado”. Entonces, ¿cuánta gente caceroleó en contra de la intervención de Vicentín y cuánta agujereó sus ollas por la desesperación y ansiedad de que la cuarentena finalice?
Otra: ¿cuántos salieron a sus balcones enardecidos por el desempeño de un Gobierno peronista? Parece una pregunta de 1955, 1975, 1999 o 2015. Porque el peronismo tiene tanto de viejo como el antiperonismo. Nacieron juntos. En esta entrevista, el politólogo Ernesto Calvo habla de la identificación “negativa” en la política, el “nunca sería”. El 72% de los votantes de Cambiemos “nunca sería peronista” y el 50% “nunca sería de izquierda”. Asimismo, solo un 20% se siente identificado con la alianza que gobernó entre 2015 y 2019. ¿Cuánta gente hizo ruido el pasado sábado en nombre de la autodeterminación de definirse en oposición al ‘otro’?



