Revanchismo: ese fantasma que Cristina no puede, o no quiere, ahuyentar

13 mayo, 2019

El episodio, ya muy conocido, ocurrió cerca de las 19.30 horas de la noche en que se presentaba Sinceramente, el libro de Cristina Kirchner. María Eugenia Duffard, la periodista enviada de canal 13, entrevistaba a diferentes dirigentes antes de su entrada a la sala donde se realizaría el evento. En un momento, le preguntó al ex ministro de la Corte, Eugenio Zaffaroni, si Cristina no debería realizar alguna reflexión sobre los hechos de corrupción atribuidos a su Gobierno. «Cristina no tiene que explicar nada», dijo Zaffaroni. Ante un intento de repregunta, varias decenas de asistentes empezaron a insultar, escupir y maltratar a la periodista. «Basura», «rata», «caradura», «miserable», «responsable del hambre». Ella intentó continuar con la transmisión. El coro se hizo muy estridente: «Clarín, basura, vos sos la dictadura», «Mauricio Macri, la puta que te parió». Y así, desde ese momento, cada vez que salía al aire.

Mientras tanto, otros militantes irrumpían en el stand de Clarín y rompían algunos de los carteles. Tal vez lo más curioso del episodio es que ninguna de las personas que estaban allí intentó defender a Duffard de la agresión de un centenar de personas exaltadas. Todos parecían convencidos de que estaba bien lo que hacían.

Si no hubiera ocurrido eso, el acto de presentación de Sinceramente habría sido perfecto. Los números de venta del libro son realmente impactantes. La multitud que se congregó bajo la lluvia fue una demostración más del vínculo emocional fortísimo que une a un sector de la población con la ex Presidenta de la Nación. El discurso de Cristina fue inteligente y sereno. Las suspicacias que despertó la manera en que se convocaba a los periodistas fueron desactivadas cuando se supo que las invitaciones fueron cursadas a periodistas de todos los medios, sin ningún criterio discriminatorio. Todo eso fue ensuciado por la agresión a Duffard.

Naturalmente, un dirigente cercano a Cristina podría argumentar que ella no puede controlar todo lo que pasa. Alguien con una mirada más crítica argumentaría que eso que ocurrió no nació del aire: el odio al periodismo ha sido estimulado y alimentado durante los dos mandatos de Cristina y, en ese sentido, ella es responsable por lo que sucedió.

En cualquier caso, el episodio era fácil de salvar. «Quiero decir que las personas que agredieron a María Eugenia Duffard no representan mi espíritu en ningún aspecto. Me resulta intolerable que personas que simpatizan conmigo agredan de esa manera a una trabajadora, mucho más cuando se trata de una mujer. Quiero manifestar mi solidaridad con ella, y con todo el equipo de periodistas que la rodeaba. Estas agresiones no contribuyen a construir una Argentina mejor». Si Cristina hubiera difundido un comunicado con ese tenor, habría producido varios efectos. Uno moral: definir claramente una división entre lo que está bien y lo que está mal. Otro social: habría relajado un poco la tensión que existe en la sociedad. Y el tercero político: un sector del público independiente, que se había alejado de ella y ahora evalúa la posibilidad de votarla ante el fracaso económico de Mauricio Macri, podría haber registrado que ella, realmente, intenta desactivar algunos de los problemas serios que contribuyó a crear, desde un rol central, en la relación entre muchos argentinos.

Esa reacción hubiera sido muy natural para cualquier persona buena, y tan conveniente para ella. ¿Por qué no la tuvo? ¿No se le ocurrió? ¿Cree que está bien que insulten a una periodista?

En el mismo día, Mauricio Macri había recibido en su despacho a Marina Simián, la investigadora del Conicet que lo había cuestionado por su política científica luego de haber participado en un concurso televisivo para recaudar fondos. Simián, a la salida, difundió el pliego de reclamos que le hizo al Presidente. ¿Qué hubiera hecho 678 con ella en otros tiempos? ¿No hubiera sido correcto e inteligente que Cristina Kirchner recibiera a Duffard así como Macri lo hizo con la investigadora que lo denunciaba?

