La interminable y desigual lucha entre Mauricio Macri y la realidad

18 febrero, 2019

Por Ernesto Tenembaum

El miércoles por la tarde, el presidente Mauricio Macri sostuvo que la inflación estaba bajando y que comenzaba el tiempo de volver a crecer en la Argentina. Un día después, el Indec -o sea, la realidad- lo desmintió: la inflación está subiendo y, dentro de ella, lo que más sube es el precio de los alimentos. No se trató de un episodio aislado. Pocos días antes de asumir, el Presidente anunció que eliminaría los controles de cambios y que eso no tendría efectos sobre los precios porque «ya están al nivel del dólar a 15»: la respuesta de la realidad fue tremenda. En aquellos días felices, el Gobierno pronosticó también que la inflación sería de 24 puntos en 2016 y de un dígito este año: la realidad volvió a responder con violencia. En esa seguidilla de derrotas se puede percibir un problema histórico del país -su dificultad para vencer la inflación- y otro del presidente -su limitación para entender los motivos de su propio fracaso, la persistencia en el error, su rigidez extrema.

En unos años, este problema podría ser motivo de un interesante debate teórico titulado «¿por qué la Argentina fracasó nuevamente?». Pero en estos días, se trata de un asunto serio, en parte porque, al menos hasta hoy, Mauricio Macri sigue siendo, por leve margen, el favorito para gobernar la Argentina en el período que viene. En el Gobierno, algunas personas repiten como un mantra que los primeros mandatos de Macri -en Boca Juniors, en la Ciudad de Buenos Aires- fueron muy turbulentos y los segundos compensaron con resultados sorprendentes. Si no aplica nuevos enfoques, ese eventual segundo mandato puede ser aun más accidentado que el primero. Pero además, si llega a perder las elecciones, los fracasos de Macri encierran lecciones para quien lo suceda.

Quien recorra brevemente hacia atrás la lucha del Presidente contra la inflación, deberá rendirse ante cierta perplejidad. En el principio, el Presidente anunció que la liberación del cepo no produciría un aumento precios. ¿De dónde salió semejante idea, en un país donde la relación entre la suba del dólar y la de los precios es un clásico, una constante, una patología? Gran parte del mundo económico -Espert, la UIA, Ferreres, Melconian- le advirtió que estaba equivocado. Era una obviedad. Él decidió apretar el botón.

Luego, pronosticó que la tasa de inflación del primer año sería del 24 por ciento. Otro contrasentido. Ese había sido el aumento de precios del 2015. Y el Gobierno le echaría nafta con un aumento fuerte de tarifas y una bruta devaluación. ¿Por qué razón la inflación no iba a aumentar si se tomaban medidas que, para cualquier principiante, tendrían ese efecto? Para compensar tantos desbarajustes, el Banco Central subió violentamente la tasa de interés. Eso frenó la economía -como ocurre ahora-, produjo un vuelco hacia la especulación financiera -como ahora-, fracasó en el objetivo de bajar la inflación -como ahora- y generó una bomba de tiempo -¿cómo ahora?-.

Si muchas veces se ataca un problema con la misma metodología, y eso nunca funciona, ¿no sería hora de revisar el enfoque? ¿no habrá llegado el momento de ser más amplio respecto de los economistas a los que consulta, una y otra vez, el Presidente?

En todo este periplo hay varias ideas que se repiten compulsivamente: una exagerada confianza en el aumento de la tasa de interés, una subestimación de los efectos inflacionarios de medidas que toma el mismo Gobierno -como el aumento de tarifas-, la negación absoluta a que el Estado intervenga en la formación de precios aun de una manera moderada o en momentos de especial tensión. Un ejemplo entre cientos: en septiembre, la harina subió un 20 por ciento.

Naturalmente, eso se debe a la aplicación parcial de la devaluación a su precio interno. La mayoría de los economistas coincide en que los precios máximos no son la mejor medida para impulsar la economía de un país. Pero, en un momento de altísima incertidumbre, ¿el Estado no debe jugar ningún rol frente un aumento tan brutal de un bien que afecta tanto la dieta de los más pobres? ¿No hay un punto de equilibrio entre la brutalidad de Guillermo Moreno y la de Miguel Braun?

