Cartas para construir la “Pos Pandemia” (2)

11 agosto, 2020

“Tenemos por delante el deber de construir una realidad nueva”, Papa Francisco, 30 de mayo de 2020. Segunda parte de la columna de opinión del presidente de la Cámara Económica Sanmartinense Jorge Benedetti.

Por Jorge Benedetti, presidente de la CES

En nuestra primera carta citábamos al papa Francisco cuando destacaba que “De las grandes pruebas de la humanidad y entre ellas de la pandemia, se sale o mejor o peor. No se sale igual”. Al mismo tiempo muchos nos interrogamos acerca de adónde querían volver los que manifestaban que luego de la pandemia retornaríamos a “la normalidad”. ¿A qué normalidad se refieren? ¿A qué en lugar de que el 60% de los chicos esté por debajo de la línea de la pobreza sea solamente el 50%? Sin dudas a esa “normalidad” no queremos volver.

Y lo primero a lo que no queremos resignarnos es a que esas realidades se naturalicen, es decir que sea normal que haya chicos mendigando en las estaciones y avenidas y que nosotros pasemos casi sin verlos, porque ya forman parte “del paisaje”, es decir, nos son “invisibles”.

Por el contrario, lo primero que deberíamos querer terminar es con la pandemia de la pobreza, la exclusión y la indiferencia. Entonces nos preguntamos ¿Nos encaminamos a salir mejor o peor de la pandemia? Desgraciadamente no podemos presentar una respuesta totalmente afirmativa.

Seguir igual es salir peor: Privilegiar el individualismo mata. El gobierno nacional decidió en estos días la prohibición de realizar reuniones sociales. Mientras casi tres cuartos de la población considera acertadas las medidas sanitarias adoptadas, un pequeño núcleo, encabezado por los periodistas de los grandes grupos concentrados y una minúscula porción de la dirigencia política, realiza una fuerte prédica en contra de la medida, afirmando que esta “no reconoce ni respeta las libertades individuales”.

Mientras tanto, los millones de argentinos que siempre pensamos que la vida está por sobre la economía, sabemos que solo muy malintencionadamente puede alguien no darse cuenta en estos momentos (y en todos), que no hay nada superior a la vida. (Y esto con independencia de que aquellos que privilegiaron la economía y dañaron la vida, hoy exponen una economía de catástrofe junto a decenas de miles de muertos)

Mientras tanto, una contracultura de la muerte ha venido dañando la vida de las personas y del planeta y pareciera que quieren seguir en esta actitud, así escuchamos que no hay que respetar la prohibición de las reuniones sociales porque “atenta contra la libertad de las personas”.

Me pregunto entonces, si alguien puede comprar un auto que desarrolla 220 km/hora (o más) por qué razón las autoridades limitan su libertad de transitar en muchos lugares a no más de 40 km/hora. Tendremos que hacer el ridículo que hacen algunos legisladores que payasescamente transitan los tribunales para hacerle juicio a las autoridades porque nos sancionan por transitar a 50 km/hora, es decir mucho menos de lo que el auto está capacitado.

Por otra parte, en atención a “que yo pago mis impuestos”, nada me gustaría más que manejar por las amplias veredas de las colectoras de la avenida 9 de Julio, pero debido a las normas de convivencia y a los códigos establecidos, se coarta mi libertad individual, obligándome a transitar con mi vehículo solo por el pavimento.

El colmo en ese sentido son aquellos que vociferan por los medios afirmando que “yo en mi casa hago lo que quiero” o “es inconstitucional y violatorio de mi privacidad que se metan a legislar en mi propiedad privada”.

Entonces yo podría asesinar a mi esposa (o ella a mí) dentro de “mi casa” o, puedo maltratar a mis hijos o a un visitante, pues estoy dentro de “mi propiedad privada”. Resulta tan ridículo que no merece perderse el tiempo ante argumentaciones tan falaces y malintencionadas como la inconstitucionalidad o la extraterritorialidad de las leyes dentro de mí casa.

