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8 de Junio de 2017

61 Aniversario de la Primera Resistencia Nacional Peronista

El 9 de junio de 1956 hubo una rebelión encabezada por el general Juan José Valle, que tuvo por objetivo recuperar el poder que la autodenominada Revolución Libertadora le había sacado al pueblo al derrocar al presidente constitucional Juan Domingo Perón. La rebelión falló y la jornada terminó en tragedia, con numerosos fusilamientos de militares y civiles en Capital Federal y Gran Buenos Aires. Rodolfo Walsh contó en detalle los fusilamientos de civiles en el basural de José León Suárez en ”Operación Masacre”; Salvador Ferla, desde otra perspectiva, describió aquellas horas a través de “Mártires y Verdugos”; por su parte el suboficial Carlos Burgos contó su experiencia en un libro que publicó en 1972 bajo el título “Revolución y Fusilamientos”, mientras que al cumplirse los cuarenta años de aquella acción Enrique Arrosagaray retomó el tema, centrando el foco de atención en Avellaneda en su trabajo “La Resistencia y el general Valle”, generando la obra más completa sobre aquellas jornadas rebeldes.

Campo de Mayo fue uno de los ejes de importancia del levantamiento, aunque la falta de coordinación, las traiciones y las delaciones favorecieron el fracaso del copamiento de la unidad militar, donde dos coroneles y cuatro oficiales jóvenes fueron pasados por las armas por sus propios camaradas del Ejército. Muchos suboficiales salvaron sus vidas por una medida que llegó segundos antes que se gatillara contra sus pechos.

La rebelión del 9 de junio no fue un hecho aislado, sino la respuesta natural del pueblo ante la agresión de militares que un año antes había iniciado una escalada en contra de toda la población. El primer hecho significativo fue el bombardeo de junio de 1955, cuando en la Plaza de Mayo quedaron tendidas cerca de 300 personas asesinadas y el doble quedó con heridas, luego del paso de aviones militares que atacaron a todo lo que se moviera en el histórico lugar con el fin de derrocar a Perón. El golpe de Estado se produjo en septiembre del mismo año, que no sólo inició una feroz persecución a militantes y simpatizantes justicialistas, sino que prohibió todo lo que estuviera relacionado con el peronismo. Desde lo económico se adhirió al FMI y sus recetas, favoreciendo internamente a las clases más pudientes y generando un clima favorable para las empresas extranjeras en desmedro de los trabajadores. La CGT, órgano representativo de millones de trabajadores, fue intervenida; y ya ocupado el edificio se dedicó con esmero a robar, ultrajar, vejar y esconder en Europa el cadáver de Eva Perón, no sólo la mujer que defendió como nadie en Argentina a los más pobres, sino la que previendo las traiciones dentro de las Fuerzas Armadas había impulsado la creación de milicias de trabajadores, comprando armas en su gira por Europa.

Pero el golpe de Estado, tras el alejamiento de Perón, no desembocó en una guerra civil aunque no impidió que los perseguidos se empezaran a organizar para resistir el embate de la movida golpista que encabezó Eduardo Lonardi primero y continuó con más fuerza represiva Pedro Aramburu e Isaac Rojas. Esos movimientos de resistencia fueron espontáneos, muchas veces sin coordinación entre si, aunque Perón intentó darle un conductor delegando el mando en John William Cooke. Sabotajes, colocación de “caños” y una insinuación de guerra de guerrillas, tomando como modelo las montoneras de Artigas, Güemes, Andrés Guacurarí o Felipe Varela del siglo XIX y adelantándose a las estrategias guerrilleras setentistas. En las Fuerzas Armadas también hubo militares que se resistían internamente al golpe “libertador”, algunos fueron dados de baja, otros fueron mantenidos en el “freezer”, los que pasaron inadvertidos quedaron adentro de la institución tratando de tomar contacto con grupos de la informal resistencia peronista.

