¿Sigue siendo la Argentina un país de clase media?

1 abril, 2019

Por Guillermo Olivetto 

En estos momentos cuando las recientes cifras oficiales -desempleo, pobreza – mostraron nuevamente la fragilidad de la estructura social argentina, bien cabe tomar algo de distancia de la coyuntura para interrogarnos sobre qué país verdaderamente somos.

El primer punto a dilucidar es si u n país que tiene un 32% de la población y un 23% de los hogares que viven bajo la línea de la pobreza puede seguir siendo considerado un país de clase media. La respuesta automática de muchos sería muy simple: “No”. Lo cierto es que esa conclusión resulta, cuando menos, apresurada.

Salvo en situaciones de disrupción -como la hiperinflación de 1989 o el colapso 2001/2002, por ejemplo-, los movimientos en las capas que dan forma a la pirámide social son lentos. Así lo demuestra el índice de nivel socioeconómico elaborado por los expertos de Saimo, CEIM y la AAM. Entre 2011 y 2017, el peso de cada uno de los estratos se movió apenas algunas décimas.

El primer punto a dilucidar es si un país que tiene un 32% de la población y un 23% de los hogares que viven bajo la línea de la pobreza puede seguir siendo considerado un país de clase media. La respuesta automática de muchos sería muy simple: “No”. Lo cierto es que esa conclusión resulta, cuando menos, apresurada

Dicho de otro modo: a grandes rasgos, la estructura social argentina está congelada desde hace 8 años. Esta falta de cambios tiene una evidente correlación con una economía que en ese largo período tuvo cuatro años recesivos -2012, 2014, 2016 y 2018- y que, punta a punta, creció 0%.

Por su parte, yendo específicamente a la clase media argentina, su tamaño oscila entre el 44% y el 47% de los hogares del país desde 2007.

En cuanto a la pobreza, lo que muestran las estadísticas es que la Argentina tiene un problema de fondo que arrastra décadas. Según la serie histórica del economista Orlando Ferreres , en los años 70 no superaba el 4%, en 1980 era del 8% y en 1985, del 16%. El problema se hace evidente cuando hacia finales de los 80 los datos del Indec señalan que la pobreza ya era del 32% en 1988 y que llegó al 47% con la hiperinflación de 1989. Logró reducirse hasta el 16,8% en 1993, tras el inicio del régimen de convertibilidad (instaurado en 1991).

Pero luego volvió a crecer de manera exponencial, de la mano de la expansión del desempleo, para llegar al 26,7% en 1999. Alcanzaría niveles catastróficos del 54,3% en 2002, para luego reducirse rápidamente y llegar al 26,9% en 2006.

Siempre más pobres

De ahí en más, según la UCA , la serie estadística osciló en valores similares, pero ascendentes, llegando a 2015 con un nivel de 29,7%. Al recuperarse las estadísticas del Indec en 2016, la primera medición arrojó un guarismo aún más alto: 32,2% de las personas y 23,1% de los hogares eran pobres. Luego se reduciría hasta el 25,7% de las personas y el 19,6% de los hogares en el segundo semestre de 2017.

Finalmente, la reciente crisis económica, tal como se acaba de publicar oficialmente la semana pasada, haría crecer nuevamente la pobreza hasta el 32% de las personas y el 23,4% de los hogares en el segundo semestre de 2018. Prácticamente los mismos valores de 2016 y de 1988.

Que hoy estemos en el mismo punto que hace 30 años muestra a las claras la magnitud del problema, lo traumático que resulta y las enormes dificultades para resolverlo.

La conclusión evidente que arroja el análisis de los indicadores sociales en una perspectiva amplia es que desde hace muchos años nuestro país no es “un país”, sino que conviven “varios países” en un mismo territorio. La Argentina extravió la característica de aquel cuerpo colectivo homogéneo que la distinguía de América Latina y adquirió un progresivo nivel de fragmentación social, que terminaría coagulándose hasta volverse estructural.

Que hoy estemos en el mismo punto que hace 30 años en cuanto a la pobreza muestra a las claras la magnitud del problema, lo traumático que resulta y las enormes dificultades para resolverlo

Esta es la realidad que hoy vivimos y que complejiza no solo el análisis, sino también el proceso decisorio, impactando tanto en quienes tienen que decidir inversiones como en aquellos que deben definir políticas.

