La Rabona no se mancha

12 marzo, 2019

No hay certezas de los orígenes de los denominados ´códigos´ en el fútbol, pero según muchos hinchas y jugadores, que los hay los hay. La frustración ante la adversidad y la falta de auto crítica imponen condiciones para que los otros (ganadores) se apiaden y dignifiquen sus derrotas, los lujos y el buen juego pasaron a ser una deslealtad entre colegas. ¿Los nuevos códigos del fútbol?

 

Por Marcial Ferrelli

Hacer la rabona, la expresión del lunfardo que señala la desobligación, faltar a responsabilidades o quehaceres cotidianos como la escuela o el trabajo.
En el fútbol, la rabona, es un recurso poco ortodoxo, pero ingenioso de un jugador, con el fin de mejorar su perfil menos hábil. Con menos tecnicismos, una pirueta para mandar el centro mejor que con la de palo, hablando en modo contragolpe con perfil invertido. Un prócer de la rabona, Claudio Borghi, señaló: «Pegarle de rabona no es un lujo; es gritar que tu otra pierna no sirve para nada».
El sábado por la noche, ese pintoresco gesto malabarístico de un tal Buffarini, se convirtió en el eje de la intolerancia social que atraviesa transversalmente al fútbol y enciende la mecha del humor del hincha.
En estos tiempos de buscar culpables exógenos, de delimitar responsabilidades y sentarse en el banquillo acusador con un solo foco, todos elementos que conforman un termómetro al borde de la explosión. No hay mea culpa de ninguna de las partes – dirigentes, árbitros, técnicos, jugadores e hinchas – En las canchas de hoy el que peca es el que quiere jugar, el hereje habilidoso y burlón según los fundamentalistas del `culpismo´.
El bueno de Buffarini —ex San Lorenzo, integrante importante de aquel equipo azulgrana, campeón de América por primera vez en su historia—, jugó el sábado el clásico 194 entre Boca y San Lorenzo, pero del lado del equipo de Alfaro, en la vereda de enfrente.
Boca se aprovechó de un engripado ciclón que arrastra un presente de derrotas y la última plaza de la tabla de posiciones. El resultado marcaba 3 a 0 con toques y oles, la dignidad de los 10 jugadores de San Lorenzo se transformaba en oportunidad de romper, de dañar, sacar la mal entendida ´vergüenza deportiva´ de adentro con el que ose salirse del libreto y los códigos (¿?) de los equipos goleadores.
Con el telón por caer, al cordobés no se le ocurre mejor idea que tirar una rabona, para qué, ahí sí aparecieron los pesados a plantarse, los que durante ochenta y cinco minutos hicieron la plancha y se salvaron de un papelón aún mayor.
Los protagonistas del fútbol se contagiaron del ‘culpismo’, arte de culpar al otro, por las acciones o pensamientos pero sin autocríticas y con una única mirada, sin réplica.
“Bufa”, deberá mirar para adentro y resolver ese trauma con los cuervos, que obviamente le quieren comer los ojos por traición y no guardar la fidelidad debida, algo cada vez menos frecuente en el ambiente.
El tumulto y lo incomprensible de la protesta, envolvieron al árbitro en la confusión colectiva de amonestar a un jugador por apelar a un recurso futbolístico lícito. Cierren todo, se avecina una lluvia de ácido sobre nuestros queridos estadios y reglamentos y la AFA…noooo, pará…sólo es un rumor del periodista que hace campo de juego.
Sería inverosímil que algo así ocurra. Pero más allá de esa confusión —tan natural en los árbitros y sus colegios adoctrinadores— sin desviar el foco, cuánta posverdad nos metieron para criticar o demonizar el don físico de un jugador sin tantos dones futbolísticos, un artilugio para enviar un centro más preciso que con la pierna menos hábil, el dedo acusador de las redes y los peores deseos de los barras de los códigos, atentan contra lo único bueno que le queda al deporte, los chiches.
La filosofía del fútbol y la vida se hacen muecas para que ese juego de galera y bastón, el sombrero, la gambeta, el caño y la rabona sean declarados patrimonio nacional de todo lo que está bien con la pelota y decretar anti-fútbol a los que reprimen las habilidades con la pecosa.

 

Comentarios

comentarios