Macri, ante un peronismo deshecho

14 enero, 2018

La división opositora asoma como una oportunidad para el proyecto reeleccionista.

El peronismo, en sus diferentes expresiones, empieza a convertirse en un problema para los planes de Mauricio Macri. Cristina Fernández, por su parte, se mantiene como el gran escollo para la transformación y la unidad que aquel peronismo requiere para pelear en 2019 el poder presidencial. Esas constituyen las reglas centrales que condicionarán la política en la Argentina de los tiempos venideros.

Para el Gobierno, tal paisaje representa por ahora una paradoja difícil de manipular. La permanencia de la división opositora asoma como una excelente oportunidad para el proyecto reeleccionista. Pero su crisis interna amenaza complicar una gestión crucial para Macri. De sus resultados, en especial económicos, se nutrirá el 2018. Como derivación, la posibilidad de continuar otro período de cuatro años en la Casa Rosada. La mayor traba radica en el Congreso, donde Cambiemos necesita siempre de acuerdos para progresar con las leyes. El oficialismo empieza a presumir, con las señales del verano, que la actividad parlamentaria no dará la talla promedio que suelen poseer los años no electorales.

El peronismo exhibe múltiples dificultades para salir de su crisis. Una de las más importantes es la colisión entre un liderazgo que pervive, el de la ex presidenta, que no es reconocido como una conducción por una mayoría. Otro ítem es la inexistencia de líderes emergentes. Lo explica la devastación electoral del año pasado. Pero también otros antecedentes. Desde el 2009 el peronismo sufrió cuatro derrotas en Buenos Aires. Tres de ellas consecutivas (2013, 2015, 2017). Su poder territorial empezó a quedar circunscripto a distritos de escaso músculo político. Es cierto que sus últimos presidentes –con excepción de Eduardo Duhalde—surgieron de territorios periféricos. Carlos Menem en La Rioja; Néstor y Cristina Kirchner en Santa Cruz. Pero todos tuvieron su centro de gravedad en Buenos Aires. En el principal distrito electoral se consolida ahora María Eugenia Vidal. Con recursos cercanos a los $65 mil millones para dos años. Es la dirigente nacional con mejores índices de popularidad. El peronismo se mantiene disperso.

Los esfuerzos de unidad tampoco prosperan. La mesa conformada a tal efecto despierta por el momento recelos. La integran kirchneristas puros (Agustín Rossi, jefe del bloque de Diputados K, y Daniel Filmus), dirigentes que estuvieron en el randazzismo (Alberto Fernández y Fernando “Chino” Navarro, del Movimiento Evita), otros cercanos al massismo (Felipe Solá y Daniel Arroyo) y el sindicalista Victor Santa María. Según la mirada de varios gobernadores e intendentes bonaerenses, todos dirigentes con respetable portación de apellido pero carentes de territorialidad. Territorio significa billetera disponible y poder.

La representación también poseería sus bemoles. Florencio Randazzo deja hacer pero no está demasiado convencido. Sergio Massa no asoma dispuesto a ninguna unidad en la cual predominen el kirchnerismo y Cristina. Quizás por esa razón Solá y Arroyo renegaron con rapidez de aquel grupo. Hubo otro par de señales: las declaraciones fulminantes de la diputada Graciela Camaño; la reunión que el propio Massa sostuvo con Miguel Angel Pichetto. El ex diputado y ex intendente de Tigre visualizaría –salvo una catástrofe de Cambiemos-- un camino quizás largo para la resurrección del peronismo. De hecho, ha empezado a desdoblar su actividad. Montó una oficina frente al Rio Luján para su trabajo profesional. Vinculado a temas jurídicos y de seguridad. Con conexiones regionales. Dejó el despacho céntrico con exclusividad para el Frente Renovador.

Las objeciones a aquellos quehaceres por la unidad nacen del racimo de peronistas que conservan territorio. Los gobernadores que ayudaron al Gobierno a sancionar la controvertida reforma previsional. Una pieza clave del pacto fiscal que permitirá gobernabilidad a mandatarios con arcas enclenques. Entre ellos se cuenta Alicia Kirchner. Por aquel gesto fueron públicamente cuestionados desde el interior del conglomerado peronista-kirchnerista. La cosa no concluyó allí. También cayó en la picota Pichetto, el jefe del bloque del PJ en el Senado. El interlocutor más serio que el Gobierno halló en el Congreso. “Esclavo de Macri”, llegaron a dispararle. Las esquirlas rozaron además a varios diputados. Algunos decidieron tomar su propio rumbo, al margen de las invocaciones a la unidad. Diego Bossio, que preside el bloque del PJ, se mostró la semana pasada con el nuevo titular del peronismo bonaerense, Gustavo Menéndez. El intendente de Merlo brega por la unidad en su provincia. Cree que únicamente desde esa geografía --no desde una mesa-- podría ensayarse un reordenamiento general del peronismo. Aunque también posee una limitante: parece a mitad de camino entre la reverencia a Cristina y la necesidad de su apartamiento para llevar adelante su obra.