Es cierto que el país tiene una acuciante, dolorosa y muy preocupante fragilidad social que oscila desde hace años entre el 25% y el 33% de sus ciudadanos bajo la línea de pobreza. Eso no quita, por otra parte, que, a pesar de ello, siga teniendo una de las clases medias más importantes de la región: 45% de la población. Aún supera el promedio regional que, según la OCDE, en 2017 era del 35%. Con una diferencia: los países vecinos vienen de menos a más. En 2000 la clase media era 21%.

Respondo entonces al interrogante: sí, a pesar del alto nivel de pobreza existente, y aun habiendo sufrido un largo proceso de degradación, la Argentina todavía puede seguir siendo definido como un país prototípicamente de clase media. Y allí radican tanto uno de sus principales activos como uno de sus grandes desafíos.

Debe hacerse la salvedad, no menor por cierto, de que ahora la lógica de clase media que alguna vez fue dominante en la sociedad se articula y tensiona cotidianamente con la de la más extrema fragilidad. Las dos son parte de un mismo todo.

Autopercepción, la clave

La idea del ADN de clase media que resiste y permanece vigente gana densidad cuando indagamos en la autopercepción. Si bien el 45% de la población técnicamente puede definirse como de clase media, en función sobre todo de su empleo y su nivel educativo -lo que correlaciona fuertemente con su nivel de ingresos-, el 82% cree pertenecer a este grupo.

Sí, a pesar del alto nivel de pobreza existente, y aun habiendo sufrido un largo proceso de degradación, la Argentina todavía puede seguir siendo definido como un país prototípicamente de clase media. Y allí radican tanto uno de sus principales activos como uno de sus grandes desafíos

Nuestro potente imaginario de clase media no es un invento narcisista, sino el resultado de la memoria reciente. La Argentina supo ser un país donde más del 70% de la población era de clase media. Las primeras mediciones del Indec, de 1974, lo confirman. Y eso quedó grabado a fuego en el ser nacional.

De ningún modo puede tratarse a la clase media como un todo homogéneo. Hay varias, por lo menos dos: la media alta y la media baja. Tampoco puede pensarse el presente bajo los parámetros del pasado. En Historia de la clase media argentina, el historiador Ezequiel Adamovsky observa que “allí donde existe, más que una clase social unificada por sus propias condiciones objetivas de vida, es un conglomerado de grupos diversos que han adoptado una identidad subjetiva de clase media, es decir, que piensan de sí mismos que pertenecen a la clase media. Más que nada la clase media es una identidad que se fue abriendo paso poco a poco y que se apoyó en una serie de valores, ideas e imágenes de la sociedad argentina”.

En nuestro país, la clase media es mucho más un “deber ser” y un “querer ser” que una comunidad específica y fácil de definir. Esta idea potente y vigente del ser nacional condiciona todo.

Señala la OCDE, en su informe Perspectivas económicas de América Latina 2018, que los países vecinos se enfrentan ahora a dificultades que en la Argentina se conocen desde hace rato.

“La expansión de la clase media ha sido una de las principales transformaciones de América Latina en los últimos años y ha traído consigo un cambio de expectativas, aspiraciones y demandas que explica en gran manera la actual insatisfacción en la región”.

Está claro: la clase media, por naturaleza, es exigente. Su vocación, inherente a la movilidad social ascendente, es ir hacia arriba. Y su permanente temor, también hijo del proceso que la vio nacer, es volver a caer.

Aquí radica entonces la enorme complejidad que “el país que contiene varios países” les plantea a los decisores este año. Tanto a quienes buscan seducir a los consumidores como a los que pretender interpelar a los ciudadanos.

Deseos cada vez más homogéneos y demandas crecientes, ambos potenciados por la transparencia que introdujeron las redes sociales, con bolsillos estresados por la pérdida de poder adquisitivo y estructuralmente fragmentados.

En definitiva, una profunda disociación entre aspiraciones y posibilidades.

Comentarios

comentarios