A días de la gran cita futbolística, los argentinos se debaten entre el anhelo de ganar el Mundial y la desconfianza ante el fantasma de las finales perdidas.
Por Marcial Ferrelli
La historia se repite y por momentos este presente parece recordar a la previa de México 86, cuando la credibilidad de la selección no estaba en su mejor momento. El técnico de entonces Carlos Salvador Bilardo, alcanzó una clasificación agónica, convocó jugadores sin continuidad, dudoso estado físico por lesiones y ausencias inesperadas. Es posible que el “Narigón” no hubiera resistido a la presión que hoy ejercen las redes sociales.
A pesar de todo ese viento de cola, se armó un equipo dentro de la cancha. El proceso fue quizá más traumático que el de Sampa. En enero del ‘86, Bilardo llevó a 14 futbolistas a entrenar a la Puna, eligió Tilcara (2465 mts) para probar cómo contrarrestar los efectos de la altura mexicana. Durante diez días, figuras como Bochini, Ruggeri o Brown jugaron a la pelota en canchas de tierra y piedra contra equipos armados con vecinos del pueblo. El cuerpo técnico le huía a los partidos amistosos frente a Selecciones europeas (perdió en su última gira pre Mundial ante Francia y Noruega) y concluyó la preparación un mes antes en el DF jugando frente a clubes mexicanos y un empate en cero contra Junior de Barranquilla, que detonó la bomba en el seno del plantel.
El grupo tenía internas bravas, enfrentaba a dos líderes enemistados públicamente y postulantes a la capitanía del equipo. En un rincón: Daniel Pasarella, caudillo capitán en el 78 y 82 y del riñon de Menotti, enemigo conceptual y crítico durante el proceso bilardista. Del otro, Diego Armando Maradona, de regular paso por España 82, pero en pleno crecimiento y explosión en liga Italiana y Copas europeas. Fiel a Carlos Salvador y el jugador diferente en ese plantel. Hubo una reunión fuerte entre el grupo en donde se comprometieron a llevar la Copa a la Casa Rosado y festejar con el pueblo en Plaza de Mayo.
Con el correr de los partidos, el equipo comenzó la gesta de una historia que conocemos a la perfección. La mano de Dios y la zurda cósmica que forjaron la epopeya y cumplieron la promesa con la gente delirando ante los héroes y su Copa en el balcón de Alfonsín.
Treinta y dos años más tarde, Sampaoli está al frente del seleccionado nacional, cuenta con apoyo dirigencial, pero se respira cierta incertidumbre con las dudas alrededor de su propuesta táctica –la sufrida clasificación, el resultado con España, nombres cuestionados en la lista de 23 y la intriga del 11 titular– que genera sensación de incredulidad en la opinión pública.
Está por verse si Jorge Sampaoli –un técnico que pertenece a una especie “rara” de entrenadores que no fueron jugadores, soberbios y experimentadores compulsivos– tendrá la suerte del “Doctor”, que conformó una plantilla en función de un Maradona iluminado e imparable. El actual DT sabe que la oportunidad de tener al mejor del Mundo y coronar es ahora y que la exigencia del paladar futbolero y la paciencia del hincha no son como en Chile y su selección.
El grupo 2018 no padece de conflictos internos, sufre de anemia del ADN argento, un equipo acostumbrado a no ganar jugando con una idea clara, a la improvisación de lo que pueda inventar el 10. Seguramente haya coincidencia con aquella determinante reunión mexicana, en la promesa con el hincha. Los más experimentados son conscientes de su despedida en celeste y blanco y que enfrentan la última gran revancha para reconciliarse con la gente.
En este momento la ilusión tiene un solo nombre: Lionel Messi, el ancho de espadas que posee el estratega, el eje indispensable de un equipo en construcción que hace tiempo pide a gritos renovación.
Hay un plantel que viaja rumbo a cumplir un nuevo desafío, llegar al séptimo partido, terminar la malaria, que el ciclo se vuelva a cerrar, y un «Lio de la gente» que nos haga recordar al Diego levantando la Copa en el estadio Azteca.
