En Quilmes también hubo protestas contra la Presidenta Cristina Fernández. Rara vez el distrito participa de reclamos en la calle contra gobiernos justicialistas.

1 enero, 2006

Por Ariel Kocik

Quilmes se sumó a las manifestaciones que hubo en lugares como Banfield, Lomas de Zamora o Morón, por sólo nombrar un par de ciudades, y en cientos de pueblos del interior y sus principales centros. El descontento supera ampliamente a un sector. Más aún: en el 2001, los hechos fueron sustancialmente porteños. Ahora no cuesta encontrar broncas diseminadas, por las calles, en cada provincia, como en la tranquila Catamarca.

De todos modos, a diferencia de 7 años atrás, no hay intención de salir a robar, a golpear o a tumbar. A 25 años de Democracia sólo una provocación instrumentada puede “dividir a los argentinos”, que con crisis y todo están mucho más unidos de lo que estuvieron casi toda la vida.

Los intendentes encolumnados con el proyecto K, por convicción o por necesidad, se ven en la disyuntiva de apoyar a una cerrazón oficial que tiende al aislamiento –crece un movimiento peronista interno (de intendentes y gobernadores) que se declara “en libertad de acción”– o comenzar a plantear su propia autonomía, que en términos económicos está condicionada, pero es perfectamente coherente con cualquier partido o movimiento nacional, que no remite sólo a sus problemas locales.

En el interior cordobés, ya lo hacen empujados por su propio pueblo. Un partido federal, no puede mirar sólo su distrito: “federal” implica no desentenderse de los problemas nacionales.

El conurbano sigue siendo el sustento del oficialismo, pero es muy previsible que varios líderes no sientan en su intimidad el deseo de “plegarse” a una marcha porque los convoca un vocero, que parece más cerca de piantarle votos a Cristina que de ayudarla.

El intendente Bruera de La Plata estaría en principio enviando a su gente a Plaza de Mayo, y lo mismo su par Díaz Pérez de Lanús. En Quilmes, con el gobierno de Francisco Gutiérrez, hubo apoyo a la Presidenta desde el inicio del conflicto. (En rigor, Cristina también llevó en su boleta a Sergio Villordo, cuya victoria muchos daban por cierta).

Los gobiernos del sur –entre ellos los “nuevos gobiernos” que reemplazaron a otras gestiones peronistas– necesitan el apoyo de la Nación para llevar a cabo sus programas. La pregunta es hasta qué punto vale ser incondicional en tiempos en que muchos confiaron en una “normalización” del PJ, donde se pueda estar en disidencia sin temor.

Sería la calidad institucional prometida, y un principio básico de cualquier fuerza política democrática. Hasta el sector gremial de apoyo al gobierno pareció mostrar sus dudas respecto a la conveniencia de “quemarse” ante gran parte de la sociedad, que más allá de los colores políticos huele un conflicto activado sin necesidad.

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