El otro mundial

7 julio, 2018

“Los jugadores volverán a sus equipos. Allí seguirán brillando como gemas aisladas mientras del otro lado del mundo, las instituciones y sus pueblos siguen disputándose partidos que se juegan mucho más que un resultado deportivo” Corrupción, violencia, inseguridad, pobreza. Los goles en contra, el marcador que sigue inclinando la balanza. La deuda pendiente.

Por Marcial Ferrelli

El fútbol es ese deporte que tiene diferentes categorías de simpatizantes, a quienes los une un mismo sentimiento: La pasión. Para muchos es ganar y nada más, ‘resultadismo’ que le dicen, no les importa si su equipo juega bien o da dos pases seguidos; le interesa ganar de cualquier forma, así sea con un gol ilícito, todo vale.

También existen los ‘silloanalíticos’, esos ‘pseudotécnicos’ encubiertos que sentados desde su sillón son capaces de corregir los males, un estratega de vaso en mano y pantuflas, que cree que se las sabe todas. Fantoches que muy pocas veces pisaron un estadio, sabelotodos de living con fórmulas mágicas y alineaciones infalibles. El rey del codificado.

No me quisiera olvidar de los agradecidos empedernidos, enamorados del deporte per se, el optimista a pesar de todo, un ser humano que quisiera que ganaran los dos equipos, que al finalizar cada partido, le entreguen una plaqueta al perdedor como ganador moral para que no haya derrotados. Una especie de Cardenal del fútbol, que predica que lo más importante es competir o se deshace en elogios a un equipo que fracasó, entendiendo por fracaso deportivo el no cumplir los objetivos y no ese descontextualizado de la violencia, una excusa del poder.

En toda competencia deportiva hay un ganador, ese que se vuelve imagen y tendencia para las marcas y el gran negocio. Hace catorce años que vivo en Colombia, un país que transpira fútbol, hinchas de toda clase y color.

Una cultura emprendedora y talentosa por montones, el colombiano es ambicioso con todo menos con el fútbol. Y más cuando se trata de la selección, ese romance en forma de marea amarilla, millones de camisetas que conforman un degradé emocionante y un país que vibra ante cada partido de “Mi selección Colombia”.

Una multitud recibió a los jugadores que quedaron eliminados en octavos de final y que generaron solo dos jugadas de peligro en 120 minutos. Un amor que enceguece y que quizás sea un signo de ingenuidad, ese de admirar demasiado el empaque y no su rendimiento u objetivos. Esa diplomacia que tiene el colombiano y que también se ve reflejada en el fútbol.

Del otro lado del mostrador, aparecemos nosotros, los argentinos. ¿Qué agregar a todo lo que han dicho y escrito de nuestra cultura y el fútbol? esa enfermedad degenerativa que aún no tiene antídoto. Pasar del amor al odio en microsegundos, endiosar con barro y expertos en desarmar ídolos. Podríamos adjetivarnos como una “pinturita”.

Aunque ésta última selección no generó tantas expectativas, demasiado desgaste acumulado, una federación en shock permanente con dirigentes de cartón corrugado. Esa selección ganadora y protagonista ha dejado de existir hace más de 10 años y hasta el argento más argento lo sabe.

El contraste de las similitudes, cortinas de humo que las sociedades canalizan de diferente forma. En tierras cafeteras, se enfrentan a la polarización producto de unas elecciones en las que salió elegido el candidato Iván Duque, alfil del ex presidente Álvaro Uribe, representante de la derecha y opositor del proceso de paz. Una división que se disipa a través del fervor por la selección tricolor.

En Argentina, el fútbol es un hipnotizador de masas que sirve para tapar la dura realidad. Esa nube que por un rato nos hizo creer campeones antes de tiempo. Nos quedamos con las manos vacías y el ego todavía inflado de esas ínfulas de ganadores que terminan en reclamos y ninguneos.

