Setenta y un segundos

30 octubre, 2020

“Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”.

Por Juan Stanisci, Lastimaanadiemaestro.com

El Uruguayo y el Pelusa se encontraron por primera vez en una cancha allá por el año 81. El Pelusa jugaba su primer partido con la azul y oro, mientras que el Uruguayo estaba recién llegado de Montevideo, donde no era muy bien visto por el gobierno militar. Se encontraron sin encontrarse en esa tarde, en esa cancha del sur de la ciudad de Buenos Aires. No se hablaron ni se miraron. Ni el Uruguayo le dio un pase al Pelusa ni el Pelusa le puso la pelota en la cabeza. Aunque todos sabemos que si el Pelusa hubiera querido se la ponía en el pecho al Uruguayo, aunque este estuviera en la segunda bandeja. Esa tarde del 81 el Pelusa la mandó a guardar dos veces y el Uruguayo lo narró por primera vez.

Hay quienes sostienen que el Pelusa es una invención del Uruguayo. Que el Uruguayo lo imaginó todo, lo contó frente a un micrófono y la gente lo creyó como cree en el amor a primera vista o en las milanesas de la abuela. Esto no sería nada raro, años antes un tal Orson narró una invasión espacial y en Nueva York se lo comieron como amague de wing. ¿Así que por qué el Uruguayo no podría inventar al Pelusa desparramando gente en el verde césped? Está la televisión me dirán algunos. La llegada a la luna también fue televisada y nadie está muy seguro de que el pobre Amstrong haya pegado saltitos en el espacio alguna vez. Pero no nos pongamos conspirativos que ya demasiado complicada es la realidad como para sumarle un asterisco.

Cuando se encontraron el Uruguayo y el pelusa ni idea tenían del quilombo que iban a armar juntos. Uno era un pibito de veinte años que pateaba la pelota como nadie y el otro un pobre relator exiliado por decir lo que algunos no querían que se diga. Ni ellos, ni nadie que hubiera escuchado esa tarde al Uruguayo se hubieran imaginado nada de lo que vendría después. Porque como dijimos el Pelusa era un pibito más promesa que otra cosa y porque el Uruguayo narró esa tarde como si el objetivo fuera dormir a la gente. Pero los buenos aparecen cuando las papas queman.

Pasaron los años, pero entre el Uruguayo y el Pelusa había solo una relación laboral. Algo así como “vos inventá que yo lo cuento”. Porque hasta ese momento el Uruguayo no componía, solo interpretaba. Ni bien ni mal. La gente lo quería porque rompía con la rigidez almidonada del Gordo y toda esa tradición, también por tirarse más a la izquierda, pero de la gola del Uruguayo no salía nada fuera de lo normal.

Como dijo un ciego todos los destinos tienen un solo momento. Y acá es donde se pone interesante la cosa. Porque hasta ahora vemos un tipo que brilla y otro que está en la sombra. El tema es que un mediodía se decidieron sin acordarlo y armaron un dúo. Un dúo que vivió setenta y un segundos, pero que dura para toda la eternidad. El Uruguayo se sacó la modorra y desde algún lugar anterior a la razón y quizás a su propia existencia sacó un poema en forma de relato que quedó a la perfección con la danza que el Pelusa se mandaba entre un montón de piratas. Andá a saber a dónde hubiera ido a parar la vida del Uruguayo si dejaba pasar ese bondi. Seguro hubiera terminado como el Gordo o el Judío sin apellido judío, en la intrascendencia. Pero el Uruguayo supo demostrar lo que vale. Se le paró de frente a su destino y le dijo “acá estoy yo”.

Al Pelusa se la da el Negro. Nada raro. Salvo para el Uruguayo que tira, así como quien no quiere la cosa: “arranca por la derecha el genio del fútbol mundial”. Vale decir que, por aquellos tiempos, estamos hablando del año 86 si no me falla la memoria, lo de genio del fútbol mundial asociado con el Pelusa estaba bastante en discusión. Pero el Uruguayo la tiró tan decidido como el Pelusa encarando para adelante como caballo con tapa ojos. Duró tan poco el asunto que el Uruguayo casi no había terminado de pronunciar aquellas palabras que el Pelusa ya finalizaba la obra.

Así como en el jazz cuando se calla el piano viene el solo de saxo, el Pelusa le dio paso al Uruguayo. Y arrancó nomás como lo había hecho el otro segundos antes, solo que en vez de enganches y amagues, el Uruguayo despilfarraba una catarata de adjetivos y sustantivos que se le trababan en la garganta como si fueran arena y no palabras. Porque más que palabras, lo que tenía en la garganta el Uruguayo era el corazón. Un corazón que estaba por explotar, transmitiendo en vivo para todo un país que lo escuchaba como si el futuro del género humano dependiera de lo que él contaba. ¡Las cosas que contó el Uruguayo! Que en la cancha había un barrilete cósmico que vaya a saber mandinga de donde había salido. Que había un país que su territorio se estaba contrayendo hasta convertirse en un puño apretado. Que había un Dios y que no solo había un Dios, sino que encima se le había ocurrido la magia de que las personas pudieran patear una pelota y no contento con eso había puesto al Pelusa a correr re inventando un juego medio tosco en una danza donde todo podía pasar menos lo que los piratas esperaban que suceda. El Uruguayo en la cumbre de su éxtasis definió la danza del Pelusa como la jugada de todos los tiempos. Algo que probablemente nadie hubiera podido hacer ni mirándolo desde un sillón años después.

Así es como el Uruguayo y el Pelusa, que se conocieron sin verse una tarde en el sur de Buenos Aires inventaron un arte que duró setenta y un segundos. Consistió en que uno imagine con los pies y el otro dibuje con palabras a partir de lo que el primero hace. Y no necesitaron más que eso. Setenta y un segundos. Para quedarse a vivir en la memoria colectiva de un pueblo que no puede pensar a uno sin el otro.

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