El empate hegemónico, capítulo dos

28 septiembre, 2020

Vivimos los argentinos tiempos de mucha discordia y donde parece imposible encontrar denominadores comunes que nos permitan encaminar un diálogo razonable que nos lleve a acuerdos sociales mínimos y políticas de estado para instrumentar los mismos.

Por Matías Lobos, Lic. Ciencia Política, Fundador de PUNTO. Red de Políticas Públicas de Cercanía, Ex Sub Secretario Nacional de Fronteras y de Formación Policial y Programas de Seguridad.

Vivimos los argentinos tiempos de mucha discordia y donde parece imposible encontrar denominadores comunes que nos permitan encaminar un diálogo razonable que nos lleve a acuerdos sociales mínimos y políticas de estado para instrumentar los mismos. Vivimos dos países que se piensan y se sienten desde valores diametralmente opuestos. Podemos abundar en muchos detalles respecto a esta profunda división que nos atraviesa, pero el debate reciente en torno al mérito sintetiza de manera ejemplar estas dos culturas que se presentan como irreconciliables.

¿Fuimos siempre los argentinos una sociedad marcada por la división profunda o esta división es un fenómeno nuevo? Nos podríamos remontar al siglo 19 para encontrar evidencia histórica de momentos de enfrentamientos fratricidas que se intercalaron con períodos de paz y diálogo. Pero me gustaría posar nuestra mirada en la segunda mitad del siglo 20 y estas primeras dos décadas del 21, ya que la proximidad histórica del período seleccionado nos da muchas pistas para pensar nuestros presente y futuro más inmediato.

El enfrentamiento entre las coaliciones sociales peronista y anti peronista nos marcó a fuego entre 1945 y 1983. Para comprender la magnitud del enfrentamiento; un gran politólogo argentino, Guillermo O´Donnell; acuñó el concepto de empate hegemónico. En virtud del mismo, ninguna de las dos coaliciones pudo imponer a la otra su mirada y proyecto de país; teniendo cada una de ellas la posibilidad de frenar y detener el avance de la otra, pero incapacitadas ambas de obtener un triunfo definitivo sobre la contraria.

La recuperación democrática abrió una ventana entre 1983 y 1999 que nos permitió a la sociedad argentina salir durante ese tiempo de la situación de empate hegemónico antes descripta. El presidente Alfonsín, surgido de la línea interna Renovación y Cambio de la UCR; tuvo la capacidad de correr a su fuerza partidaria del extremo anti peronista, y ensayar un desplazamiento de la misma hacia una posición de centro orientada hacia valores progresistas (un centro izquierda). El presidente Menem, dirigente proveniente de la línea interna renovadora del PJ; supo desplazar a su partido de posiciones movimientistas autoritarias hacia una posición de centro orientada hacia valores demócratas cristianos (un centro derecha). Ambos mandatarios tuvieron la virtud de desterrar por esos años la idea que el adversario es el enemigo, establecieron una cultura del diálogo y del reconocimiento al que piensa distinto, y forjaron el último gran proceso de acuerdo nacional: el núcleo de coincidencias básicas que desencadenó la última reforma constitucional.

Tomando el concepto de empate hegemónico y adaptándolo a la realidad, parece que desde 2003 transitamos el capítulo 2 del mismo; esta vez entre una coalición social kirchnerista y la otra anti kirchnerista. Dos proyectos de país que no encuentran posibilidades de diálogo y acuerdo porque representan valores culturales contrapuestos. ¿Cómo salimos de este nuevo empate hegemónico? Tres posibles escenarios. Primer escenario, la situación de empate continua en el tiempo. Segundo escenario, alguna de las dos coaliciones se impone a la otra. Tercer escenario, salida del empate con desplazamientos hacia el centro por parte de ambos espacios en pugna. Los escenarios no son situaciones dadas, son situaciones que se construyen. La dinámica de los actores políticos en su capacidad de construir escenarios determinará cual de los tres escenarios posibles prevalecerá.

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