El cambio del rumbo económico

10 diciembre, 2019

Del modelo del ajuste al de la mejora de la distribución del ingreso

 

Por Agustín D’attellis

La economía que viene marcará un cambio de rumbo, y comenzará a funcionar con una lógica completamente diferente a la de los últimos cuatro años.

Se deja de lado la idea de un modelo de ajuste, basado en que el logro del equilibro fiscal genera las condiciones necesarias para que los inversores apuesten a esa lógica pro mercado, y sea esta inversión la que impulse el crecimiento, más genuino decían, cuando se sostenía que llegaría un segundo semestre donde esas inversiones lloverían. Este modelo no contempla mejoras distributivas, ni un rol activo del Estado actuando a tal efecto, sino todo lo contrario, se pregona un juego de libre mercado, con un Estado retirado y reducido a su mínima expresión.

En todo caso, el empeoramiento distributivo resulta inherente al proceso, y cuando el crecimiento llega, si es que esto ocurre, se produce el famoso efecto derrame, del que tanto ya nos habían hablado en la década del ’90, cuando dominaba el Consenso de Washington, y el neoliberalismo relucía en su esplendor. Nuevamente, ese tipo de razonamiento, fundamentado en la corriente principal del pensamiento económico, que domina en la academia local e internacional, nos condujo a un fracaso estrepitoso.

Son muchísimas las cifras que se pueden citar para describirlo, pero resultan más que elocuentes las comunicadas la semana pasada por el observatorio de la deuda social de la UCA, que muestran un 40,8% de la población por debajo de la línea de la pobreza, y un 59,5% en el caso de los pobres menores de edad. Esta es la consecuencia más trágica de la estanflación que atraviesa la economía, con 18 meses consecutivos de caídas interanuales en la producción industrial, más larga en algunos sectores puntuales; dos años consecutivos de caída de la actividad económica; récord de inflación, que terminará este año en torno a 55%; con fuerte pérdida en el poder adquisitivo de los salarios; un sector bancario que juega a la mesa de dinero con el Banco Central, montado sobre un esquema insostenible de Letras de corto plazo que pagan altísimas tasas de interés (63% anual), y captan todo el capital, ahogando financieramente a los hogares y las empresas.

Déficits gemelos cubiertos con endeudamiento, hasta agotar el financiamiento externo. El prestamista de última instancia (FMI) condicionando la política económica y presentándose nuevamente como acreedor, luego de casi 13 años de haber cortado ese trágico vínculo histórico de nuestro país. Y se pueden citar más datos que describen la triste realidad económica a la que nos condujo la lógica de la ortodoxia económica. Contundente fracaso.

El cambio de signo político plantea una lógica económica en las antípodas de lo descripto. A partir de ahora el rol del Estado es clave en la dinámica económica, en la regulación, y en el carácter redistributivo del ingreso.

El crecimiento será impulsado por la demanda agregada, cuyo 70% lo explica el consumo interno. Para estimular esta variable es necesario incrementar la masa salarial, esto es, hacer crecer a los salarios reales, y crear empleo registrado. Asimismo, reducir sustancialmente las tasas de interés, y con un rol activo del BCRA en cuanto al direccionamiento del crédito, se recuperará el instrumento del financiamiento, tanto para el capital de trabajo como para el consumo interno, en una primera etapa, y para la inversión productiva después.

La prioridad es cortar la dinámica de círculo vicioso de la política de ajuste, y transformarla en una de círculo virtuoso, basada en políticas expansivas. Esto requerirá de la comprensión de los acreedores externos, tanto del FMI que encabeza Kristalina Georgieva, como de los acreedores privados.

Si se estiran los plazos de pago de la deuda, ya que el cronograma de vencimientos fuertemente concentrado en el corto plazo que comprometió irresponsablemente el gobierno saliente resulta impagable y estrangula cualquier posibilidad de crecimiento, se recuperarán grados de libertad para instrumentar políticas expansivas, reasignando recursos, y mejorando la distribución de la riqueza.

Por un lado, la reestructuración con estiramiento de plazos para el pago de la deuda permitirá eliminar por un tiempo la cuenta intereses del resultado fiscal, liberando recursos para poder asignar a otras partidas presupuestarias. Por otro lado, deberá permitirse un mayor déficit primario en el corto plazo, y un relajamiento de las restricciones monetarias. Los equilibrios se alcanzarán posteriormente, una vez que el ciclo de crecimiento inicie.

El financiamiento de estas políticas implicará subas de impuestos, de carácter progresivo, y que apunten a atender la estructura desequilibrada de la economía argentina, como en el caso de los derechos de exportación sobre productos primarios.

Nuestra economía necesita modificar su matriz exportadora, hacia una mayor participación de productos con valor agregado. También resulta primordial atender de manera urgente al destruido entramado industrial, de menor productividad y fuertemente dependiente del mercado interno. Será necesario volver a administrar el comercio exterior, proteger sectores industriales de baja productividad, y trabajar en acuerdos bilaterales que permitan explotar potencialidades en el frente exportador.

En la actualidad, y como consecuencia de la pesadilla de los últimos cuatro años, el aparato productivo se encuentra operando en promedio apenas por encima del 50% de su capacidad. Esto permitiría que el impulso de la demanda genere más producción rápidamente, ya que no se requieren inversiones que atiendan a la ampliación de la capacidad productiva en una primera etapa.

Pero la economía es una ciencia social, aunque la ortodoxia económica pretenda negarlo, con lo cual los comportamientos resultan fundamentales. Por esto es ineludible la construcción de un acuerdo económico y social, que busque coordinar precios y salarios. Todos los actores cargan con fuerte responsabilidad en esto.

Si los empresarios, y en particular aquellos formadores de precios, en lugar de atender el impulso de demanda con un incremento de la oferta, y generación de empleo, pretenden seguir jugando a la especulación de corto plazo, y volcar esa mayor demanda a precios, la situación se puede tornar muy compleja, en medio de la inercia inflacionaria existente.

Aquí también, el rol de regulador del Estado resultará clave. Un Estado que necesita reconstruir sus estructuras en este sentido muy rápidamente. El equipo económico designado para comenzar a transitar este nuevo camino está muy capacitado y se presenta muy homogéneo en cuanto a sus ideas sobre la economía argentina.

En los primeros días se conocerán las primeras medidas. El camino es largo y resultará sinuoso, los intereses de los acreedores externos contrastan con las necesidades de la economía doméstica, pero la intención del nuevo recorrido está tomada.

Comienza una nueva etapa para la economía argentina, que resultará exitosa si aprende de los errores del pasado, sobre todo de aquellos que tienen que ver con lo que no se hizo en épocas de bonanza.

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