Esa ambivalencia suena común a casi todos. El peronismo se distanció de la ex presidenta y su tropa para no quedar contaminado por los escándalos de corrupción. Algunos se animaron a objetar incluso su estrategia electoral que condujo a la derrota. Nada más. No incursionan en las gravísimas arbitrariedades políticas y errores económicos que signaron la decadencia de la década. ¿Cómo salir de ese corsé?.

El otro brazo peronista complicado de asir para el Gobierno refiere al sindicalismo. Existe ahora menos empatía que la que existió en la historia entre el movimiento y los gremios. Primero, porque éstos se resguardaron de la derrota electoral. Segundo, porque representan un poder político-económico que no está sujeto al dictado de las urnas. Hay un montón de casos emblemáticos. Aunque uno de ellos lo representa mejor que los demás. Hugo Moyano ya no está en la CGT pero sigue siendo una brújula. Se apartó del poderoso gremio de los camioneros. Aunque lo continúa manejando a través de uno de sus hijos, Pablo. Ingresó formalmente al mundo del fútbol, después de la muerte de Julio Grondona, y se convirtió en referencia ineludible. El titular de la AFA es Claudio “Chiqui” Tapia, su yerno. El hombre a quien siempre tiene a mano. Sobre todo en este trance, cuando se destapa la trama horrenda entre barras bravas y dirigentes de Independiente, su club.

Macri mantiene con Moyano una relación de ciclotimia. Donde inciden siempre los numerosos y enmarañados intereses del líder camionero. El clima se había sosegado luego que el Presidente prorrogó la licencia postal de la empresa OCA. Pero volvió a enrarecerse. Hubo una denuncia de la PROCELAC contra el cacique gremial por lavado de dinero. Se añadieron las revelaciones de Pablo “Bebote” Alvarez, barrabrava detenido, que involucra a dirigentes de Independiente también por supuesto lavado. Nunca mencionó a Hugo. Aunque si a Pablo. Es lo mismo para aquel. Es su heredero gremial. El líder camionero sospecha que existiría una mano negra detrás de aquellas confesiones. La mira está colocada sobre Gustavo Arribas, el titular de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI). Amigo de Macri. Hombre del fútbol. Como Daniel Angelici, mandamás de Boca Juniors. Moyano estuvo dialogando con Tapia sobre la posible incidencia de Angelici en el caso. Su yerno lo disuadió.

La relación con el sindicalismo está afectada por otro fenómeno. Varios casos de corrupción descubiertos en los últimos tiempos enlodan a dirigentes gremiales. Con escenas de increíble obscenidad. Mansiones fastuosas, millones escondidos, patrimonios incalculables. Aquello que siempre presumió el imaginario popular. Primero cayó el titular del SOMU, Omar “Caballo” Suárez. Aportante a la campaña de Cristina. Luego Juan Pablo “Pata” Medina, de la UOCRA, seccional La Plata. En los últimos días Marcelo Balcedo, del SOEME, y Humberto Monteros, de la UOCRA Bahía Blanca. Que junto a sus millones cobraba un plan jefes de hogar.

Dentro de ese panorama podrían destacarse tres cosas. Los dos sucesos de la UOCRA tuvieron el fogoneo previo de Vidal. En su ímpetu por mostrarse luchadora incansable contra las mafias. En ambos casos, además, la conducción nacional de la UOCRA se encargó de desligar responsabilidades. Gerardo Martínez, su jefe, compone hoy la línea dialoguista con el Gobierno. El auge de la construcción lo terminó acercando al poder. La Cámpora, en una repentina voltereta, salió en defensa de Moyano y otros gremialistas apremiados. A los mismos que supo espantar cuando Cristina se creyó eterna. Luis Barrionuevo y Luis D’Elia amenazaron que Macri podría ver trunco su mandato. Memoraron a Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa. Más favores al Gobierno, imposible.

En ese contexto, la ambición de llevar adelante la reforma laboral naufraga. Al menos en sesiones extraordinarias. Fue lo que Pichetto se encargó de subrayarle a Rogelio Frigerio. Macri no desea, sin embargo, resignar las sesiones de febrero. Que a cambio de la reforma laboral podría incluir asuntos políticos. El financiamiento de esa actividad, el destino de las PASO y el calendario electoral para el 2019. Se buscaría unificar las votaciones para no someter a los ciudadanos a la fatiga del año pasado.

El Presidente demandaría ese prólogo para llegar fortalecido a su discurso de apertura de las sesiones ordinarias en marzo. Sin dejar como última imagen parlamentaria aquella penosa de diciembre. Tal vez necesite más otro requisito: una inflación descendente, luego del pico del 3.1% en el cierre del 2017. Que redondeó un 24.8% anual. Muy cerca del índice que Cristina le dejó como parte de una desastrosa herencia hace ya dos años.

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