Juan José Valle fue un general que decidió comandar una revuelta para derrocar a Aramburu y Rojas. Lo acompañaron el general Raúl Tanco, un grupo muy pequeño de coroneles, algunos oficiales, una mayor cantidad de suboficiales y grupos civiles distribuidos por el Gran Buenos Aires. En el interior estaba armada la red en lugares como La Pampa, Córdoba, Salta, Rosario, y en la provincia de Buenos Aires los ejes de la rebelión estuvieron en La Plata, Avellaneda, Lanús, La Tablada, Capital Federal y Campo de Mayo, la guarnición militar más grande del país, con un gran poder de fuego y clave para cualquier sublevación. Y si la intentona es recordada no es ni por la espectacularidad, ni porque hayan jaqueado un poder infinitamente más grande, ni porque se haya prolongado en el tiempo. La revolución de Valle es recordada porque al fracasar, los participantes fueron pasados por las armas, siendo fusilados civiles, suboficiales y oficiales, entre ellos algunos que no formaban parte del movimiento sedicioso y otros aplicando la ley marcial con retroactividad.

General Sarmiento, el distrito lindero con la guarnición militar, siempre fue un municipio peronista, aunque luego del golpe del ´55 ocupaba el cargo de intendente el comisionado Santiago Gutiérrez. Es escaso lo publicado sobre los civiles de la región que participaron de aquel operativo, algunos fallecieron hace diez años (Remigio López), otros son portadores de una memoria colectiva que debe rescatarse con prontitud. En esta crónica mencionamos a algunos suboficiales que vivían en la región y que arriesgaron sus carreras, sus vidas y pusieron en riesgo la vida de sus seres queridos por una causa que creían justa.

La rebelión estalló el 9 de junio, y como Campo de Mayo reunía un poder de fuego importante, el comando del general Juan José Valle designó a tres coroneles para tomar la guarnición militar. Horas antes los que participarían de la sublevación en la guarnición militar recibieron la arenga de Valle junto al río Luján, donde se dejó en claro que no sería a sangre y fuego, es decir que se buscaba provocar la menor cantidad de bajas posibles. Los coroneles Ricardo Santiago Ibazeta y Alcibíades Cortines encabezaron la revuelta, bajo el mando del coronel Berazay, quien tuvo una participación de pocos minutos en la intentona antes de alejarse del terreno de operaciones.

Los lugares que se debía controlar en el primer golpe de mano eran la Escuela de Suboficiales Sargento Cabral, la Escuela de Comunicaciones, el Hospital Militar y la Usina, que proveía de luz a toda la guarnición. El nivel de precariedad de la movida se notó al advertir que entre los jefes participantes no había contacto directo, que muchos suboficiales fueron a copar los puestos asignados en colectivo ya que no contaban con movilidad propia, que no había contacto con el personal que estaba en el interior de la guarnición a favor del golpe, y además el grado de infiltración que permitió que los altos mandos supieran con anterioridad de todos los pasos y permitiera tomar las medidas del caso.

El ya mencionado Arrosagaray cita, en su investigación, al suboficial Oscar Burgos para desglosar el personal que acompañaba al coronel Berazay en su estado mayor: "teniente coronel Franco, sargento Quiroga, tenientes Chescota y Aloe y otros; además contaban con la colaboración de los suboficiales Freyre, Larreyna, Cerminaro, Tristán, Eugeni y otros, y también con el apoyo de un reducido grupo de civiles".

El coronel debía tomar la Escuela de Suboficiales Sargento Cabral, mientras que Cortines, quien había salido de su casa de Villa del Parque el día anterior para ajustar los últimos detalles, debía tomar el batallón de Infantería de dicha Escuela, contando para ello con el mayor médico Pignataro y los capitanes Caro y Cano.

Mientras tanto el coronel Ibazeta debía tomar la Agrupación Servicios de la división blindada Nº1, siendo acompañado por los suboficiales Marcelo, Stagno, Esnaola, Burgos, Monjes y Chotro.

