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17 de Marzo de 2017

Ocaso de los mapas de 2015

Circula en los despachos del circuito oficialista desde el 10 de diciembre de 2015 un interrogante que inquieta. ¿Representará la nueva administración un cambio de época que deje atrás el país peronista, o es un mero paréntesis entre dos fases del movimiento fundado por el general tres veces presidente de la Nación?Cuidado: cuando se habla de país peronista se va más allá de la pertenencia partidaria o de la adscripción ideológica. La irrupción del 17 de octubre de 1945 ha permeado más allá de esas fronteras. La preocupación social hasta en adversariosdel justicialismo da adecuada pauta de la solidez de su raigambre hegemónica. De ahí que,a nada de haberse inaugurado el ciclo de Mauricio Macri en Balcarce 50, un editorial institucional del diario La Nación, el órgano más claramente antitético al peronismo en la vida pública nacional, lo instó a borrar todo lo actuado desde 1943 a la fecha.

En 2010, Carlos Pagni, tal vez el más fino analista de la etapa en curso, escribió que lo que fuera el famoso Grupo A, que arrebatara las mayorías legislativas al kirchnerismo entre 2009 y 2011, acabó en fracaso porque, en el fondo, muchos de sus integrantes compartían lo esencial del trazo populista.Ello impidió concretar el resultado electoral de 2009 en hechos porque lo conformaban distintos sectores que disentían irremediablemente entre sí sobre cuestiones básicas. Hace unas horas, finalmente, Marcelo Longobardi expuso con sencillez la idea que atesora el establishment criollo: fuerzas políticas que se acerquen tanto en términos programáticos que resulten imperceptibles las sucesiones presidenciales.

El actual primer mandatario triunfó porque, primero, labró un acuerdo que recolectó la totalidad del voto no peronista.Luego, porque acató a rajatabla el precepto de Jaime Durán Barba que explicara Federico Sturzenegger: en campaña no se abunda en detalles, en el gobierno se hará lo que se crea que corresponda. Más aún: la noche en que su delfín Horacio Rodríguez Larreta casi pierde la Capital Federal a manos de Martín Lousteau,Macri capturó que, si no incorporaba, al menos como promesa, algunos trozos de la experiencia anterior, no podría escalar. No perdió, por ello, un solo sufragio propio. Deberían aprender de esto algunos cristinistas que exigen certificado de calidad ideológica antes de sentarse a discutir unidad: sus contrincantes pusieron el triunfo como fin único, y peleanla pureza desde adentro con el poder ya asegurado.

Además, el Presidenteaccedió a la primera magistratura como retador y no como defensor del título. Y se sabe, los comicios son siempre más un examen acerca de quien está en funciones que de sus oponentes. En definitiva, una arquitectura de precisión casi quirúrgica.

Pero la tarea a enfrentar no estaba, ni está, exenta de complicaciones. Macri fue derrotado en primera vuelta.El Congreso nacional vigente compuesto de tres resultados eleccionarios: 2011/2013/2015, todas victorias kirchneristas/justicialistas.Cuenta con socios en poquísimos gobiernos provinciales. Y se insiste, el contexto cultural que lo rodeatampoco le es amigable. Sobran, pues, restricciones en su horizonte. ¿Cómo gestionar la transformación profundaque le exige buena parte de sus bases sociológicas sin los recursos institucionales necesarios para hacerlo?Aquí es donde irrumpe lo que conoce comoManiPulite, que algunos han querido rebautizar “Nunca Más de la Corrupción”.