EL DEBATE: UNA ALTERNATIVA MEJOR Y OTRA PEOR.

Una controversia que se libra desde hace muchos años, es acerca del derecho de las patentes, en particular las medicinales. El hombre ha venido acumulando sabiduría y trasmitiéndola en forma gratuita (pues así la recibió), a lo largo de los siglos. Un día aprendió las ventajas del lenguaje, otro las mejores formas de desarrollar la agricultura, más tarde que la rueda le facilitaba considerablemente el traslado de objetos, luego las distintas forma de navegación, el adelanto que significaba la escritura, el ábaco o los números arábigos, para no hablar de la imprenta y muchos otros desarrollos que se han venido realizando a los largo de los siglos. ¿Alguien podría haber inventado una computadora sin “apropiarse sin cargo” de miles de conocimientos que la humanidad había desarrollado a lo largo del tiempo? O simplemente los grandes inventos de la historia ¿no son la frutilla de la gran torta del conocimiento que “el descubridor” recibió para alcanzar su desarrollo?

Pero si hablamos específicamente de los avances de la medicina, desde Hipócrates (o antes) hasta la fecha, cada desarrollo se sustentó en grandiosos esfuerzos recibidos sin costo de sus antecesores.

Pretender apropiarse de siglos de conocimiento, de una inmensa montaña de esfuerzos donde el descubridor, solo ha aportado su última y pequeña (aunque muy valiosa) parte, es realmente un robo.

Así lo entendieron cientos y miles de médicos a lo largo de la historia, solo citar a Alexander Fleming, quien renunció a todo derecho sobre la patente de la penicilina o a Jonas Salk, descubridor de la vacuna contra la polio, que cuando le preguntaron a quién pertenecía la patente respondió: “A la gente. Lo que quiero decir es que no hay patente. ¿Acaso se puede patentar el sol?”.

La historia de las patentes medicinales ha sido un pésimo ejemplo de falta de solidaridad planetaria. Cuando el SIDA era pandemia en el continente africano, en particular en Sudáfrica, el presidente Mandela decidió fabricar los antiretrovirales sin pagar por la patente, reduciendo en un 95 % el costo de los mismos, lo que le permitió salvar la vida de cientos de miles de seres humanos.

Frente a esta pavorosa pandemia universal nos preguntamos ¿Qué costo tiene la vida? ¿Es lícito ver morir a decenas de miles de personas porque la vacuna será monopolizada por un laboratorio o por un país, mientras el resto de la humanidad seguirá padeciendo el flagelo de la pandemia?

Las primeras noticias anuncian que Rusia y China, que están en un proceso avanzado de investigación, entregarán libremente la fórmula a toda la humanidad, mientras que el presidente D. Trump, afirmó que primero será para los norteamericanos y no manifestó ninguna voluntad de compartirla con el resto de los pueblos del planeta, mientras que el silencio de otros países sigue siendo preocupante.

¿Se pretenderá lucrar con la vida y la muerte de millones de hombres y mujeres del planeta?

Mientras tanto el papa Francisco, junto a otros líderes de todo el mundo, incluidos los representantes de los partidos populares de América Latina se han pronunciado en un único sentido: La vacuna debe ser patrimonio de la humanidad, ¿O ahora también se pretenderá patentar el sol?

SALIR MEJOR. LA SOLIDARIDAD EN LA PRIMERA LÍNEA DEL COMBATE.

Los médicos y el personal de la salud son la expresión de la naturaleza del pueblo argentino. Están realizado un gran sacrifico con riesgo de sus vidas en la tarea por cuidar a los enfermos. Esto ha hecho que un alto número de ellos haya contraído la enfermedad. A pesar de eso, ellos saldrán mejores. Son la expresión de la solidaridad de nuestro pueblo. Pero de esto nos referiremos en la próxima carta.

Jorge Benedetti
PRIMERO LA PATRIA

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