El primer lugar que debía coparse era la usina, ubicada en el cruce de la ruta 8 con el río Reconquista, para cortar la luz en toda la guarnición y permitir una mayor libertad de movimiento de los rebeldes. Además el corte total de luz serviría de señal a los hombres apostados en torno a la guarnición, como para que iniciaran el avance hacia sus objetivos. Pero los suboficiales en actividad que debían estar adentro a esa hora fueron relevados de sus puestos de la usina durante la tarde por las autoridades nacionales, que ya sabían del levantamiento, colocando no sólo personal de reemplazo, sino reforzando el lugar. Los que desde afuera llegaban a copar se encontraron desorientados ante la ausencia de los hombres afines, y en vez de tomar el lugar por asalto decidieron retirarse, generando confusión en todo el dispositivo, que esperaba la señal para avanzar.

Tres suboficiales, Ponce, Tomasetti y Gerardi, estuvieron ubicados dentro de la guarnición para obstaculizar el tránsito interno, principalmente la ruta que iba de la Escuela de Suboficiales hasta la jefatura, pero el objetivo no se cumplió por no darse la señal estipulada.

En ruta 8 y Senador Morón, la entrada de Bella Vista, fue el lugar de reunión de otro grupo, que debía ser comandado por un teniente coronel de apellido Fernández, quien nunca apareció. Los suboficiales Goicochea y Mendonca, junto con otros, decidieron continuar por su cuenta, ingresando al lugar, secuestrando un jeep y al oficial que circulaba en él recorriendo los puestos de guardia. El objetivo era la Escuela de Comunicaciones, así que hacia allá avanzaron y se detuvieron en las proximidades esperando que se corte la luz. Ante la ausencia del jefe, el retraso de energía eléctrica, el inicio de las acciones con disparos de armas de diverso calibre y el escaso poder de fuego que poseían (apenas su pistolas y dos cargadores de repuesto cada uno y alguna que otra arma larga) el grupo decidió retroceder.

El coronel Cortines no esperó el corte de luz, sino que a la hora indicada avanzó junto a un grupo de suboficiales tomó el batallón de infantería de la Escuela de Suboficiales, contando con la colaboración desde adentro de los tenientes primero Jorge Noriega y Néstor Videla. El último era correntino, de Curuzú Cuatiá, músico y buen intérprete del violín.
Por su parte el coronel Ibazeta, quien más allá de los inconvenientes de luz y poder de fuego había tomado su objetivo, buscó a Cortines para unir fuerzas y esperar a Berazay. Arrosagaray dice que los hombres de jefe del operativo habían tomado Puerta 3 a las 23, y que el coronel Berazay dudó sobre los siguientes pasos, y luego de decidirse a ingresar a la guarnición avanzó cien metros, recordó que tenía que hacer un llamado telefónico, volvió sobre sus pasos y no regresó.

Antes de la medianoche el general Valle debía dar a conocer la proclama de los rebeldes a través de una radio, para eso se debía tomar una antena transmisora, cosa que falló en Avellaneda y marcó el inicio del fin. Sólo en La Pampa se llegó a leer la proclama, pero el movimiento sedicioso que había llegado a tomar la ciudad de Santa Rosa, fue truncado con la llegada del Ejército y la aviación. En La Plata, con una intensa refriega, se llegó a tomar el Regimiento de Infantería 7, bajo el mando del coronel Cogorno, y recién al día siguiente la intentona fue sofocada. Los otros puestos tampoco llegaron a consolidarse, en algunos casos ni siquiera entraron al cuartel ya que hubo traiciones evidentes y en los lugares los esperaban militares para atraparlos.

