El Papa destacó la obra del padre Opeka en Madagascar

9 septiembre, 2019

«La pobreza no es algo inevitable», dijo en uno de los países más carenciados del mundo. Visitó el proyecto Akamasoa. El Padre Pedro Opeka nació en San Martín en 1948 y fue alumno de Teología de Jorge Bergoglio.

«La pobreza no es algo inevitable», clamó el Papa en su último día en Madagascar, uno de los países más pobres del mundo, donde el 70% de la población vive con menos de dos dólares por día. Francisco habló así repitiendo palabras dichas antes por otro compatriota, el padre misionero Pedro Opeka, candidato al Nobel de la Paz que construyó hace 30 años sobre un inmenso basurero de Antananarivo, capital de Madagascar, la denominada «Ciudad de la Amistad» o Akamasoa, un proyecto humanitario con el que logró rescatar a miles de familias de la pobreza extrema.

Hijo de inmigrantes eslovenos en la Argentina, Opeka, que fue alumno de Jorge Bergoglio en la Facultad de Teología hace más de cincuenta años, como recordó Francisco, fue el gran coprotagonista de la jornada. Tras ser recibido en Akamasoa como un héroe por miles de personas entonando un clásico canto de Iglesia argentino, no bien pisó el lugar Francisco se fundió en un fuerte y emotivo abrazo con él, a quien le agradeció su «gran obra» y «testimonio profético y esperanzador».

Apodado «el albañil de Dios», «el santo de Madagascar», «la madre Teresa con pantalones», el «apóstol de la gente del basurero», entre otros apelativos, Opeka logró el milagro de que sobre lo que era un basurero gigante 25.000 personas construyeran sus viviendas, además de iglesias, canchas de fútbol, escuelas y centros médicos.

«Akamasoa es la expresión de la presencia de Dios en medio de su pueblo pobre», destacó el Papa al hablar ante miles de personas que viven en esta realidad. «Sus gritos, que surgen de la impotencia de vivir sin techo, de ver crecer a sus niños en la desnutrición, de no tener trabajo, por la mirada indiferente -por no decir despreciativa- de tantos, se han transformado en cantos de esperanza para ustedes y para todos los que los contemplan», destacó. «Cada rincón de estos barrios, cada escuela o dispensario, es un canto de esperanza que desmiente y silencia toda fatalidad. Digámoslo con fuerza: la pobreza no es algo inevitable», clamó.

Francisco elogió el trabajo de Opeka, con quien comparte el amor por los pobres y la fe «viva» que le transmitió a la gente, que se tradujo en «actos concretos». Recordó además que «el sueño de Dios no es solo el progreso personal, sino principalmente el comunitario, que no hay peor esclavitud, como nos lo recordaba el padre Pedro, que vivir cada uno solo para sí».

Además, les pidió especialmente a los jóvenes de Akamasoa que «no bajen nunca los brazos ante los efectos nefastos de la pobreza» y que sigan el trabajo realizado por sus mayores. «Así, Akamasoa no será solo un ejemplo para las generaciones futuras, sino mucho más, el punto de partida de una obra inspirada en Dios que alcanzará su pleno desarrollo en la medida en que siga testimoniando su amor a las generaciones presentes y futuras», dijo. «Recemos para que en todo Madagascar y en otras partes del mundo se prolongue el brillo de esta luz y podamos lograr modelos de desarrollo que privilegien la lucha contra la pobreza y la inclusión social desde la confianza, la educación, el trabajo y el esfuerzo», pidió, finalmente.

Se trasladó luego en el papamóvil -al que subió al padre Opeka- hasta una cantera de piedra en la que trabajan 700 habitantes de Akamasoa, donde pronunció una emotiva oración por los trabajadores.

El Papa -que hoy culminará su gira africana con una visita a la isla de Mauricio- celebró por la mañana una misa sobrecogedora ante un millón de fieles que pasaron la noche a la intemperie y con bajas temperaturas con tal de verlo. Ante ellos, denunció «la cultura de los privilegios y la corrupción».

Quién es Pedro Opeka

El sacerdote argentino construyó la esperanza en un barrio miserable de Madagascar. Nació en San Martín en 1948. Tuvo de profesor de Teología a Jorge Bergoglio. Fue ordenado en la basílica de Lujan hacia 1975 y viajó al país africano, impactado por la pobreza que había visto en un viaje anterior.

Al ver unos niños que peleaban en un basural por un trozo de cerdo para comer, el padre Pedro Opeka pensó: “Tengo que hacer algo, esta gente no puede vivir así, Dios no lo quiere, son los hombres los que lo permiten, sobre todo los políticos que no cumplen lo que prometen”.

