La revelación de Pichetto

14 junio, 2019

Por Jorge Ossona 

El lunes por la noche, el senador Miguel Ángel Pichetto fue contundente en definiciones políticas que algunos adivinaron como precursoras de los hechos de las horas siguientes. Pichetto no es un dirigente más de las carreras democráticas abiertas en 1983. Hasta en su propia compostura no es difícil adivinar la actitud de un hombre de Estado; de una figura pública crucial en el armado de los consensos hacia adentro y hacia afuera del peronismo sin los cuales nuestra democracia contemporánea hubiera exhibido vicios y desviaciones aún mayores de las que tuvo.

Porque además, el veterano político rionegrino tiene otra característica notable que se fue perdiendo al compás del avance de esa suerte de nuevo moralismo de la “corrección política”. Dice lo que piensa sin ambages y no son necesarias interpretaciones especulativas sobre el significado último de sus palabras. Recuerda en ese sentido a un amplio espectro de dirigentes, desde Raúl Alfonsín a Antonio Cafiero pasando por Eduardo Duhalde y José Manuel De la Sota.

En el reportaje que le realizara Carlos Pagni, Pichetto aludió a la necesidad de seguir realizando reformas difíciles pero necesarias de cara a la próxima década sin las cuales el país seguiría atascado en la parálisis o en esta lentitud por momentos desesperante.

Habló de la necesidad de consolidar un capitalismo maduro y no de los amigotes de los gobernantes de turno. Literalmente, “un rumbo inteligente que defienda a los intereses nacionales pero integrado al mundo”. También, a reforzar la república previniendo el peligro de las “concesiones autoritarias… aún no resueltas”. Aludió al anacronismo de una noción de ciudadanía inspirada en el fervor cuasi confesional que se expresa en “la calle” y no en las instituciones formales: las “concesiones pasionales” en las plazas de brutal memoria durante los actos peronistas de los ‘70 y la aventura de Malvinas. Asoció incluso a esa ética con la de las barrabravas no fortuitamente tan exaltadas como modelo de militancia y ciudadanía hasta 2015. Y apuntó a la necesidad de acabar de una vez con la esquizofrenia entre el “poder formal” y el “poder real” en obvia alusión a la formula kirchnerista y a los ecos que evoca respecto de extravíos de los 70.

A la manera de un viejo patriarca, recomendó sabiduría a la nueva generación intermedia en ascenso a que cuiden y no dilapiden el capital que vienen cultivando. Para que luego de 2023 se apresten a llegar a la cima como un elenco de recambio que perfeccione la política democrática.

Aludió en ese sentido de manera directa a Massa, Urtubey, Vidal, Uñac, Lousteau y Rodríguez Larreta en un tono que recuerda a aquel del “trasvasamiento generacional” tan mal comprendido por las juventudes radicalizadas de los 70 y que contribuyó en no poco al baño de sangre y plomo de los años siguientes. También lo hizo respecto de la administración de Justicia, previniendo excesos de un voluntarismo potencialmente contraproducente y funcional al autoritarismo de aquellos que en nombre de su “democratización” no aspiran sino a su encuadramiento faccioso.

Por último, aludió a la tragedia de la pobreza, planteando la necesidad de superarla mediante políticas inteligentes que superen a los criterios administrativos útiles para contenerla pero no para erradicarla en el contexto de un programa mayor de desarrollo económico y social. Y fue a la médula cultural de esa pseudosensibilidad social que se exuda en el sushi bar o que se contempla desde la distancia prudencial del helicóptero en camino a Puerto Madero o a algún barrio privado: el pobrismo.

¿Abandonó el senador su origen peronista al distanciarse del sello partidario y comprometerse con esta nueva etapa de la coalición gobernante surgida de entre los escombros del 2001? Todo lo contrario y por varias razones. Representa la flor y nata de las primeras dos décadas democráticas, cuando el justicialismo debió aprender a perder elecciones, a ser oposición, a terminar con su identificación excluyente con la Nación y el Pueblo y a vertebrar negociaciones de fuste desde ese sitio estratégico del Congreso que fue y es el Senado.

Un camino inicialado por el propio general Perón desde La Hora del Pueblo y de sus acuerdos emblemáticos con Ricardo Balbín que ambos quisieron plasmar en una ecuación que al cabo naufragó. Pero que prosiguió la Renovación peronista en los 80, a instancias del veterano Antonio Cafiero flanqueado por la generación intermedia de aquel tiempo: Grosso, Manzano, Menem, Duhalde y De la Sota.

Aquellos que diseñaron una democracia republicana mucho menos perfecta que la prometida en 1983 pero mucho mejor que la que sobrevino con la desconcertante torsión neo populista a fines de los 2000, y que nos devolvió –como también lo reconoció el senador- a discusiones de un asombroso anacronismo.

Su discurso enuncia, por último, la agenda de las reformas pendientes que deberán desplegarse dosificadamente durante la próxima década. Un proceso de todos modos mucho más complejo de lo que suponían los proyectistas de Cambiemos hacia 2015; pero que no deberá detenerse si el país procura de veras retornar a alguna versión de normalidad en la línea ya no de los países desarrollados sino de nuestros vecinos. Complejidad que requerirá de figuras de Estado de su talla; conocedores de las artes de la negociación cooperativa, que en una república democrática moderna encuentra en el Congreso su ámbito privilegiado.

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