En Campo de Mayo las fuerzas que tomaron algunas unidades fueron insuficientes para controlar la inmensa guarnición, y pronto los rebeldes fueron detenidos durante la represión encabezada por el general Lorio. De inmediato se armó un Consejo de Guerra para los oficiales, que determinó castigar duramente a los complotados, aunque no se llegó al extremo de pretender fusilarlos. Desde la superioridad llegaron órdenes que hicieron caso omiso de la determinación del Consejo, y a primera hora del 11 de junio llegó la ordenan fusilar a los rebeldes. Ya para entonces se había fusilado en distintos lugares del Gran Buenos Aires, y en la madrugada de aquel día se sumarían a la lista de fusilados los coroneles Cortines e Ibazeta, los capitanes Cano y Caro, y los tenientes primero Videla y Noriega.
Los suboficiales habían estado detenidos en el microcine, fuertemente custodiados, cuando les hicieron el juicio militar por su actitud. Horas antes habían escuchado los disparos de los fusilamientos, y pocos comprendieron de qué se trataba. Cuando el tribunal militar los condenó a muerte, comprendieron que los disparos habían sido realmente de fusilamientos. Pero la orden de la superioridad fue que cesaran las ejecuciones, y los suboficiales salvaron su vida a escasas horas de enfrentarse al pelotón.

Si durante los siguientes días de junio no hubo más fusilamientos fue porque el general Juan José Valle, que no había sido atrapado, se entregó voluntariamente, bajo la promesa de no ser fusilado y el compromiso de que se detendría la matanza. Se cumplió lo segundo, pero él fue fusilado el martes 12 de junio. Los detenidos quedarían en esa condición hasta la llegada al poder del presidente constitucional Arturo Frondizi, quien asumió en 1958 con votos peronistas, traicionando luego los acuerdos que había hecho con Perón.

La investigación de Rodolfo Walsh relata la detención de diecisiete hombres reunidos para escuchar las noticias del levantamiento militar del general Juan José Valle en un domicilio particular de un barrio obrero de Boulogne. Todos eran obviamente peronistas. Algunos fueron liberados. Pero el jefe de la policía bonaerense, coronel Desiderio Fernández Suárez, ordenó verbalmente la ejecución de los doce restantes. Trasladados a un basural de José León Suárez, siete de ellos, algunos gravemente heridos, sobrevivieron al ametrallamiento. Cinco cadáveres quedaron tendidos. Son los de Carlos Alberto Lizazo, Nicolás Carranza, Francisco Garibotti, Mario Brión y Vicente Rodríguez.

Palabras de Rodolfo Walsh

Una de mis preocupaciones, al descubrir y relatar esta matanza cuando sus ejecutores aún estaban en el poder, fue mantenerla separada, en lo posible, de los otros fusilamientos cuyas víctimas fueron en su mayoría militares. Aquí había un episodio al que la Revolución Libertadora no podía responder ni siquiera con sofismas.

Ese método me obligaba a renunciar al encuadre histórico, en beneficio del alegato particular. Se trataba de presentar a la Revolución Libertadora y sus herederos hasta hoy, el caso límite de una atrocidad injustificada y preguntarles si la reconocían como suya, o si expresamente la desautorizaban. La desautorización no podía revestir otras formas que el castigo de los culpables y la reparación moral y material de las víctimas. Tres ediciones de este libro, alrededor de cuarenta artículos publicados, un proyecto presentado al Congreso e innumerables alternativas menores han servido durante doce años para plantear esa pregunta a cinco gobiernos sucesivos. La respuesta fue siempre el silencio. La clase que esos gobiernos representan se solidariza con aquel asesinato, lo acepta como hechura suya y no lo castiga simplemente porque no está dispuesta a castigarse a sí misma.

Las ejecuciones de militares en los cuarteles fueron, por supuesto, tan bárbaras, ilegales y arbitrarias como las de civiles en el basural.

El 12 de junio se entregó el general Valle, a cambio de que cese la matanza. Lo fusilaron esa misma noche.
Sumaron 27 ejecuciones en menos de 72 horas en seis lugares.