El ejercicio del poder tiene siempre un componente psicológico. En este caso, es sorprendente la dificultad que tiene el equipo oficial para pensar de manera flexible. En estos días, por enésima vez, se repite el relato bíblico de que la tierra prometida está cada vez más cerca. Solo es cuestión de esperar que termine el traslado de la devaluación a precios, que se apliquen los últimos aumentos de tarifas, que los precios absorban algo de las paritarias pendientes y, finalmente, entonces sí, la inflación empezará a bajar. ¿A nadie le suena un poco trillada esa esperanza en los alrededores de Duijovne? ¿No será que esa esperanza es el preludio de un nuevo sacudón y vuelta a empezar? ¿No se trata de una reedición del famoso segundo semestre?

En medio de la confusión general, un economista apareció con una idea que parece disparatada, pero tal vez no lo sea tanto. Emmanuel Alvarez Agis, titular de la consultora PxQ, arriesgó: «Una de las causas de la inflación es la grieta«. Lo explica así: «En todos los países que decidieron combatir la inflación hubo un amplio acuerdo político y económico. Eso pasó en Brasil, Perú, Israel, en España con el Pacto de la Moncloa, en Colombia. Siempre existió una mesa con empresarios, con sindicalistas y políticos de todos los partidos. Esa mesa tenía una razón de ser: todos iban a ceder algo porque la carrera inflacionaria, al final, los perjudicaba. Esa mesa debía conducir un equilibrio inestable. Porque si salta, por ejemplo, el precio de la energía, hay que replantear todo. Con esos acuerdos, no alcanza. Pero sin esos acuerdos, es imposible bajar la inflación».

Alvarez Agis fue viceministro de Axel Kicillof. Naturalmente, del otro lado de la grieta se argumentará que formó parte de un gobierno que no pudo derrotar la inflación. Pero eso no invalida ni el enfoque ni los argumentos. Que Cristina Kirchner sea una de las creadoras y militantes de la grieta no cambia que los acuerdos de precios y salarios hayan jugado un rol en todos los países que, con tiempo y paciencia, derrotaron el problema.

Ese enfoque alternativo plantea desafíos complejísimos, porque la grieta está muy instalada en la conducción argentina. ¿Cómo armarían una mesa de acuerdo Macri y Kirchner, si no se hablan entre sí, si no se resignan a entender que las ideas de ambos han fracasado frente a este desafío, si son los principales beneficiarios de ese desacuerdo? ¿Cómo realizar acuerdos permanentes en un país que no tiene esa cultura? ¿Quien podría ser el líder que articule para desarmar tanto grito de guerra, quién será el que se anime a atenuar por un tiempo todas las grietas, las que existen entre asalariados y empresarios, entre consumidores y formadores de precios, entre trabajadores en negro y en blanco?¿Cómo garantizar que esa aventura funcione mientras el país recorre estrechos caminos de cornisa?

Es una propuesta compleja, extenuante y seguramente imposible. ¿En una misma mesa, los formadores de precios, los asalariados, los que deciden las tarifas, las empresas de energía, el presidente actual, el que podría sucederlo, todos comprometidos en un desafío a diez años? Eso cambiaría la Argentina en muchos sentidos. Pero parece que hay un gen que lo hace imposible.

Los dos principales candidatos para las próximas elecciones expresan, de hecho, todo lo contrario. Una llevó la inflación al 25 por ciento, mientras producía un fuerte atraso cambiario y pisaba las tarifas. El otro la puso en 50 por ciento. Es curioso que ambos se crean dueños de alguna verdad luego de fracasos tan estruendosos.

El 2,9 por ciento de enero no es el fracaso de un mes. Es el fracaso de un país y y un reflejo de las limitaciones de sus líderes.

Solo que ellos no se dan cuenta.

Comentarios

comentarios