Si el episodio de los insultos a Duffard hubiera sido aislado, sería apenas un hecho menor. Pero viene de una historia —escraches, juicios en plaza pública, escupidas contra fotos de colegas— y habilita a abrir un debate sobre cómo será el futuro de los periodistas, y de los disidentes en general, si Cristina llega al poder. Uno de los dirigentes menos acartonados que tiene el país es Juan Grabois. El jueves por la noche, en el programa Corea del Centro, tuve oportunidad de preguntarle qué riesgos percibe en un eventual gobierno de Cristina. «Me preocupa el revanchismo. No de ella, que no lo tiene. Sino de muchas personas que se acercan al poder como moscas. Son personas cobardes, como esas que insultaron a María Eugenia Duffard. Si yo hubiera estado allí, la habría defendido», dijo Grabois. Cualquiera que conviva con los debates políticos que se producen en las redes no tardará en percibir que la palabra «revancha» se repite con cierto regodeo entre habitantes del mundo k.

Quien reveló ese espíritu con mayor candidez fue Sergio Burstein, el ex marido de una mujer fallecida en el atentado contra la AMIA, cuando reprodujo un texto terrible: «Quiero revanchismo, quiero venganza, quiero persecución. Quiero que el trono de Cristina esté hecho con los huesos de todos los periodistas de Clarín…. Quiero que empobrezcamos a todos los chetitos cheroncas que se nos rieron en la cara durante 4 años. Quiero que los aviones hidrantes se carguen con nafta y rociemos Comodoro Py y De Vido los encienda, quiero que Milagro Sala se meta en la casa de Mirtha Legrand, que Boudou imprima billetes de platino con su poronga impresa, quiero 678 todos los días de 17 a 23 y cadenas nacionales y a Barañao bailando en tutu por los pabellones de Ezeiza. Quiero que el primer grito sea: ‘Tienen diez minutos para abandonar el país’ y la horda de gente les cierre el camino del escape y quiero que todos los presos políticos sean liberados y los periodistas cómplices le hagan pasillo aplaudiendo y, finalmente, quiero que nos los entreguen a todos nosotros, los vamos a estar esperando».

Está claro que esos delirios no representan a la ex Presidenta. A favor de Cristina, y contra las descripciones de ella que hacen sus enemigos más acérrimos, se puede puntualizar que nunca llegó al poder por otra vía que no fueran las elecciones, que lo entregó al ser derrotada, que no cerró ningún medio de comunicación y que durante su largo gobierno no hubo presos políticos, ni represión brutal contra manifestaciones, ni exilios masivos. La idea de que fue una dictadora se deshace en el contacto con el aire. Esas cosas que son habituales en Venezuela o Nicaragua, no sucedieron aquí.

En contra de ella, aparece la pasividad ante agresiones que cometen sus partidarios. Pero, además, en el libro Sinceramente manifiesta varias veces su admiración por el autócrata Vladimir Putin. Cristina nunca logra despegarse como corresponde del régimen venezolano, el más represivo del continente desde el regreso de la democracia en los ochenta, al que adhieren muchos de sus partidarios. Día por medio, hay un dirigente que propone reemplazar la Constitución Nacional por otra muy distinta, otro que postula la destitución de todos los jueces del país, en consonancia con declaraciones que ella misma hizo.

En el último capítulo de Sinceramente, un libro que mantiene un tono beligerante desde el primero, Cristina incorpora innecesariamente la palabra «guerra», cuando recuerda la manera en que un médico cubano le explicaba los problemas de salud de Florencia, su hija. «Para que usted entienda qué es el trastorno de estrés postraumático… Es, por ejemplo, lo que sufren muchos soldados después de una guerra», cuenta que le explicó el doctor. «Mientras lo escuchaba pensaba: ‘Qué buen y exacto ejemplo’. Es que sus palabras graficaban con precisión lo que Florencia había vivido: la habían metido en una guerra en la que no tenía nada que ver. Y lo de guerra no lo inventé yo. Al contrario, lo definió así uno de los principales editorialistas del grupo Clarín, ya fallecido».

La Argentina no está en guerra. Pero, por momentos, sordos ruidos oír se dejan.

¿Sería mucho pedir que los principales dirigentes, entre ellos Cristina, se dedicaran a desactivar tantas y tan justificadas prevenciones?

Tal vez sí: no siempre han estado a la altura.

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