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26 de Diciembre de 2017

Hay una delgadsima lnea roja entre escrachar y linchar

Aunque parezca mentira, hay dos párrafos de la nota de Miguel Wiñazki en Clarín de hoy que no hacen más que darme la razón. Wiñazki sostiene que "la cultura del linchamiento se incubó y se propició en la valoración positiva de los escraches", y concluye que "los ataques ahora se dispersan potencialmente sobre cualquiera". Es exactamente lo que quise decir en mi declaración.

Invariablemente los escraches mediáticos -y más si son impuestos por un multimedios poderoso como es el caso del grupo Clarín- derivan en escraches físicos e incuban un revanchismo insensato que llevan a imitar ese perverso comportamiento en quienes real o simbólicamente se sienten afectados.

Machacar 12 horas al día sobre determinadas personas o dirigentes colgándole el mote de "corruptos", no habiendo siquiera sido citados a un juicio, es una excitación a comportamientos colectivos peligrosamente cercanos al linchamiento. Peor aún, es usar el testimonio de asesinos confesos -como el caso de los hermanos Lanatta- para endilgar a un funcionario crímenes horrorosos por los que nunca siquiera fue imputado.

La lista de estos escraches mediáticos, que cuando recaen en figuras notorias rápidamente se extiende sobre sus familiares, es interminable.

Y ya que hablamos de familiares, Wiñazki no debería omitir en su análisis el llamado explícito del periodista de ese grupo, Jorge Lanata, a los compañeritos de escuela de dos camaristas a que les recriminaran las decisiones de sus padres. A esa horrible práctica de agregar a los hijos al escrache, habría que añadir la publicación del número del celular de la hija de la doctora Alejandra Gils Carbó, que tuvo que anularlo por la infinidad de amenazas que recibió. Tampoco quedó al margen la hija de Agustín Rossi, Florencia Kirchner y en las últimas horas uno de mis hijos. Nada más aberrante que tratar de amedrentar a los padres con el escrache de los hijos, una práctica cobarde condenada hasta en las más antiguas civilizaciones.

Dejo de lado los ataques personalizados contra Axel Kicillof, Cristina Kirchner, Héctor Timerman y sobre mí mismo. Es parte de otra historia. Hay que dejar de mirar no sólo los repudiables efectos de la violencia y el revanchismo y empezar a debatir sobre las causas. Como un aporte en ese sentido enviaré esta nota al diario Clarín para su publicación en la esperanza de mantener un diálogo maduro, porque también coincido con Wiñazki cuando dice que "hay una delgadísima línea roja entre escrachar y linchar".

Tal vez si empezamos a dejar de lado las voces que escrachan nunca pasemos esa espantosa línea.