La Economía, la Deuda, el pensamiento del Papa Francisco y su ocultamiento

19 febrero, 2020

El 5 del corriente mes, el papa Francisco pronunció un discurso realmente resaltable. A pocos metros de él lo escuchaban Kristalina Georgieva (titular del FMI), Joseph Stiglitz (Premio Nobel de Economía), Martín Guzmán (Ministro de Economía argentino, Stefano Zamagni (economista y presidente de la Pontifica Academia de Ciencias Sociales), entre otros destacados concurrentes convocados por el propio Vaticano a un taller titulado «Nuevas formas de fraternidad solidaria, de inclusión, integración e innovación».

Por Jorge Benedetti, presidente de la CES

A pesar de la importancia del mensaje los medios de nuestro país solo mencionaron “el apoyo del papa a Argentina” y citaron una sola frase del mensaje (casualmente todos la misma, como siguiendo una directiva).

Si bien la exposición circuló por las redes, resulta importante destacar algunos de sus conceptos, con unas breves consideraciones personales.

Dice Francisco: “Necesitamos de muchas voces capaces de pensar, desde una perspectiva poliédrica, las diversas dimensiones de un problema global que afecta a nuestros pueblos y a nuestras democracias.”

Rescato la palabra poliédrica (el subrayado es mío) pues forma parte de la critica que el papa realiza a la globalización amorfa y masificante (esfera) mientras que su propuesta es que la globalización respete las “facetas” de cada pueblo (el poliedro).

Y agrega con precisión: “El mundo es rico y, sin embargo, los pobres aumentan a nuestro alrededor. Según informes oficiales el ingreso mundial de este año será de casi 12,000 dólares por cápita. Sin embargo, cientos de millones de personas aún están sumidas en la pobreza extrema y carecen de alimentos, vivienda, atención médica, escuelas, electricidad, agua potable y servicios de saneamiento adecuados e indispensables. Se calcula que aproximadamente cinco millones de niños menores de 5 años este año morirán a causa de la pobreza. Otros 260 millones carecerán de educación debido a falta de recursos, las guerras y las migraciones.

Esta situación ha propiciado que millones de personas sean víctimas de la trata y de las nuevas formas de esclavitud, como el trabajo forzado, la prostitución y el tráfico de órganos. No cuentan con ningún derecho y garantías; ni siquiera pueden disfrutar de la amistad o de la familia. Estas realidades no deben ser motivo de desesperación, sino de acción.”

Queda en claro que la realidad que describe es aterradora y no permite seguir esperando. “El principal mensaje de esperanza que quiero compartir con Ustedes es precisamente éste: se trata de problemas solucionables y no de ausencia de recursos. No existe un determinismo que nos condene a la inequidad universal.”

Claramente refuta el “no se puede” imperante en algunos medios y agrega que hay que enfrentar la “falta de voluntad y decisión para cambiar las cosas”.

Contrariando el discurso dominante afirma: “Un mundo rico y una economía vibrante pueden y deben acabar con la pobreza. Se pueden generar y estimular dinámicas capaces de incluir, alimentar, curar y vestir a los últimos de la sociedad en vez de excluirlos. Debemos elegir qué y a quién priorizar: si propiciamos mecanismos socioeconómicos humanizantes para toda la sociedad o, por el contrario, fomentamos un sistema que termina por justificar determinadas prácticas que lo único que logran es aumentar el nivel de injusticia y de violencia social. El nivel de riqueza y de técnica acumulado por la humanidad, así como la importancia y el valor que han adquirido los derechos humanos, ya no permite excusas.”

Una vez más reitera que la inequidad engendra injusticias y ésta genera violencia y esto no permite seguir inventando excusas.

“Si existe la pobreza extrema en medio de la riqueza (también extrema) es porque hemos permitido que la brecha se amplíe hasta convertirse en la mayor de la historia. Las 50 personas más ricas del mundo tienen un patrimonio equivalente a 2,2 billones de dólares. Esas cincuenta personas por sí solas podrían financiar la atención médica y la educación de cada niño pobre en el mundo, ya sea a través de impuestos, iniciativas filantrópicas o ambos”.

Si bien todos somos responsables por haber “permitido que la brecha se amplíe”, hay 50 personas, con nombre y apellido, que impiden que todos los niños del planeta tengan salud y educación. Esto es monstruoso.

