Un peronismo republicano, ¿es posible?

25 junio, 2018

El partido justicialista se ubicó históricamente en un lugar destructivo contra los gobiernos de turno de otro signo político. Un repaso por los personajes valiosos y, también, los oportunistas.

Pensando en el bien del país, y no en el de una fuerza política en particular, conjeturo que parte de la suerte de la actual gestión gubernamental se jugará, no ya en la Casa Rosada, sino en los campamentos donde vivaquea la oposición peronista.

Digo “vivaquear” deliberadamente: fuera del Gobierno muchos peronistas se sienten en la noche y la intemperie. Bueno, hagamos historia. Desde que se estableció la democracia, en 1983, el comportamiento del peronismo como oposición ha sido, en líneas generales, patético. Y mortífero.

No se trata apenas del club del helicóptero. Este sólo es un caso extremo de lo que digo. Pero globalmente considerado, el estilo de oposición peronista ha sido destructivo: contribuir a la ruina del gobierno de turno, en el menor plazo posible y en la mayor profundidad posible, de modo tal de regresar con las espaldas calientes por el descrédito público del gobierno que sale y de las ruinas de la economía y la sociedad, lo que confiere amplio margen de acción y extendida tolerancia social al nuevo gobierno.

Quizás el mejor ejemplo de esta táctica haya sido el del compañero Cavallo, ya plenamente entreverado en el elenco menemista que se preparaba a ganar y desembarcar, saboteando el crédito internacional contra Alfonsín, acompañado de los corifeos que manifestaban que don Raúl tenía que dejar la Rosada escupiendo sangre. ¿Y la gente? A quién le importa.

Yo sé, me consta, estoy seguro de que hay muchísimos peronistas que no son así, y que abominan de esta lógica política perversa, y de los que me siento, a mi modo, un compañero. De hecho, este estilo tan nefasto de oposición tuvo, y tiene, conspicuas excepciones públicas.

Históricamente, la más importante fue la de Antonio Cafiero, un prohombre, a mi juicio, de la democracia argentina. Cafiero no apostó de ningún modo a esta estrategia, y procuró jinetear el pingo de la renovación por el andarivel de la oposición constructiva. Le fue mal. Lo arrasó Menem.

Con Borges, podría decirse que un caballero sólo se interesa por causas perdidas. ¿Un modo diferente de oposición peronista lo es? No lo creo. Hay figuras públicas peronistas que desean hacer lo mejor, entre ellos Pichetto, que nada en un mar infectado de tiburones, y Urtubey, que recientemente no vaciló en quedar solo en la cuestión de las tarifas.

Pero el peronismo –como cualquier fuerza política aquí y en la China– está atiborrado de oportunistas: no es mucha la gente que sancione a alguien por haber pertenecido a la izquierda peronista, haber sido luego renovador, luego secretario de estado de Menem, gobernador, haberse entendido magníficamente con los K, luego con Massa, y ahora andar pescando lo que se pueda con Cristina.

Muchos cándidos diremos que no nos gusta. Pero bueno. Más me preocupan las figuras descollantes e inteligentes a las que no se les mueve un pelo al macanear. Esta posición la ocupa sin disputa en los días que corren Roberto Lavagna, en su doble condición de político con aspiraciones y economista de merecida reputación. Paladinamente, en un país con casi 30% de inflación, varios puntos del PBI de déficit fiscal, y otros tantos de desequilibrio comercial, ¡nos dice que la economía necesita un shock de consumo!

Si eso no es una política macroeconómica populista suicida, se le parece como una gota de agua a otra. Pero a él qué. Es obvio que puesto a presidente o ministro, no haría eso. Lo importante parece ser ofrecer el argumento más destructivo y con mayor potencial de unificación de los peronistas. Restablecer el círculo virtuoso de los aumentos salariales masivos, la demanda y la inversión frente a un gobierno neoliberal que para atender a los ricos hambrea al pueblo lo es.

Cuando en 1939 Gran Bretaña declaró la guerra, se formó una gran coalición, bajo la égida de Churchill, en cuyo gabinete una figura relevante fue Clement Attlee, jefe del Partido Laborista. A trazo grueso, los laboristas tuvieron un desempeño impecable. Poco antes de terminar la guerra Attlee dejó el gobierno, y el laborismo ganó la primera elección de posguerra, con él como primer ministro.

Aquí y ahora no hay guerra, ni gobierno de coalición, ni esto es una monarquía parlamentaria. Pero el ejemplo sirve muchísimo: los laboristas hicieron lo posible –muchas concesiones– para que al gobierno de Churchill le fuera bien, y cuando pasaron a la oposición abierta conservaron gran parte del crédito que habían acumulado frente a los votantes por compartir el esfuerzo, lo que fue decisivo en las urnas. Y no hicieron, en el gobierno, lo mismo que habrían hecho los conservadores.

Heredar las ruinas (como en 1989, 2003…) para gobernar expansivamente ha dejado de ser viable. Sería heredar el viento: el mejor de los mundos posibles –para los gobernantes, no para la gente– que le cayó a Kirchner del cielo en 2003 es un fenómeno irrepetible.

Los peronistas deberían entender que para gobernar bien cuando les toque (en 2019, de 2023, no me importa), necesitan que al presente gobierno le vaya bien. Tienen que ganarle en las urnas a un gobierno que le haya ido bien. Se puede, si su conducta cooperativa recoge parte del crédito del buen gobierno y si se modernizan y se transforman a sí mismos en un peronismo republicano. No es un oxímoron, es una posibilidad.

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