Todas ellas están calificadas por el artículo 18 de la Constitución Nacional, vigente en ese momento que dice: "Queda abolida para siempre la pena de muerte por motivos políticos".

En algunos casos se aplicó retroactivamente la ley marcial. En otros, se volvió abusivamente sobre la cosa juzgada. En otros, no se tomó en cuenta el desistimiento de la acción armada que han hecho a la primera intimación los acusados. Se trató en suma de un vasto asesinato, arbitrario e ilegal, cuyos responsables máximos fueron los firmantes de los decretos que pretendieron convalidarlos: generales Aramburu y Ossorio Arana, almirantes Rojas y Har-tung, brigadier Krause.

La matanza de junio ejemplifica pero no agota la perversidad de ese régimen. El gobierno de Aramburu encarceló a millares de trabajadores, reprimió cada huelga, arrasó la organización sindical. La tortura se masificó y se extendió a todo el país. El decreto que prohibió nombrar a Perón o la operación clandestina que arrebató el cadáver de su esposa, lo mutiló y lo sacó del país, son expresiones de un odio al que no escaparon ni los objetos inanimados, sábanas y cubiertos de la Fundación incinerados y fundidos porque llevaban estampado ese nombre que se concebía demoníaco. Todo el esfuerzo de la acción social fue destruido, se llegó a cegar piscinas populares que evocaban el "hecho maldito", el humanismo liberal retrocedió a fondos medievales: pocas veces se ha visto aquí ese odio, pocas veces se han enfrentado con tanta claridad dos clases sociales.

Pero si este género de violencia puso al descubierto la verdadera sociedad argentina, fatalmente escindida, otra violencia menos espectacular y más perniciosa se instaló en el país con Aramburu. Su gobierno modeló la segunda década infame, aparecieron los Alsogaray, los Krieger, los Verrier quienes anudaron prolijamente los lazos de la dependencia desatados durante el gobierno de Perón. La República Argentina, uno de los países con más baja inversión extranjera (5% del total invertido), que apenas remesaba anualmente al extranjero un dólar por habitante, empezó a gestionar esos préstamos que sólo beneficiaron al prestamista, a adquirir etiquetas de colores con el nombre de tecnologías, a radicar capitales extranjeros formados con el ahorro nacional y a acumular esa deuda que hoy grava el 25% de nuestras exportaciones. Un solo decreto, el 13.125, despojó al país de 2 mil millones de dólares en depósitos bancarios nacionalizados y los puso a disposición de la banca internacional que a partir de entonces pudo controlar el crédito, estrangular a la pequeña industria y preparar el ingreso masivo de los grandes monopolios.

 

Por una confusión con los dos de apellido Irigoyen, Walsh registra 27, pero son 28. Los fusilamientos fueron en la Unidad Regional de Lanús, en el Regimiento 7 de La Plata y en el Bosque, en Campo de Mayo, en el Regimiento 2 de Palermo y el general Valle, en el Penal de Las Heras: General de división Juan José Valle; Coroneles Ricardo Santiago Ibazeta, Alcibiades Eduardo Cortines y José Albino Irigoyen; Teniente coronel Oscar Lorenzo Cogorno; Capitanes Eloy Luis Caro, Dardo Néstor Cano y Jorge Miguel Costales; Tenientes 1º Jorge Leopoldo Noriega y Néstor Marcelo Videla; Subteniente Alberto Juan Abadie; Suboficiales principales Miguel Ángel Paolini y Ernesto Gareca; Sargentos ayudantes Isauro Costa y Luis Pugnetti; Sargentos Hugo Eladio Quiroga y Luis Bagnetti; Cabos Miguel José Rodríguez y Luciano Isaías Rojas; ciudadanos Clemente Braulio Ross, Norberto Ross, Osvaldo Alberto Albedro, Dante Hipólito Lugo, Aldo Emir Jofre, Miguel Ángel Mauriño, Rolando Zanetta, Ramón Raúl Videla y Carlos Irigoyen.