Otra vez destapamos el espejo y la selección fue el reflejo del país y su ciclotimia. Mientras tanto observamos a Colombia recibir a sus jugadores como héroes aunque hubieran caído en octavos de final, una instancia anterior a Brasil 2014. Cuesta imaginar al carroñero hincha argentino haciendo honores a un plantel que se retira de la competencia sin pena ni gloria en esa instancia.

El Mundial que no miramos

Nos separa mucho más que un océano con Europa. En términos deportivos, las diferencias saltan a la vista. La copa de Rusia no fue más que una Eurocopa con invitados, las selecciones sudamericanas fueron cayendo en efecto dominó y son los europeos quienes disputarán las semifinales. Tal como ocurrió en Alemania, hace doce años, con la salida de Brasil y Argentina en cuartos.

La importancia de la ligas y el poder económico para fomentar el trabajo de divisiones menores, marcan una gran diferencia entre los continentes y los países que los conforman. La disparidad física y mental también se manifestó en el juego dentro de las canchas rusas, desnudando al tiempo gestiones y mandatos, que terminaron de evidenciar resultados mediocres, corrupción, inexperiencia, todos síntomas de la crisis de las federaciones bananeras del fútbol sudamericano.

Se habla de proyectos en los que un puñado de derrotas son suficiente motivo para irrespetar los contratos y los planes trazados. Reyes de utopías que hicieron retroceder a las potencias de la pelota en épocas de Pelé y Maradona, una nostalgia que le ganó al progreso, el fantasma de un pasado glorioso que no logramos superar.

El mundial de la desigualdad

En el Mundial que sí seríamos serios candidatos, es en el de la inequidad. Índices que no paran de crecer: América Latina es la región más desigual del mundo. Esta falta de equidad que tanto caracteriza a la región es sin duda una barrera importante para su desarrollo.

La escasa fuerza distributiva nos hace campeones mundiales. Según el informe de la CEPAL, mientras que en los países de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE), la desigualdad según el índice de Gini disminuye 17% después de la acción fiscal directa, en los países latinoamericanos el descenso que se logra es de apenas 3%.

De hecho, en muchos países de la región los sistemas impositivos, no solo han sido históricamente modestos en su redistribución, sino que incluso han llegado a ser globalmente regresivos; quienes tienen mayores ingresos han pagado comparativamente menos impuestos que las personas de menores ingresos.

A su vez, nuestros jugadores son el reflejo de realidades de abandono y pobreza, verdaderos hijos de los males que nos siguen acechando como sociedades emergentes. Vimos la historia de los jugadores de Brasil (6 de 11 titulares) que fueron criados por madres cabeza de familia; al zaguero Yerry Mina, quien puso en escena el olvido de su natal Guachené en el deprimido pacífico colombiano; Juan Fernando Quintero, quien sufrió la violencia y la estigmatización de su natal Comuna 13 en Medellín.

También vimos a hinchas latinoamericanos que con gestos machistas y desobligantes, avergonzaron a sus países y pusieron de relieve problemáticas de género. A otros que violaron normas y trasgredieron costumbres en Rusia, al tiempo que usaron las redes sociales para visibilizar comportamientos de ética reprochable. Gestos de viveza criolla, de ‘malicia indígena’, que también hablan de las crisis sociales y la ignorancia en la que seguimos estancados.

Tal vez sea Messi el mejor ejemplo para ilustrar ese choque de culturas. Él, como argentino que a su vez es producto de una formación europea, ha terminado padeciendo el caos y la esquizofrenia del fútbol subdesarrollado. ‘La pulga’, a pesar de su grandioso talento, no logró conseguir un rendimiento sostenido ni pudo adaptarse a la presión del escenario mundialista dentro de la selección albiceleste.

Los jugadores volverán a sus equipos. Allá seguirán brillando como gemas aisladas mientras del otro lado del mundo, las instituciones y sus pueblos siguen disputándose partidos que se juegan mucho más que un resultado deportivo. Corrupción, violencia, inseguridad, pobreza. Los goles en contra, el marcador que sigue inclinando la balanza. La deuda pendiente.

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