Una de las claves la analiza citando a Aristóteles, destacando que no puede ser que existan fabulosas ganancias por la especulación sin tener que ver con el trabajo y la economía real. “Es la idolatría del dinero, la codicia y la especulación. Y esta realidad sumada ahora al vértigo tecnológico exponencial, que incrementa a pasos jamás vistos la velocidad de las transacciones y la posibilidad de producir ganancias concentradas sin que estén ligadas a los procesos productivos ni a la economía real.”

“Las estructuras de pecado – afirma citando a san Juan Pablo II – hoy incluyen repetidos recortes de impuestos para las personas más ricas, justificados muchas veces en nombre de la inversión y desarrollo; paraísos fiscales para las ganancias privadas y corporativas, y la posibilidad de corrupción por parte de algunas de las empresas más grandes del mundo, no pocas veces en sintonía con el sector político gobernante.”

¡Qué discusión presente en el mundo actual y también en nuestro país!

Una vez más la situación obliga a remitirse a la delincuencia de los “paraísos” (guaridas) donde se acumula el dinero negro del crimen organizado y otros hechos delictuales. Cuánto nos hace pensar en los “papeles de Panamá” o en los “papeles del Paraíso”, Islas Caimán (posesión británica), donde empresarios y políticos argentinos exhiben vergonzantemente el producto de sus actividades criminales. “Cada año cientos de miles de millones de dólares, que deberían pagarse en impuestos para financiar la atención médica y la educación, se acumulan en cuentas de paraísos fiscales impidiendo así la posibilidad del desarrollo digno y sostenido de todos los actores sociales.

Las personas empobrecidas en países muy endeudados soportan cargas impositivas abrumadoras y recortes en los servicios sociales, a medida que sus gobiernos pagan deudas contraídas insensible e insosteniblemente.

Más adelante utilizará el término (correcto a mi entender) de “guaridas fiscales” en lugar de paraísos.

Luego de manifestar que nada nos condena a “la parálisis frente la injustica” agrega: “Las exigencias morales de San Juan Pablo II en 1991 resultan asombrosamente actuales hoy: “Es ciertamente justo el principio de que las deudas deben ser pagadas. No es lícito, en cambio, exigir o pretender su pago cuando éste vendría a imponer de hecho opciones políticas tales que llevaran al hambre y a la desesperación a poblaciones enteras. No se puede pretender que las deudas contraídas sean pagadas con sacrificios insoportables. En estos casos es necesario —como, por lo demás, está ocurriendo en parte— encontrar modalidades de reducción, dilación o extinción de la deuda, compatibles con el derecho fundamental de los pueblos a la subsistencia y a progreso” (Centesimus Annus, § 35)”.

No es la palabra de un papa “populista” influenciado por sus orígenes, sino el magisterio de la Iglesia, expresado en este caso por quien ha sido reconocido por su santidad, quien cuestiona el pago de la deuda.

Citando luego los objetivos de “Desarrollo Sostenible” aprobados por la ONU, recuerda «ayudar a los países en desarrollo a lograr la sostenibilidad de la deuda a largo plazo a través de políticas coordinadas destinadas a fomentar el financiamiento de la deuda, el alivio de la deuda y la reestructuración de la deuda, según corresponda, y abordar el problema externo deuda de los países pobres muy endeudados para reducir la angustia de la deuda» (ODS 17.4).

Así mismo destaca “la co-responsabilidad” frente a esta situación, condena “la industria de la guerra”, recalca la necesidad de “terminar con estas injusticias”, reclama “la promoción efectiva y protagónica de los más pobres”, el “alivio de la deuda para las naciones muy endeudadas” y “detener el cambio climático provocado por el hombre”.

Reclama “que todos se comprometan a trabajar juntos para cerrar las guaridas fiscales, evitar las evasiones y el lavado de dinero que le roban a la sociedad, como también para decir a las naciones la importancia de defender la justicia y el bien común sobre los intereses de las empresas y multinacionales más poderosas (que terminan por asfixiar e impedir la producción local).

Concluye citando a San Ambrosio (siglo IV) “Tú [rico] no das de lo tuyo al pobre [cuando haces caridad] sino que le estás entregando lo que es suyo. Pues, la propiedad común dada en uso para todos, la estás usando tu solo” (Naboth, 12, 53). Este es el principio del destino universal de los bienes, la base de la justicia económica y social, como también del bien común.

De esta manera se remite al magisterio universal e histórico de la Iglesia y condena con absoluta precisión una economía que mata. Nada para agregar, sí queda en claro por qué este mensaje no se difundió en nuestro país.

Para acceder al mensaje completo:
http://press.vatican.va/content/salastampa/it/bollettino/pubblico/2020/02/05/0077/00169.html

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