Conviene recordar, se llamó así al mega proceso judicial que, en Italia, descubrió una extensa red de corrupción que implicaba a la totalidad de los principales espacios políticos del momento, y a diversos grupos empresariales e industriales. Aquellos sucesos acabaron por completo con un sistema de poder entero: varios partidos desaparecieron, y la trama desembocó en el advenimiento de Silvio Berlusconi como hombre fuerte de la política en la península. Esta honda reconfiguración es el rasgo es el que con mayor énfasis destacó Sergio Moro, el juez brasileño que desató en su país una causa de magnitudes casi idénticas, cuando comentó la maniobra original en un trabajo académico. Habida cuenta que es el sistema político en sí lo que los cerebros de nuestras clases dominantes identifican como motivo de su descontento histórico con el país, no hace falta argumentar mucho acerca de lo que anhelan cuando promocionan replicar aquí lo que reseteara a Italia.

Macri cuenta todavía, pero cada vez menos, con otras ayudas.Son muchos los segmentos del peronismo que siguen enojados con CFK.Y que, en la disyuntiva del antagonismo esencial, que es entre ella y su sucesor, prefieren aguantar negociando con él si eso significa lijarla.Aún al precio de ceder posiciones. Por otro lado, estos mismos subgrupos justicialistas están funcionando con la acusación que se hace al movimiento de devenir en golpista cuando le toca la oposición, como si se tratase de un convencimiento generalizado. Eso los lleva a extremar la prudencia. Tanto una cosa como la otra parecen haber hallado un límite con el desborde del epílogo de la movilización convocada por la CGT el 7 de marzo último. El ajuste que esa multitud aceptó el 29 de abril del año 2016, a pedido de sus conducciones gremiales a cambio de autonomizarse de la presidenta mandato cumplido, ya no se tolera.

Los márgenes del peronismo no kichnerista para acordar con Macri, así las cosas, se angostan si a la vez desean traducir el malestar en representación. El ex alcalde porteño debe estar maldiciendo contra quienes desaconsejaron el pacto de gobernabilidad con que lo tentara, en el momento de mayor descrédito kirchnerista, Miguel Ángel Pichetto, el jefe del resorte institucional más importante que le quedó al PJ. De ese modo, la agenda amarilla habría avanzado, menos de lo deseado porque debería haber resignado algo a sus rivales, pero sustentados en mayor espesor del que ahora pueden contar.

Prefirieron en cambio apostar a la amenaza judicial a los opositores. Cada vez que Sergio Massa se corre un poco de su opoficialismo, lo cruza Elisa Carrió con imputaciones por supuesto narcotráfico. Apenas un ejemplo de un modus operandi aplicable a incontables otras situaciones con quienquiera se aparte siquiera milímetros del credo oficial.Otro métodoes sembrar apoyo ciudadano directo a partir de inundar la escena pública de propaganda en la que se contrapone el presunto saneamiento moral que supondría actual oficialismo respecto de su antecesora. Desestimando instancias intermedias: tal vez lo único que los asemeja a CFK.

Se trata de un arma de doble filo. Primero, por el evidente punto débil del ManiPulite doméstico: la familia presidencial y el resto del elenco ministerial CEO, cuyas fortunas se hicieron en gran medida a base de negocios dudosos con el Estado (costumbre, para peor, que no han abandonado ni con la asunción en sus respectivos cargos). Pero sobre todo porque, si se plantea un duelo de sólo dos, se corre el riesgo de una suma cero en la que todo lo que pierda un contendiente lo sume el restante. Por último, las bases más convencidamentemacristas son también de decepción fácil, especialmentefrente a incumplimientos éticos: como advirtió Manuel Barge, Cambiemos no le teme tanto a una resurrección peronista como a que su voto propio se convierta pronto en voto bronca. Un tufillo a esto comenzó a olerse con el asunto Correo.

¿Podrá ganar Cambiemos en 2017 repitiendo el libreto Bella versus Bestia de 2015? La Concertación chilena fue un ejemplo exitoso, hasta Sebastián Piñera, de victorias basadas en un clivaje de temor al pasado: el pinochetismo. No hace falta abundar en relación a las distancias entre el genocidio trasandino y el kirchnerismo como para tomar con cuidado la hipótesis de que ocurra aquí algo similar.

En definitiva, los papeles con que Macri piensa batirse ya no lucen tan frescos como otrora.