Así, a mediados de 1989, se juntó con gente que vivía en casas de cartón junto al basurero municipal de Antananarivo, capital de Madagascar, y les dijo: “Si están dispuestos a trabajar, yo los voy a ayudar”. Así lo cuenta el escritor Jesús María Silveyra en su libro “Viaje a la Esperanza” ( Ed. Lumen, 2006) tras haber pasado un tiempo en Madagascar para conocer in situ la obra de este sacerdote argentino, centrada en el trabajo y la educación para que el pobre recupere su dignidad, no en el asistencialismo, que lo llevó a fundar la Asociación Humanitaria Akamasoa (“Los Buenos Amigos”) y levantar con sus futuros 25 mil habitantes en cinco poblados con miles de viviendas, además de colegios, dispensarios y clubes. Y poner en marcha emprendimientos productivos.

Nacido en San Martín, en el gran Buenos Aires, en 1948, hijo de inmigrantes eslovenos que huyeron de los horrores de la guerra, Pedro abrazó desde pequeño su pasión por el fútbol y a la vez adquirió conocimientos de albañilería por la ocupación que tenia su padre. Aquella capacitación le valdría el mote de “el albañil de Dios” porque se volvería muy útil para todas las edificaciones que más tarde levantaría. Tras estudiar en el colegio de los vicentinos en Lanus y Escobar, a los 18 años, ingresó al seminario de San Miguel, donde tuvo un profesor de Teología que con el tiempo se volvería famoso mundialmente: el padre Jorge Mario Bergoglio.

Enrolado en la congregación de la Misión de San Vicente de Paul, a los 20 años dejó la Argentina y viajó a Europa donde estudió filosofía y teología, con un paso de dos años como voluntario por Madagascar, uno de los países más pobres del mundo. La experiencia lo impactó y, en 1975, luego de ser ordenado en la basílica de Luján y decidió regresar para establecerse definitivamente. Sus primeros 15 años los pasó a cargo de la Misión de Vagaindrano, en el sur de la isla, donde se ocupó de la parroquia y encaró algunas obras. En 1989, con su salud quebrantada por haber contraído paludismo, se hizo cargo del seminario de la congregación en Antananarivo.

Pero la extrema gravedad de la situación social, con tanta gente viviendo en condiciones infrahumanas, lo llevó a encarar una formidable tarea de promoción social con obras concretas. Y si bien recibió ayuda del exterior, la centralidad de su acción se basó en comprometer a los habitantes en su propio desarrollo tras ganarse su confianza y ser muy respetuoso de ellos, dejando de lado todo paternalismo. “El asistencialismo, cuando se vuelve permanente (salvo extrema necesidad) convierte en dependiente al sujeto de la asistencia y Dios vino al mundo para hacernos libres, no esclavos”, dice el padre Pedro en libro de Silveyra.

Los números de su obra son contundentes: 25.000 personas tienen su propia casa en cinco pueblos de la asociación; 10.000 chicos asisten a las escuelas y 4.000 personas trabajan en canteras, fabricación de muebles y artesanías, y servicios comunitarios. Asimismo, más de medio millón recibieron hasta ahora ayuda temporal en su Centro de Acogida. Además de la posibilidad de una asistencia espiritual. La misa que oficia todos los domingos cuenta con la presencia de miles de fieles, que participan con entusiasmo entonando alegres cánticos y escuchándolo con devoción.

¿Cuál es su fórmula para salir de la pobreza?, le preguntó Clarín hace un año, durante su última visita a la Argentina. “Trabajo, disciplina y honestidad. Y respeto: no decir una cosa y hacer otra. El trabajo dignifica y hace sentir bien porque uno ha creado algo con sus manos, gracias a su capacidad y talento. Y ellos se sienten propietarios porque dicen: “Las hicimos nosotros”, “son nuestras casas”, no las casas de alguien que se las regala. Sudaron, sufrieron para lograrlo, lo cual los lleva a que no dejen que se les deteriore. Además, les queda una experiencia de superación por el esfuerzo que se las transmiten a sus hijos”.

Distinguido con la Legión de Honor, la máxima distinción de Francia, se lo menciona como candidato al Premio Nobel de la Paz. “Tengo pocas chances de recibirlo porque soy un sacerdote católico”, dice. Y completa: “Pero a mí la gente de mi pueblo me da el Nobel todos los años… Nunca tuve nada y al mismo tiempo lo tengo todo. Porque cuánto más compartí, cuánto más di, más recibí”. Pero ayer sintió que tuvo otra gran recompensa: la visita de su antiguo profesor, el hoy Papa Francisco.

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